Dos días antes del atentado, los 19 hombres que habían preparado durante meses la operación ya estaban dispersos por Estados Unidos. Algunos dormían en hoteles, otros se desplazaban entre ciudades, retiraban dinero, comían, hablaban con familiares o esperaban. Nadie a su alrededor podía imaginar que aquellas rutinas aparentemente ordinarias precedían al atentado terrorista más devastador de la historia contemporánea de Estados Unidos.
Nueva York / Washington / Boston / Nueva Jersey — Investigación especial
El 9 de septiembre de 2001 era domingo.
Faltaban exactamente dos días para que cuatro aviones comerciales fueran secuestrados y utilizados como armas contra las Torres Gemelas del World Trade Center, el Pentágono y, finalmente, contra un objetivo en Washington que nunca llegó a alcanzarse porque los pasajeros del vuelo 93 se rebelaron.
Los 19 integrantes de la operación ya habían completado prácticamente toda su preparación. Habían llegado a Estados Unidos meses antes, habían realizado entrenamiento de vuelo, alquilado vehículos, utilizado hoteles, abierto cuentas y realizado movimientos financieros. Algunos habían vivido durante meses como personas aparentemente normales.

Pero aquella normalidad escondía una operación que llevaba años gestándose.
La Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas contra Estados Unidos concluyó que los 19 secuestradores habían sido entrenados por Al Qaeda. Tres de los pilotos —Mohamed Atta, Marwan al-Shehhi y Ziad Jarrah— estaban vinculados a la célula de Hamburgo, Alemania. Los cuatro pilotos recibieron formación de vuelo en Estados Unidos.
La mañana del 11 de septiembre morirían 2.977 personas, procedentes de más de 90 países. No fue, por tanto, una tragedia exclusivamente estadounidense: fue un asesinato internacional ocurrido en territorio estadounidense.
9 de septiembre: dos días antes
La reconstrucción de las últimas jornadas permite observar algo inquietante: los terroristas no pasaron sus últimas horas realizando acciones extraordinarias.
Hicieron cosas ordinarias.
Y precisamente esa normalidad constituye uno de los aspectos más perturbadores de la investigación.
Los cuatro integrantes destinados al vuelo 93 —Ziad Jarrah, Saeed al-Ghamdi, Ahmed al-Nami y Ahmad al-Haznawi— ya se encontraban reunidos en Nueva Jersey. Jarrah había viajado hacia el norte desde Florida y, durante la madrugada del 8 al 9 de septiembre, recibió una multa por exceso de velocidad en Maryland mientras circulaba por la I-95. Después continuó hasta reunirse con los demás.
En esos días, Mohamed Atta seguía desempeñando una función de coordinación.
El 7 de septiembre había viajado de Fort Lauderdale a Baltimore, aparentemente para encontrarse con integrantes del grupo que atacaría el Pentágono. El 9 de septiembre voló de Baltimore a Boston, donde se reunió con Marwan al-Shehhi.

Pero existe un detalle todavía más inquietante.
Atta y Abdulaziz al-Omari pasaron parte de su última noche realizando actividades absolutamente corrientes: retiraron dinero de cajeros automáticos, comieron pizza y compraron en una tienda de conveniencia.
No existe evidencia de que estuvieran celebrando el ataque ni realizando algún ritual espectacular.
La evidencia disponible muestra algo mucho más banal: estaban esperando.
La última noche
Mientras Atta y al-Omari se encontraban en el área de Boston, los otros tres secuestradores del vuelo 11 permanecían juntos en un hotel de Newton, Massachusetts.
Los hombres que tomarían el vuelo 175 también pasaron sus últimas horas en hoteles de Boston.
Los integrantes destinados al vuelo 77 se habían desplazado desde Nueva Jersey hacia Laurel, Maryland. Durante la primera semana de septiembre se alojaron en un motel y acudieron incluso a un gimnasio. La noche anterior al ataque se trasladaron a un hotel en Herndon, Virginia, cerca del aeropuerto de Dulles.
El grupo del vuelo 93 permanecía en Nueva Jersey.
