La casa hacienda Guáimaro conserva pinturas murales del siglo XIX, una singular capilla y la memoria de José Mariano Borrell y Lemus, pero también relatos sobre un tesoro enterrado y extraños sucesos que nunca han podido demostrarse.
En el Valle de los Ingenios, cerca de Trinidad, todavía permanece en pie una de las casas que mejor permiten asomarse al poder alcanzado por la industria azucarera cubana durante el siglo XIX. Es la casa hacienda Guáimaro, vinculada a José Mariano Borrell y Lemus, propietario de una considerable fortuna y protagonista de una biografía alrededor de la cual terminaron acumulándose historias de violencia, traiciones familiares y riquezas desaparecidas. La mansión conserva además un excepcional conjunto de pinturas murales y una capilla, mientras que entre trabajadores y vecinos persisten relatos que hablan de sombras, pasos y objetos que parecen moverse sin explicación. La historia documentada y la tradición oral conviven así en un mismo edificio, aunque no todo lo que se cuenta sobre él dispone del mismo respaldo histórico.
El paisaje que rodea Guáimaro ayuda a entender por qué este lugar adquirió semejante importancia. El Valle de los Ingenios fue uno de los grandes escenarios de la economía azucarera vinculada a Trinidad. Allí se multiplicaron haciendas, instalaciones productivas y propiedades de familias enriquecidas con el azúcar y con un sistema económico sostenido en buena medida por el trabajo de personas esclavizadas.
Desde una elevación del terreno, la antigua vivienda domina parte de ese entorno. Su arquitectura conserva la imagen de una residencia rural concebida no solamente para vivir, sino también para administrar propiedades y negocios.
La casa presenta amplios portales y un núcleo organizado en dos crujías. En la primera se encuentran el salón principal y diferentes aposentos. Otras habitaciones habrían funcionado como despachos para las operaciones de sus propietarios. También sobreviven espacios como el comedor y la capilla, esta última señalada como una pieza singular dentro del conjunto patrimonial del valle.
Sin embargo, es el salón principal el que concentra buena parte de las miradas.
Sus paredes están cubiertas por pinturas murales atribuidas al artista italiano Daniel Dall’Aglio y fechadas en 1859. La decoración recurre a escenas pastoriles y bucólicas, castillos en ruinas, composiciones arquitectónicas de inspiración neoclásica y elementos característicos de la sensibilidad romántica del periodo.
La ornamentación permite comprender hasta qué punto las familias adineradas buscaban trasladar a sus residencias cubanas modelos estéticos asociados a Europa. En Guáimaro, esa voluntad de exhibición quedó literalmente plasmada sobre las paredes.
Un ingenio que llegó a producir 943 toneladas de azúcar en una zafra
La belleza de la residencia, sin embargo, cuenta solamente una parte de la historia. Detrás de aquellos salones se encontraba una explotación azucarera de enorme importancia económica.
Guáimaro figura entre los ingenios más productivos vinculados a Trinidad durante el auge del azúcar. De acuerdo con los datos históricos recogidos sobre la propiedad, en la zafra de 1827 alcanzó una producción de 943 toneladas de azúcar mascabada y purgada, una cifra extraordinaria para aquel periodo y que situó al ingenio entre los grandes productores de su tiempo.
La prosperidad tenía una realidad mucho más dura detrás de las cifras. Como sucedía en otras plantaciones cubanas del siglo XIX, el funcionamiento de la propiedad descansaba sobre mano de obra esclavizada.
Los registros citados sobre Guáimaro indican que en 1830 había 360 personas esclavizadas en la propiedad. Ese dato permite dimensionar la escala que había alcanzado la explotación y también obliga a contemplar el edificio actual más allá de su arquitectura, sus muebles o sus pinturas.
En ese universo económico se movió José Mariano Borrell y Lemus, miembro de una familia perteneciente a la élite azucarera de Trinidad.
Las referencias conservadas sobre su patrimonio lo presentan como un hombre excepcionalmente rico. Habría recibido de su padre 19.000 onzas de oro, equivalentes aproximadamente a 532 kilogramos, además de reunir numerosas propiedades urbanas y rurales.
Entre sus intereses económicos figuraron también acciones del ferrocarril de Trinidad. En la ciudad estuvo relacionado con algunas residencias que posteriormente pasarían a tener funciones museísticas, mientras que sus dominios en el entorno rural abarcaron diferentes propiedades.
Guáimaro destacó entre todas ellas.
La acumulación de riqueza otorgaba a aquellos hacendados una influencia que trascendía el ámbito estrictamente agrícola. Casas, tierras, ingenios y participación en nuevas infraestructuras formaban parte de patrimonios capaces de concentrar un enorme poder económico.
Borrell y Lemus recibió además el título de marqués de Guáimaro en 1860, durante el reinado de Isabel II de España.
Su vida familiar fue mucho menos apacible que la imagen de prosperidad que proyectaban sus posesiones. Contrajo matrimonio a los 40 años con María Concepción Villafaña y Galeto, que tenía 15. Las fuentes y relatos reunidos en torno a la hacienda describen después una relación marcada por fuertes conflictos.
Es precisamente en este punto donde los hechos históricos comienzan a mezclarse con una tradición oral mucho más difícil de comprobar.
Las 24 cajas de bronce y el tesoro que nadie ha encontrado
Entre todas las historias relacionadas con el antiguo propietario, ninguna ha resistido tanto el paso del tiempo como la de su fortuna desaparecida.
El relato transmitido en Guáimaro sostiene que Borrell descubrió una conspiración en la que habrían participado su esposa y sus dos hijos mayores para acabar con su vida. Según esa versión, habrían ofrecido 300 onzas de oro a un hombre esclavizado a cambio de asesinar al hacendado.
