
Una de las reflexiones más inquietantes de Dostoievski sobre la naturaleza humana va en contra de lo que nos dicta el sentido común.
Vivimos en un mundo de conflictos incesantes. Cuando buscamos el origen de esos conflictos, a menudo damos por sentado que se trata de odio. Odiamos a las personas y, por eso, las tratamos mal. Es porque sentimos desprecio hacia los demás por lo que pecamos contra ellos.
Pero esa es solo la mitad de la historia.
A menudo ocurre al revés. Primero hacemos daño a alguien y, solo entonces, empezamos a odiarlo.
Si maltratas a alguien, con el tiempo tu antipatía hacia esa persona irá en aumento. Si tratas a alguien de forma injusta, con el tiempo sentirás un creciente sentimiento de desprecio. El daño viene primero. El odio viene después.
Es posible que un hombre que regaña a su esposa no haya comenzado sus primeras reprimendas con odio y animadversión. Pero lo que comenzó por una falta de amor y de autocontrol con el tiempo se convertirá en un odio ardiente hacia ella. No es el odio intenso lo que provoca la mala acción; es la mala acción lo que aviva el odio intenso.
Relato bíblico
Vemos este patrón en las Escrituras. Pensemos en Saúl y David. Los celos de Saúl no comenzaron con odio, sino con inseguridad. Era un rey nervioso por los éxitos del joven pastor. Sin embargo, cuanto más perseguía Saúl a David injustamente, más se hacía metástasis su obsesión. Cada mala acción requería una autojustificación. Al final, el hombre que en su día había amado a David como a un hijo le lanzaba lanzas y le perseguía por el desierto. La mala acción no expresaba un odio preexistente; lo generó.
Llegamos a odiar a los demás porque su presencia es un veredicto que amenaza nuestro sentido de justicia
Luego tenemos a Amnón y Tamar. El texto de 2 Samuel 13 es horriblemente directo: después de que Amnón violara a su hermana, «la aborreció con un odio muy grande; porque el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado» (v. 15). Amnón hizo daño a su hermana, y lo que siguió fue un frío desprecio.
Patrón civilizatorio
Este patrón también se manifiesta en las crisis de la civilización. La «Solución Final» no comenzó con un odio genocida plenamente formado por parte de los alemanes hacia el pueblo judío. Comenzó con injusticias graduales que se volvieron tan habituales que apenas se percibían. La narrativa nacional alemana se reformuló en torno al agravio, para que los responsables pudieran verse a sí mismos como los amos agraviados, los héroes, la parte perjudicada. Las injusticias contra los judíos se convirtieron en algo habitual y, a raíz de ello, el odio antisemita se intensificó.
La fealdad del racismo estadounidense no surgió de una fuente preexistente de odio hacia los negros esclavizados. No; fueron las prácticas deshumanizadoras e injustas las que dieron lugar a la generalización de un desprecio irracional en toda la sociedad. Siglos de injusticias precedieron y luego reforzaron la antipatía hacia las personas de raza negra.
El novelista Ken Follett, en El umbral de la eternidad, puso esta idea en boca de uno de sus personajes: «Paradójicamente, un hombre odia a la persona a la que ha hecho daño. Creo que es porque la víctima es un recordatorio perpetuo de que se comportó de forma vergonzosa».
La oscura maniobra del corazón
¿Por qué ocurre esto? Porque las malas acciones amenazan la historia que contamos sobre nosotros mismos. Llegamos a odiar a los demás porque su presencia es un veredicto que amenaza nuestro sentido de justicia.
Blas Pascal diagnosticó esta tendencia:
El «yo» quiere ser feliz y ve que es reprochable; quiere ser perfecto y ve que está lleno de imperfecciones; quiere ser objeto del amor y la estima de los hombres y ve que sus defectos solo merecen su aversión y su desprecio. La difícil situación en la que se encuentra, por consiguiente, despierta en él la pasión más injusta y criminal que se pueda imaginar, pues concibe un odio mortal hacia la verdad que lo reprende y lo convence de sus faltas.
Es esa «pasión injusta y criminal» contra la verdad la que conduce al desprecio hacia la persona que sufre las consecuencias de nuestras malas acciones, aquella que nos devuelve como un espejo nuestro fracaso a la hora de amar.
Por eso llegamos a odiar a Dios. En lo más profundo sabemos que hemos pecado contra Él en pensamiento, palabra y obra
Si analizas tu vida y descubres que estás equivocado, te enfrentas a dos opciones: arrepentirte y reparar el daño, o endurecer tu corazón y reformular la historia hasta convertirte en el bueno de la película. El segundo camino es, por mucho, el más transitado.