Es decir, la operación estaba prácticamente terminada y los cuatro equipos se encontraban posicionados cerca de los aeropuertos desde los que partirían sus respectivos vuelos.
No necesitaban ya una gran movilización.
Solo necesitaban esperar hasta la mañana siguiente.
La despedida que quedó registrada
Entre todos los detalles de los últimos días existe uno especialmente humano y perturbador.
Ziad Jarrah, el piloto del vuelo 93, mantuvo comunicaciones telefónicas durante la madrugada del 11 de septiembre. Desde el hotel en Nueva Jersey realizó llamadas a Líbano y Francia y habló con su novia, Aysel Senguen, que se encontraba en Alemania.
Durante esa conversación le dijo que la amaba.
Poco después abandonaría el hotel para dirigirse al aeropuerto de Newark.
A las 7:03, Jarrah y sus tres compañeros comenzaron a registrarse para el vuelo 93.
No sabemos qué pensaba exactamente cada uno de ellos durante aquellas últimas horas.
Eso es importante.
La investigación histórica puede reconstruir movimientos, llamadas, hoteles, compras y desplazamientos. No puede entrar en la mente de una persona y establecer con certeza qué sintió en el último momento.
¿Qué ocurrió realmente dentro de sus cabezas?
Aquí comienza la frontera entre la historia y la especulación.
La ideología de Al Qaeda ofrecía a sus integrantes una narrativa religiosa y política radicalizada en la que el sacrificio personal era presentado como una forma de combatir a Estados Unidos y sus aliados.
Pero reducir a los 19 hombres a una explicación psicológica simple sería incorrecto.
Algunos tenían antecedentes familiares y educativos muy diferentes. Algunos habían llevado vidas relativamente convencionales antes de radicalizarse. La célula de Hamburgo, por ejemplo, estaba formada por jóvenes que habían llegado a Europa desde diferentes países y terminaron integrándose en un ambiente de radicalización islamista.
La investigación no permite afirmar que todos experimentaran las últimas horas de la misma manera.
Lo que sí sabemos es que la operación había alcanzado una disciplina organizativa extraordinaria.
La Comisión del 11-S documentó incluso que Atta había pedido que los participantes evitaran contactar con sus familias. Sin embargo, en los últimos días aparentemente realizó una última llamada a su padre, mientras Jarrah dejó una carta de despedida para su novia.
¿Por qué eligieron el World Trade Center?
Aquí existe una respuesta histórica mucho más clara.
La idea de atacar el World Trade Center no apareció la mañana del 11 de septiembre.
Según la investigación de la Comisión, Khalid Sheikh Mohammed comenzó a desarrollar el concepto después del atentado contra el World Trade Center de 1993.
KSM consideraba Nueva York la capital económica de Estados Unidos y razonaba que atacar el centro financiero podía producir un impacto político y económico extraordinario.
La elección tampoco fue exclusivamente suya.
La planificación posterior involucró a Bin Laden y otros dirigentes de Al Qaeda. La lista inicial de objetivos incluía la Casa Blanca, el Capitolio, el Pentágono y el World Trade Center. Según la reconstrucción de la Comisión, Bin Laden prefería la Casa Blanca y el Pentágono; KSM defendía el World Trade Center.
Y aquí aparece una dimensión fundamental para comprender la magnitud internacional del atentado.
El World Trade Center no era simplemente “un edificio estadounidense”
Las Torres Gemelas representaban el poder económico de Estados Unidos, pero también algo más amplio: el comercio internacional, las finanzas, las empresas multinacionales y la globalización.
La propia Comisión del 11-S describió simbólicamente al World Trade Center como una expresión de la potencia económia estadounidense y de la expansión mundial del comercio.
Por eso el ataque produjo víctimas de decenas de nacionalidades.
En las torres trabajaban personas de diferentes continentes. Había empleados de bancos, restaurantes, compañías de seguros, firmas financieras, empresas tecnológicas, servicios de transporte y organismos internacionales.
El Memorial del 11-S confirma que las víctimas procedían de más de 90 países.