A partir de ahí comienza una historia para la que no se presenta evidencia documental suficiente y que debe entenderse como parte de la tradición asociada a la propiedad.
La leyenda afirma que, después del enfrentamiento familiar, el marqués ordenó traer desde Inglaterra 24 cajas de bronce con la intención de ocultar una parte considerable de sus riquezas.
Doce hombres esclavizados habrían sido elegidos para acompañarlo hasta una finca denominada Lagunita, donde supuestamente fueron enterradas las cajas. El relato añade un episodio todavía más oscuro: Borrell habría envenenado después a esos hombres para impedir que alguien pudiera revelar la localización del escondite.
No existe constancia aportada que permita presentar ese episodio como un hecho demostrado.
Lo que sí ha sobrevivido es la búsqueda.
La posibilidad de que una fortuna permanezca bajo tierra ha alimentado durante generaciones el interés por los alrededores de la hacienda. Según los testimonios recogidos en el museo, se han realizado búsquedas e incluso se levantaron pisos de la vivienda sin encontrar el supuesto oro. Entre los objetos aparecidos se mencionan fragmentos de cerámica, instrumentos de trabajo y otros materiales, pero no las legendarias cajas.
El tesoro continúa así perteneciendo al terreno de la leyenda.
Algo similar ocurre con otros episodios asociados a la casa. En uno de sus muros exteriores habría existido una representación del diablo que, según la tradición local, reaparecía pese a los intentos por cubrirla con pintura. La pared terminó siendo derribada.
Dentro de la vivienda existe un elemento mucho más tangible: su capilla.
El espacio conserva piezas relacionadas con el culto religioso. Entre los objetos descritos figuran una lámpara y manteles considerados originales, un misal romano, un atril de bronce y un benditero de porcelana francesa. El Cristo de la capilla es una réplica del relacionado con la sepultura de Borrell en el Cementerio Católico de Trinidad.
La mansión, entretanto, llegó al siglo XXI necesitada de una importante intervención. Especialistas de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios emprendieron en 2000 trabajos destinados a rescatar el inmueble y sus pinturas murales. Posteriormente, el edificio pasó a funcionar como museo.
Esa restauración permitió preservar no solamente una residencia, sino un documento arquitectónico de la sociedad que prosperó alrededor del azúcar.
Pasos, sombras y sillones que se mueven: la otra historia de Guáimaro
La recuperación de la casa no hizo desaparecer sus leyendas. Al contrario, las historias de supuestas presencias continúan formando parte de la memoria cotidiana del lugar.
Trabajadoras del museo han relatado haber escuchado ruidos y pasos sin identificar, observado puertas que aparentemente se cierran solas o percibido movimientos en habitaciones donde no había otras personas.
Uno de los testimonios recogidos en la propia hacienda describe un episodio ocurrido mientras se esperaba la llegada de un grupo de visitantes. Después de cerrar puertas y ventanas y salir al exterior, las trabajadoras escucharon un fuerte estruendo dentro de la vivienda. Cuando regresaron, según su relato, no encontraron cuadros caídos ni daños visibles, pero sí observaron dos sillones del comedor balanceándose.
También aseguran haber visto una sombra cruzar el salón, especialmente en determinadas horas del día.
Son testimonios personales, no pruebas de actividad paranormal.
No existe evidencia científica sólida que permita establecer que fantasmas o espíritus sean responsables de fenómenos de este tipo. Percepciones visuales, sonidos producidos por edificios antiguos, movimientos provocados por corrientes de aire y numerosos factores ambientales pueden originar experiencias que después son interpretadas de acuerdo con las creencias de cada persona.
En Guáimaro, sin embargo, la explicación sobrenatural ha encontrado un personaje perfecto sobre el que proyectarse: el antiguo marqués.
La fama de hombre severo y los relatos de crueldad atribuidos a Borrell, unidos a sus conflictos familiares, su fortuna y las circunstancias que rodearon los últimos años de su vida, facilitaron que la mansión terminara incorporándose al imaginario de las casas supuestamente encantadas.
Las propias trabajadoras que han narrado experiencias extrañas no dicen sentir miedo. Algunas interpretan esa supuesta presencia incluso como una compañía o una forma de protección.
El contraste resulta difícil de ignorar.
Durante el día, el visitante encuentra una casa hacienda restaurada, muebles, pinturas, documentos, una capilla y espacios que permiten reconstruir la vida de la élite azucarera. Bajo esa superficie aparecen también la esclavitud que sostuvo aquella prosperidad y una memoria oral poblada por conspiraciones, tesoros y fantasmas.
Por eso el verdadero interés de Guáimaro no depende de demostrar que una sombra pertenece a José Mariano Borrell ni de encontrar las 24 cajas que supuestamente ocultó.
Más de un siglo y medio después, la mansión sigue conservando algo mucho más visible: las huellas de una época en la que una extraordinaria riqueza convivió con la esclavitud y en la que los acontecimientos documentados terminaron mezclándose con historias transmitidas de generación en generación.
El oro continúa sin aparecer. Los fantasmas tampoco han podido probarse. Las paredes pintadas de Guáimaro, en cambio, siguen allí.
*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: [email protected]
ACERCA DEL CORRESPONSAL
JOSé MANUEL GARCíA BAUTISTA
- ★Los fantasmas de la Casa Hacienda Guáimaro
- ★El misterio del Chupacabras en Puerto Rico
- ★La casa abandonada del kilómetro 5 en La Vega, en República Dominicana
- ★La historia de Misión Rama: contactos con extraterrestres, creencias y las acusaciones de antiguos miembros
- ★El Mustang embrujado que nadie ha conseguido sacar de una casa abandonada de Mayagüez