Por eso el hombre en las Memorias del subsuelo de Dostoievski no puede enfrentarse a la prostituta a la que dio un atisbo de esperanza y luego destrozó. Después de hacerle daño, su resentimiento se intensifica precisamente porque ella representa su propio fracaso. Sus malos sentimientos hacia ella brotan de su incapacidad para presentarse a sí mismo como el hombre que sufre y es al mismo tiempo superior.
Es también la razón por la que Stavrogin, en Los demonios, no puede alcanzar el arrepentimiento. Su capítulo de confesión (inicialmente suprimido por la editorial) muestra a un hombre que ha hecho daño a casi todos los que le rodean y, sin embargo, no puede renunciar a su autoimagen como una figura más allá de las categorías morales ordinarias. La culpa genuina requeriría convertirse en alguien común y corriente. Su historia termina como termina porque la muerte es preferible antes que hacerse cargo.
Por eso también llegamos a odiar a Dios. En lo más profundo sabemos que hemos pecado contra Él en pensamiento, palabra y obra. Ese conocimiento es intolerable para un corazón que insiste en su propio heroísmo. No podemos ser el centro moral de nuestra propia historia si nos presentamos culpables ante Aquel que nos creó. Así que el corazón recurre a esta maniobra: en lugar de odiar nuestro pecado, llegamos a odiarle a Él por nuestro pecado.
La salida
El arrepentimiento es el rechazo de ese camino. Significa que dejamos de tratar de reescribir la historia. Admitimos que no somos el héroe y recibimos de Aquel a quien más profundamente hemos ofendido un perdón que no nos hemos ganado.
El corazón recurre a esta maniobra: en lugar de odiar nuestro pecado, llegamos a odiar a Dios por nuestro pecado.
Pero el evangelio hace más que sacarnos de un camino. Nos coloca en otro. Del mismo modo que cometer injusticias contra alguien puede llevarnos al odio, una actitud constante de compasión y amabilidad puede llevarnos hacia un amor que quizá no sintamos al principio.
En Mero cristianismo, C. S. Lewis observó que hay dos tipos de fingimiento. Está el malo, en el que el fingimiento sustituye a lo auténtico, y el bueno, en el que actuar de cierta manera conduce a los sentimientos que queremos alcanzar:
Cuando no te sientes particularmente amistoso, pero sabes que deberías serlo, lo mejor que puedes hacer, muy a menudo, es adoptar una actitud amistosa y comportarte como si fueras una persona más amable de lo que realmente eres. Y en unos minutos, como todos hemos notado, te sentirás realmente más amistoso de lo que eras. Muy a menudo, la única forma de alcanzar una cualidad en la realidad es empezar a comportarte como si ya la tuvieras.
Podemos enfrentarnos a las personas a las que hemos hecho daño porque Cristo ya nos ha enfrentado en nuestra miserable condición y nos amó de todos modos
Amar es desear el bien del otro. El amor es un acto de la voluntad, no solo un sentimiento. Por esta razón, el mandamiento de Jesús de amar a nuestros enemigos es más que una instrucción moral. Es un tipo de amor sobrenatural que nos afecta a nosotros. Bonhoeffer preguntó: «¿Cómo se vuelve invencible el amor?». Y respondió: «No preguntándose nunca qué le está haciendo el enemigo, sino preguntándose únicamente qué ha hecho Jesús».
El amor que fluye de lo que Cristo ha hecho por nosotros —no de cómo nos sentimos, ni de lo que los demás merecen— levanta una barrera contra todo camino que conduce al desprecio. Es el amor de Cristo el que rompe el ciclo del dolor y el odio. No la fuerza de voluntad. No las buenas intenciones. El amor que nos llegó primero, antes de que lo mereciéramos, es el único amor lo suficientemente fuerte como para destrozar la falsa historia que nos contamos a nosotros mismos.
Eso es lo que el evangelio hace posible. Podemos enfrentarnos a las personas a las que hemos hecho daño —con contrición, con determinación—, porque Cristo ya se ha enfrentado a nosotros en nuestra miserable condición y nos ha amado de todos modos. Nuestra ilusión de ser el héroe de nuestra historia se desvanece detrás de la sombra de la cruz.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Publicado por: Trevin Wax
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/no-odiamos-primero-hacemos-dano/
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