Por esa razón puede sostenerse históricamente que el atentado tuvo una dimensión internacional directa, aunque el objetivo político declarado por Al Qaeda fuera Estados Unidos.
No atacaron solamente un símbolo nacional.
Atacaron un lugar donde el mundo trabajaba.
El error de Estados Unidos: no fue falta absoluta de información
Uno de los aspectos más importantes de esta investigación es desmontar una explicación demasiado sencilla: Estados Unidos no estaba completamente a oscuras.
Había información.
Había señales.
Había investigaciones.
El problema fue que las piezas no se unieron a tiempo.
El 6 de agosto de 2001, el presidente George W. Bush recibió un informe presidencial de inteligencia cuyo título era inequívoco:
“Bin Ladin Determined to Strike in US”.
El documento advertía que Bin Laden quería realizar atentados dentro de Estados Unidos. También mencionaba información sobre posibles preparativos relacionados con secuestros de aeronaves.
Pero el informe no identificaba una fecha, un lugar ni un plan operativo concreto.
Ahí está uno de los problemas centrales.
La inteligencia sabía que existía una amenaza, pero no logró convertir ese conocimiento en una alerta operativa capaz de detener a los 19 hombres.
La oportunidad perdida de Mihdhar y Hazmi
Uno de los fallos más graves estuvo relacionado con Khalid al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi.
La CIA conocía información relevante sobre ambos antes de que entraran en Estados Unidos.
Sin embargo, no fueron colocados oportunamente en una lista de vigilancia y la información sobre sus visas y movimientos no llegó al FBI como debió haber ocurrido.
En 2000, incluso existía información de que Mihdhar tenía una visa estadounidense.
Hazmi viajó a Los Ángeles.
Y todavía existieron oportunidades posteriores para encontrarlos.
La Comisión concluyó que, con más recursos y un enfoque diferente, Mihdhar y Hazmi podrían haber sido localizados antes del 11 de septiembre, aunque también reconoció que habría sido necesario combinar capacidad investigativa con cierta suerte.
El memorando de Phoenix
En julio de 2001, un agente del FBI en Phoenix envió un memorando alertando sobre la posibilidad de que Bin Laden estuviera enviando estudiantes a Estados Unidos para asistir a escuelas de aviación.
El dato adquiere una dimensión escalofriante después del atentado.
Pero hay que evitar el simplismo retrospectivo.
El agente no tenía delante una lista con los 19 secuestradores ni una fecha de ataque. Tenía un indicio que, en aquel momento, competía con miles de otras informaciones.
El problema fue que ese indicio no se integró correctamente con las demás piezas disponibles.

El caso Moussaoui
En agosto de 2001, Zacarias Moussaoui fue detenido después de levantar sospechas durante su entrenamiento de vuelo.
El FBI sabía que su comportamiento era extraño y que tenía conexiones internacionales.
Pero nuevamente apareció el problema de coordinación y de interpretación.

La Comisión concluyó que existieron oportunidades para comprender mejor la amenaza, pero la información permaneció fragmentada entre diferentes estructuras.
Esto es lo que convirtió al 11-S en un fracaso de inteligencia tan estudiado:
no fue simplemente que nadie supiera nada; diferentes instituciones poseían diferentes fragmentos de una amenaza que nadie consiguió ensamblar a tiempo.
¿Y la famosa “ayuda estadounidense” a los muyahidines?
Aquí es necesario separar historia de mito.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos desarrolló un enorme programa clandestino de apoyo a la resistencia afgana contra la Unión Soviética. Documentos desclasificados del Departamento de Estado muestran que la CIA comenzó a implementar acciones encubiertas en Afganistán en 1979 y que posteriormente el programa se amplió enormemente.
La ayuda se canalizó principalmente a través de Pakistán y su servicio de inteligencia, el ISI.
Eso permitió fortalecer a diversos grupos muyahidines.
El problema histórico posterior fue que el ecosistema de la guerra afgana ayudó a crear redes internacionales de combatientes, financiación, entrenamiento y radicalización que después serían aprovechadas por movimientos islamistas mucho más radicales.
