
El refrán que dice que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes se cumple en el caso de las mujeres que atraviesan la perimenopausia (el periodo de aproximadamente una década antes de la menopausia). Desde la pubertad, hemos vivido con niveles elevados de estrógeno y rara vez nos detenemos a notarlo hasta que comienza a disminuir en la mediana edad. Entonces, de repente, nos damos cuenta con toda claridad del amplio papel protector que desempeña el estrógeno en nuestra mente y nuestro cuerpo.
La mediana edad de la mujer puede hacernos sentir perdidas en medio de la confusión, incómodas con nuestro cuerpo e inseguras de nuestro lugar. Pero, aunque estos años están llenos de desafíos, también están llenos de oportunidades para apoyarnos en el Señor y ver la belleza de Su buen diseño.
Camino hacia la presencia de Dios
El estrógeno desempeña un papel clave en el funcionamiento del cerebro, la regulación corporal, el sueño y la protección contra la inflamación. Cuando empieza a descender drásticamente, las mujeres de entre treinta y cuarenta años a menudo se sienten al límite de sus fuerzas. No podemos dormir (¡gracias, sofocos!), nuestra mente se nubla y nos subimos a una montaña rusa emocional que creíamos haber dejado atrás en la adolescencia. Además, en un cruel giro del destino, nuestro cuerpo compensa la pérdida de estrógeno reteniendo más grasa.
Caminamos diez mil pasos al día con chalecos lastrados para perder peso, aumentar la densidad ósea y contrarrestar el cortisol que nuestro cuerpo intenta acumular. Luchamos con expectativas no cumplidas y dinámicas cambiantes, como no tener el cónyuge o los hijos que esperábamos, o ver cómo nuestras familias cambian a medida que nuestros hijos crecen y se van. Si a esto le sumamos que vivimos en una cultura que valora mucho la juventud y la belleza, tenemos la fórmula perfecta para que un montón de mujeres de mediana edad vivan al límite de sí mismas.
Estos años marcados por cambios inquietantes pueden servir para acercarnos más a Cristo, quien es el mismo ayer, hoy y por los siglos
Sin embargo, estos años marcados por cambios inquietantes pueden servir para acercarnos más a Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (He 13:8). A medida que nuestros cuerpos se debilitan, podemos aferrarnos a la Palabra de Dios, que permanece para siempre (1 P 1:24-25). Cuando nos sentimos empujadas al límite de nuestras habilidades y capacidades, podemos recordar que, como dice Charles Spurgeon, «[nuestra] situación extrema es la oportunidad de Dios».
Dios nos creó con limitaciones antes de la caída. Él no desprecia nuestra dependencia; nos diseñó para ella. En nuestra debilidad, el escenario está preparado para un despliegue más claro de Su bondad y poder (2 Co 12:8-10). Si lo vemos así, los años de la perimenopausia son un camino que nos lleva más profundamente a la presencia de Dios (He 4:14-16).
Impotencia y oración
Durante estos años, nos vemos despojadas de la ilusión de control: no podemos controlar nuestros ciclos de sueño (a pesar de la melatonina, el té de manzanilla y la ausencia total de pantallas), no podemos controlar nuestros cambios emocionales y no podemos controlar nuestro peso. Ante tal impotencia, es tentador caer en uno de dos extremos: la apatía o el exceso de trabajo.
El divertidísimo grupo de redes sociales «El club de las que no nos importa nada» ilustra nuestra tendencia a la apatía. No nos importa limpiar debajo del sofá, no nos importa que no hayamos cambiado nuestro plan de comidas en un mes, y no nos importa que nos hayas descubierto arrancándonos esos molestos pelitos faciales en el semáforo. Aunque el humor nos ayuda a asimilar parte de la decepción de estos años y puede animarnos a dejar de lado las cosas que realmente no importan, no debemos permitir que la apatía o la indiferencia se conviertan en nuestra actitud general ante la vida. Como creyentes en Cristo, tenemos una motivación más profunda para todo lo que hacemos: honrar y servir a Dios (Col 3:17).
Por otro lado, no debemos seguir la receta del mundo de esforzarnos aún más. Aunque es bueno dar más pasos y cuidar nuestra alimentación, no podemos poner nuestra esperanza en nuestros hábitos o en nuestros esfuerzos para contrarrestar los inevitables cambios que se producen en nuestro cuerpo. Si lo intentamos, nos privaremos de la paz, el gozo y el descanso que Cristo nos ofrece a un gran precio a través de Su vida, muerte y resurrección (1 Co 16:16-20; 1 P 1:17-19).
En nuestra debilidad, el escenario está preparado para un despliegue más claro de la bondad y el poder de Dios
En cambio, podemos convertir nuestra impotencia en oración. La oración nos permite tener un profundo interés en las cosas (luchando contra la apatía) cuando nos sentimos fuera de control, al mismo tiempo que ponemos nuestra esperanza en el cuidado y control perfectos de Dios antes que en nuestro ajetreo (Col 1:17; 1 P 5:7). Cuando no podemos dormir, podemos orar por nuestras familias y nuestras iglesias. Mientras tratamos de completar esos pasos, podemos meditar en las preciosas y grandísimas promesas de Dios (2 P 1:4). Puede que nos falte estrógeno, pero tenemos todo lo que necesitamos para la vida y la piedad (v. 3).
El buen diseño de Dios
Contrario a la creencia popular, los cambios que tienen lugar en nuestros cuerpos durante estos años no son aleatorios. Están bajo la guía de nuestro Creador, aunque estén sujetos a la realidad de la caída. La neurociencia moderna revela que la niebla mental que experimentan las mujeres durante la perimenopausia es un subproducto de que el cerebro reciba una «actualización de hardware» para los años posteriores a la fertilidad.
Al otro lado de la menopausia, los cerebros de las mujeres se reconfiguran para tener más empatía y una mayor regulación emocional. No es coincidencia que las mujeres mayores a menudo ofrezcan una presencia constante, un oído atento y una perspectiva útil. Dios ha diseñado sus cerebros para que se desarrollen de esta manera. Los propósitos de Dios para las mujeres van mucho más allá de nuestros años reproductivos. Él quiere que demos mucho fruto mientras permanecemos en Él en cada temporada (Jn 15:8), incluso en la perimenopausia.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Aimee Joseph
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/afronta-perimenopausia-esperanza/
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