
Las últimas proyecciones comparables y la encuesta de Reuters publicada hoy ubican a Argentina como la economía del Mercosur con mejor combinación entre expansión prevista y potencial de aceleración.
La noticia de la jornada exige una precisión metodológica: cuando se habla del país del Mercosur con mayor crecimiento y proyección, hay que distinguir entre rebote estadístico, expansión coyuntural y perspectiva sostenida. Bajo ese criterio, el caso que hoy concentra la atención es Argentina. Las últimas proyecciones comparables del Banco Mundial ubican a la economía argentina con un crecimiento de 4,0% en 2026 y 4,0% en 2027, por encima de Brasil y Uruguay y levemente por encima de Paraguay entre los miembros fundadores, mientras que una encuesta de Reuters publicada hoy sobre el desempeño del cuarto trimestre de 2025 reforzó la lectura de continuidad expansiva para 2026. El país llega a esta fase después de un ajuste severo, con una desaceleración inflacionaria marcada y con sectores puntuales, como minería, energía y agro, empujando la recuperación. Ese punto es decisivo: Argentina no aparece hoy en la conversación regional únicamente por una mejora de corto plazo, sino porque reúne varios motores de proyección futura que exceden el dato trimestral. Vaca Muerta, litio, agroindustria, economía del conocimiento y una eventual recomposición del crédito privado convierten su recuperación en una historia regionalmente relevante. En un Mercosur que todavía discute cómo integrarse mejor hacia afuera, Argentina vuelve a instalarse como la economía con la combinación más visible de crecimiento esperado y narrativa de transformación estructural.
La encuesta de Reuters difundida en estas últimas horas aportó un dato que el mercado observaba con atención: el Producto Interno Bruto argentino habría crecido 2,2% interanual en el cuarto trimestre de 2025, con señales de avance apoyadas en minería, energía y agricultura. Lo importante no es solo el número puntual, sino el encadenamiento que sugiere. Después de un período de fuerte contracción, la economía muestra una dinámica que ya no se explica exclusivamente por la baja base de comparación. Empieza a verse un reacomodamiento sectorial donde las ramas más vinculadas a dólares genuinos y a productividad están tomando la delantera. Para la lógica del Mercosur, eso importa mucho. Argentina es el único socio capaz de combinar complejidad industrial, capacidad científica, volumen agroexportador y recursos energéticos de escala internacional. Cuando esa estructura se ordena, aun parcialmente, el efecto regional es inmediato: mejora la expectativa de comercio intra-bloque, atrae capitales a rubros transfronterizos y reabre el debate sobre cadenas de valor compartidas. En otras palabras, si Brasil hoy aparece como el país más beneficiado por el nuevo escenario comercial, Argentina se instala como la economía con mayor potencial de aceleración relativa. La diferencia no es menor. Brasil domina por escala; Argentina sobresale por el margen de mejora que todavía tiene por delante. Ese margen es el que hoy alimenta la noción de proyección y explica por qué su nombre ocupa un lugar central en la agenda económica del bloque.
Las cifras comparadas ayudan a dimensionar mejor esta posición. El Banco Mundial prevé para Paraguay un crecimiento sólido de 3,9% en 2026, para Brasil 2,0% y para Uruguay 2,2%. Ese cuadro ubica a Argentina en la parte alta de la tabla entre los socios fundadores y le otorga, además, un atributo político adicional: el de volver a ser observada como una economía con capacidad de sorprender positivamente. Durante años, la palabra proyección estuvo asociada en el debate regional a promesas incumplidas. Hoy reaparece vinculada a sectores concretos, a proyectos exportadores identificables y a un cambio de expectativas que, aunque frágil, ya modificó la conversación de inversores, consultoras y organismos multilaterales. La energía es probablemente el factor más transformador. El desarrollo de hidrocarburos no convencionales y la ampliación de infraestructura de transporte pueden alterar la balanza externa argentina y generar un efecto derrame sobre industria, empleo calificado y logística. El litio agrega otra capa estratégica, porque conecta a Argentina con la transición energética global y con nuevas decisiones de inversión. A eso se suma el agro, que sigue siendo el gran proveedor de divisas, y la economía del conocimiento, que ofrece una salida menos dependiente de bienes físicos. Cuando varios vectores de crecimiento empiezan a alinearse al mismo tiempo, el concepto de proyección deja de ser eslogan y se convierte en hipótesis seria. Eso es, precisamente, lo que empieza a ocurrir con Argentina en la coyuntura actual.