Pero de ahí no se puede saltar automáticamente a la afirmación de que “la CIA creó a Bin Laden”.
La Comisión del 11-S describe a Bin Laden como un voluntario saudí que llegó a Afganistán en 1980 y que utilizó su propia fortuna y redes de financiación para apoyar la yihad antisoviética.
La diferencia es fundamental:
Estados Unidos apoyó a la resistencia afgana; eso no es que Estados Unidos creó, financió o controló Al Qaeda.
Entonces, ¿hubo una “traición”?
Como interpretación histórica, puede hablarse de efecto de retroceso o “blowback”: una política diseñada para derrotar a un adversario produjo consecuencias que posteriormente contribuyeron a crear un entorno estratégico mucho más peligroso.
Estados Unidos también había trabajado posteriormente contra Bin Laden.
La propia Comisión del 11-S señala que durante los años noventa la CIA desarrolló operaciones para intentar localizar, capturar o eliminar a Bin Laden y sus lugartenientes.
Por tanto, la historia es mucho más incómoda que la frase “Bin Laden era aliado de Estados Unidos”.
Fue un producto del mismo conflicto geopolítico que Estados Unidos apoyó, pero no existe evidencia sólida de que haya sido un agente estadounidense. Después se convirtió en uno de los principales enemigos de Washington.
Los bomberos que subieron mientras todos bajaban
Y después están ellos.
Los hombres y mujeres que, mientras miles de personas intentaban salir, subieron las escaleras.
El FDNY perdió 343 integrantes.
El Departamento de Policía de Nueva York perdió 23 agentes.
La Policía de la Autoridad Portuaria perdió 37.
Muchos bomberos no estaban pensando en geopolítica.
No sabían si las torres iban a caer.
No conocían el plan completo.
No tenían la información que hoy tenemos.
Sabían solamente que había personas atrapadas.
Y subieron.
La Comisión documentó casos de agentes que ralentizaron deliberadamente su evacuación para ayudar a civiles que no podían desplazarse por sí mismos.
Cuando la Torre Sur cayó, algunos todavía estaban dentro.
Cuando la Torre Norte cayó, decenas de miembros de los equipos de emergencia murieron.
Hubo quienes salvaron vidas sabiendo que quizá no regresarían.
Y después del fuego vino otra tragedia
El 11 de septiembre no terminó cuando cayeron las torres.
El polvo permaneció.
Los rescates se transformaron en recuperación.
Y la exposición a las sustancias presentes en Ground Zero produjo consecuencias sanitarias durante décadas.
En septiembre de 2026, el número de integrantes del FDNY fallecidos posteriormente por enfermedades relacionadas con el 11-S ya ha superado el número de 343 bomberos y trabajadores de emergencia muertos el propio día del ataque, según datos difundidos esta semana por organizaciones de bomberos.
Es decir:
algunos de los hombres que sobrevivieron al 11 de septiembre terminaron muriendo años después por haber intentado salvar a otros.
Ese capítulo todavía no está cerrado.
La última noche y la última mañana
El 10 de septiembre de 2001, los 19 estaban prácticamente listos.
No hubo una gran reunión final.
No hubo una fotografía histórica.
No hubo una señal visible que anunciara que al día siguiente comenzaría una tragedia mundial.
Había hoteles.
Habitaciones.
Equipaje.
Teléfonos.
Comida.
Aeropuertos.
Personas caminando por las calles de Boston, Nueva Jersey, Virginia y Maryland sin saber que algunos de los hombres que cruzaban junto a ellas estaban a menos de 24 horas de ejecutar el plan.
El 11 de septiembre, Jarrah incluso habló con su novia.
Después salió del hotel.
En Newark, los cuatro hombres del vuelo 93 pasaron los controles de seguridad.
A las 7:20 comenzó el embarque.
El avión llevaba solamente alrededor del 20% de su capacidad total de pasajeros.
Poco después, el mundo comenzó a cambiar.
Lo que ocurrió después ya no pertenece solamente a Estados Unidos
El primer avión impactó la Torre Norte a las 8:46.
