
Este domingo 31 de mayo de 2026, el Mercosur está a exactamente treinta y cinco años, dos meses y cinco días de su fundación. El 26 de marzo de 1991, en Asunción, los presidentes Carlos Menem, Fernando Collor, Luis Lacalle Pou padre y Andrés Rodríguez firmaron el Tratado de Asunción y le dieron vida al proyecto de integración más ambicioso que América del Sur había intentado hasta entonces. Treinta y cinco años después, el balance es el de un bloque que logró cosas que sus propios fundadores no habrían osado predecir y que no logró otras que parecían elementales desde el primer día. El acuerdo con la Unión Europea que entró en vigor el 1.º de mayo es el mayor logro de esos treinta y cinco años, y no hay análisis honesto que pueda disminuir su dimensión histórica. Pero ese logro coexiste con fracasos estructurales que el bloque no ha logrado superar y que amenazan con convertirse en los límites de su próxima etapa histórica si no son abordados con más honestidad de la que habitualmente caracteriza a los documentos oficiales del Mercosur.
Lo que el bloque logró en treinta y cinco años merece ser celebrado con genuino orgullo colectivo. Ningún conflicto armado entre sus miembros: Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay —cuatro países que tienen historias de tensiones territoriales y rivalidades políticas— llevan treinta y cinco años sin ningún enfrentamiento bélico ni siquiera incipiente. Esto no es un logro menor en una región donde la rivalidad Brasil-Argentina fue durante décadas una de las más peligrosas de América del Sur. El comercio intraregional, que en 1991 representaba apenas el 9% del comercio total de los países miembros, llegó al 15% en los mejores años del bloque, lo que significa que la integración generó comercio real entre países que antes se ignoraban como socios económicos. La libre circulación de personas —que aunque imperfecta es más amplia que en cualquier otro esquema de integración latinoamericano— le permite a un ciudadano argentino instalarse en Uruguay con trámites simplificados, a un paraguayo trabajar legalmente en Brasil y a un uruguayo estudiar en Argentina bajo condiciones de igualdad con los estudiantes nacionales.
Lo que el bloque prometió y no cumplió también merece ser reconocido sin eufemismos. La unión aduanera —que es el corazón jurídico del Mercosur— sigue siendo profundamente imperfecta: el Arancel Externo Común tiene decenas de excepciones que varían por país y sector, y cada país ha negociado individualmente con socios externos en áreas que el bloque debería manejar colectivamente. La libre circulación de bienes dentro del bloque todavía enfrenta barreras no arancelarias, asimetrías regulatorias y demoras burocráticas que generan costos reales para las empresas que operan en todo el bloque. Y la ciudadanía del Mercosur —el proyecto más ambicioso y más hermoso del bloque, que contempla que todo ciudadano de los cinco países pueda sentirse ciudadano del bloque y no solo de su nación— existe en los textos institucionales pero no en la conciencia colectiva de las poblaciones que debería representar. Ningún encuestador puede hoy hacer una pregunta sobre el Mercosur en cualquier plaza pública de Asunción, Montevideo, Buenos Aires o São Paulo y obtener como respuesta mayoritaria el orgullo de pertenencia que cualquier proyecto de integración exitoso necesita para ser políticamente sustentable en el tiempo.
Lo que nadie dice en público es que el mayor riesgo del Mercosur en 2026 no es ninguno de los factores externos que los análisis señalan —la resistencia europea a la ratificación, los aranceles de Trump, la competencia china, el proceso judicial ante el TJUE. El mayor riesgo es interno y se llama coherencia: el riesgo de que el bloque siga firmando acuerdos históricos con el mundo mientras sus propios miembros no cumplen sistemáticamente con los compromisos que firmaron entre sí. Si Argentina puede amenazar con retirarse del bloque que acaba de darle el mayor acceso preferencial al mercado europeo de su historia; si Brasil puede proponer reducir en dos tercios el fondo solidario que lo distingue de un simple acuerdo arancelario; si los cruces de frontera entre los miembros del bloque siguen siendo escenarios de demoras y burocracia; entonces el Mercosur tiene un problema de credibilidad interna que ningún acuerdo externo puede resolver. La Cumbre de julio tendrá que enfrentar eso con una honestidad que hasta ahora ha brillado por su ausencia.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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