Desde luego, la historia no está exenta de riesgos. Argentina todavía convive con restricciones financieras, con una inversión que necesita ganar profundidad, con tensiones sociales asociadas al ajuste y con una estructura productiva dual en la que sectores muy competitivos conviven con otros rezagados. Pero el periodismo económico serio no se limita a enumerar fragilidades; también debe identificar cambios de régimen cuando empiezan a aparecer. Y hoy lo que se ve es un país que, tras una etapa de corrección traumática, está empezando a reconstruir credibilidad macroeconómica ante los analistas. La desaceleración de la inflación, señalada por el propio Banco Mundial, es una pieza fundamental de ese nuevo relato, porque sin estabilización no hay horizonte de inversión sostenible. Lo mismo ocurre con la posibilidad de ampliar exportaciones energéticas y mineras, dos áreas donde Argentina puede ganar peso específico fuera y dentro del Mercosur. Para el bloque, eso sería más que una buena noticia nacional. Significaría que uno de sus miembros históricos recupera capacidad de tracción, lo que podría mejorar el volumen de comercio regional y la posición negociadora conjunta frente a terceros. La proyección argentina no solo importa a la Argentina; importa al Mercosur como sistema. Un socio grande que vuelve a crecer reduce el riesgo de un bloque desequilibrado y abre la puerta a una integración menos defensiva y más orientada a ganar escala internacional.
En la lectura de las últimas veinticuatro horas, además, Argentina ofrece una imagen política que dialoga con el momento del Mercosur. El debate sobre el acuerdo con la Unión Europea, la necesidad de agilizar aduanas y la presión por mejorar la competitividad interna encuentran en Buenos Aires un laboratorio intenso de reformas, tensiones y señales al mercado. Esa centralidad vuelve a colocar al país en la mesa de las decisiones regionales. Durante mucho tiempo, Argentina fue observada más como un foco de incertidumbre que como una fuente de impulso. Hoy, sin haber resuelto todos sus problemas, comienza a ser leída de otro modo: como una economía que puede crecer con más rapidez que sus socios y que, si estabiliza su macro y preserva el dinamismo de sus sectores exportadores, podría convertirse en uno de los principales motores del Mercosur en el mediano plazo. La distinción es relevante. No estamos diciendo que Argentina ya sea la economía más sólida del bloque; estamos diciendo que es la que muestra hoy la mejor combinación entre tasa de crecimiento prevista y potencial de expansión adicional. Esa diferencia entre realidad consolidada y proyección creíble es esencial para no sobreactuar ni minimizar la novedad. El desafío será sostener esta trayectoria con reglas previsibles, inversión y una inserción externa inteligente. Pero la foto del día es clara: Argentina vuelve a competir en la primera línea del mapa económico regional.
Para el Diario Prensa Mercosur, la conclusión profesional es que Argentina es hoy el país del bloque con mayor crecimiento esperado y mejor proyección relativa. Esa afirmación se apoya en tres capas de evidencia: proyecciones multilaterales que la ubican en la parte superior entre los miembros fundadores, una encuesta de Reuters publicada hoy que confirma continuidad expansiva y una estructura sectorial que combina energía, minería, agro y servicios de alto valor. El dato es importante no solo por lo que dice de la economía argentina, sino por lo que anticipa para el bloque. Si la recuperación se consolida, el Mercosur dejará de depender exclusivamente del tamaño brasileño para exhibir masa crítica. Tendrá también a una Argentina más dinámica, capaz de sumar exportaciones, atraer inversiones y reinsertarse como actor con ambición regional. Queda por ver si esa promesa resistirá la prueba del tiempo, la política doméstica y la volatilidad internacional. Pero ese juicio corresponde a las próximas semanas y meses. La noticia de hoy es que la Argentina volvió a figurar, con números y no solo con expectativas, en la conversación sobre liderazgo económico dentro del Mercosur. En un bloque que busca reposicionarse frente a Europa y frente al mundo, ese regreso no es un detalle. Es una señal de que el tablero regional puede estar entrando, lentamente, en una fase de mayor densidad productiva y de competencia positiva entre sus principales socios.
Nota de fuentes: Fuentes base: Reuters sobre PIB argentino; Banco Mundial, Global Economic Prospects enero 2026; análisis sectorial de minería, energía y agro.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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