El segundo golpeó la Torre Sur a las 9:03.
El tercero alcanzó el Pentágono a las 9:37.
Y el cuarto cayó en Pensilvania a las 10:03, después de que los pasajeros y la tripulación intentaran recuperar el control del avión.
Murieron casi 3.000 personas.
Pero las cifras nunca consiguen explicar completamente la dimensión humana.
Había padres.
Madres.
Hijos.
Esposas.
Esposos.
Amigos.
Compañeros de oficina.
Bomberos.
Policías.
Personal de mantenimiento.
Camareros.
Pilotos.
Pasajeros.
Personas que habían llegado a Estados Unidos desde otros países para trabajar, viajar o comenzar una nueva vida.
Había un mundo entero dentro de aquellas torres.
Y por eso el 11 de septiembre no puede contarse únicamente como una historia sobre Estados Unidos.
Veinticinco años después
Hoy, 9 de septiembre de 2026, cuando faltan dos días para el 25.º aniversario, quizá la pregunta más importante no sea únicamente qué hicieron los terroristas.
También debemos preguntarnos:
¿Qué no vimos?
¿Qué información quedó encerrada en una oficina?
¿Qué nombre no llegó a una lista de vigilancia?
¿Qué agente no recibió una llamada?
¿Qué pista fue considerada demasiado pequeña?
¿Qué institución pensó que otra estaba encargándose del problema?
La Comisión del 11-S encontró fallos en el intercambio de información, en la coordinación entre agencias y en la capacidad institucional para convertir inteligencia dispersa en acción preventiva.
Y esa probablemente sea una de las mayores lecciones de aquella tragedia:
los atentados no fueron invisibles.
Fueron difíciles de interpretar.
Y en seguridad nacional, a veces la diferencia entre conocer una amenaza y detenerla consiste precisamente en saber unir las piezas antes de que sea demasiado tarde.
Con amor, por quienes nunca regresaron
Hay una última parte de esta historia que ningún informe de inteligencia puede explicar.
Es la silla que quedó vacía.
El teléfono que nunca volvió a sonar.
El hijo que creció sin su padre.
La madre que todavía espera escuchar una voz.
La esposa que conservó una fotografía.
El bombero que salió de casa aquella mañana para salvar desconocidos y nunca volvió.
El policía que subió las escaleras.
El trabajador que llamó a su familia desde una torre.
El pasajero que, dentro del vuelo 93, entendió que ya no estaba solamente intentando salvarse a sí mismo.
Y están también quienes sobrevivieron, pero nunca volvieron a ser exactamente las mismas personas.
El Memorial del 11-S conserva los rostros de las 2.977 personas asesinadas en los atentados, una representación humana de personas de más de 90 países y de diferentes edades, profesiones, religiones y condiciones sociales.
Por eso, cuando dentro de dos días el mundo vuelva a pronunciar “11 de septiembre”, no deberíamos recordar solamente las torres.
Debemos recordar a las personas.
Porque las torres podían reconstruirse.
Los aeropuertos podían cambiar.
Las leyes podían modificarse.
La inteligencia podía reorganizarse.
Pero ninguna reforma podía devolver a un padre a sus hijos.
Ninguna guerra podía devolver a una esposa a su marido.
Ningún monumento podía llenar completamente el lugar que dejó una persona.
Y quizás esa sea la imagen más verdadera de aquel martes de septiembre:
mientras unos hombres habían decidido morir matando, miles de personas comunes hicieron exactamente lo contrario: decidieron vivir ayudando a otros.
Los terroristas dejaron muerte.
Los bomberos dejaron memoria.
Los pasajeros dejaron valentía.
Las familias dejaron amor.
Y veinticinco años después, ese amor sigue siendo más fuerte que el odio con el que comenzó aquella mañana.
Nunca fueron solamente las Torres Gemelas.
Nunca fueron solamente los Estados Unidos.
Fueron 2.977 vidas.
Fueron más de 90 países.
Fueron miles de familias.
Y fueron millones de corazones que, desde aquel día, aprendieron que algunas fechas nunca dejan de doler.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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