
George Meegan tenía 24 años cuando decidió emprender una de las travesías a pie más extraordinarias registradas: recorrer el continente americano desde Ushuaia, en el extremo sur de Argentina, hasta Prudhoe Bay, en Alaska. El viaje comenzó el 26 de enero de 1977 y terminó el 18 de septiembre de 1983, después de 2.426 días y 30.608 kilómetros recorridos a pie. La hazaña quedó registrada por Guinness World Records como la primera travesía a pie de las Américas y del hemisferio occidental.
Meegan, de origen británico y antiguo marino mercante, decidió lanzarse a la aventura después de descubrir que nadie había realizado hasta entonces una travesía semejante caminando de un extremo al otro del continente. La idea parecía casi imposible: atravesar Sudamérica, Centroamérica y Norteamérica enfrentando territorios completamente diferentes, desde desiertos y montañas hasta selvas tropicales.
Su punto de partida fue Ushuaia, en Tierra del Fuego, una ciudad que por su ubicación representa para muchos viajeros el comienzo de las grandes rutas hacia el extremo austral. Desde allí inició un recorrido que terminaría más de seis años y medio después, frente al océano Ártico.
Durante la expedición atravesó 14 países: Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México, Estados Unidos y Canadá. Cada frontera significaba también un nuevo paisaje, nuevas condiciones climáticas y diferentes dificultades para continuar avanzando.
El recorrido por Sudamérica incluyó algunos de los ambientes más exigentes del continente. Meegan atravesó zonas del altiplano boliviano, regiones montañosas y desérticas del Perú y posteriormente tuvo que enfrentarse a uno de los mayores obstáculos naturales de toda la travesía: la selva del Darién, entre Colombia y Panamá.
El Darién no era simplemente otro tramo del camino. La combinación de vegetación densa, humedad, ríos, terrenos difíciles y ausencia de caminos convencionales convirtió ese sector en una de las etapas más peligrosas del viaje.
En uno de los episodios que recordó posteriormente, un guía le advirtió sobre la posibilidad de que hubiera disparos en la zona y ambos quedaron expuestos a una situación de extrema tensión. Durante ese recorrido también tuvo contacto con integrantes del pueblo kuna, quienes incluso le realizaron un corte de cabello tradicional.
Meegan transportaba sus pertenencias en un pequeño carro de dos ruedas, una solución sencilla pero fundamental para poder avanzar durante miles de kilómetros sin disponer de un vehículo de apoyo permanente. La expedición tampoco contó con patrocinadores estables que garantizaran todos sus gastos.
Gran parte del viaje dependió de la ayuda de las personas que encontró a lo largo del camino. Ese aspecto convirtió la travesía no solamente en una prueba física, sino también en una experiencia de contacto permanente con comunidades y familias de diferentes países.
El cansancio terminó convirtiéndose en uno de los grandes adversarios. En San Pedro Sula, Honduras, Meegan llegó a experimentar un profundo agotamiento físico y psicológico. Años después recordó aquella etapa como uno de los momentos en los que estuvo más cerca de perder el control mental debido a la acumulación de meses de esfuerzo.
La expedición tampoco siguió siempre una línea personal sencilla. Durante el viaje conoció a Yoshiko, una mujer japonesa con quien posteriormente se reencontró en Panamá después de una separación de más de un año. Allí conoció también a su hija, Ayumi, y más adelante la familia volvió a reunirse durante la etapa norteamericana del recorrido.
Ese componente familiar acompañó una parte importante de la aventura y mostró otra dimensión de una travesía que, en principio, había comenzado como un desafío individual.
Mientras avanzaba hacia el norte, el paisaje fue cambiando progresivamente. Las regiones tropicales quedaron atrás y comenzaron los grandes espacios de Norteamérica. El recorrido continuó por México y posteriormente por Estados Unidos y Canadá, hasta llegar finalmente a Alaska.
El dato que resume la magnitud de la aventura es difícil de dimensionar: 30.608 kilómetros caminados durante 2.426 días, una distancia equivalente a recorrer miles de veces una misma ruta cotidiana durante más de seis años.
Guinness World Records reconoce el recorrido como la primera travesía a pie de las Américas y del hemisferio occidental. Meegan comenzó en Ushuaia y terminó en Prudhoe Bay, sobre el mar de Beaufort, en el extremo norte de Alaska.
Cuando finalmente llegó a su destino, después de tantos años de caminar, el momento tuvo una enorme carga emocional. Meegan se arrodilló y lloró frente al océano Ártico. Según el registro de su expedición, había dado alrededor de 31 millones de pasos durante el recorrido.
El final del viaje tampoco significó que la experiencia desapareciera de su vida. Volver a una existencia normal después de pasar más de seis años en movimiento resultó, según contó posteriormente, una experiencia psicológicamente difícil.
La adaptación a la vida cotidiana podía ser tan complicada como algunos de los territorios que había atravesado. Después de años tomando decisiones relacionadas con el camino, el clima, la alimentación y el lugar donde dormir, regresar a una rutina convencional significaba enfrentarse a un mundo completamente diferente.
Meegan llegó incluso a describir el regreso a la vida normal como una especie de “ruleta rusa psicológica”, al explicar el impacto que tuvo terminar una aventura que había ocupado una parte tan importante de su juventud.
Décadas después, la travesía continuó formando parte de su identidad. El aventurero recordó también que, a los 65 años, volvió a Pamplona para participar en los tradicionales Sanfermines, buscando nuevamente una experiencia de riesgo físico que le recordara la sensación de aventura de su juventud.
La comparación resulta significativa porque muestra que aquella caminata no fue simplemente un viaje extraordinario realizado durante algunos años. Terminó convirtiéndose en una experiencia que condicionó la manera en que Meegan entendía el riesgo, la libertad y la vida cotidiana.
La frase que utilizó al completar la travesía resume buena parte de la filosofía que lo llevó a comenzar: “Esta caminata es una celebración de la libertad”.
En aquella época, recorrer las Américas a pie durante más de seis años implicaba enfrentarse a dificultades que hoy podrían parecer todavía más difíciles de imaginar. No existían las herramientas digitales actuales, los teléfonos inteligentes, los sistemas de navegación satelital disponibles para cualquier viajero ni la facilidad de comunicación permanente que existe actualmente.
La planificación debía depender en buena medida de mapas, información local y decisiones tomadas directamente sobre el terreno. Un error podía significar horas o días adicionales de marcha, y en determinados lugares también podía representar un riesgo serio.
La travesía también demuestra la enorme diversidad geográfica del continente americano. En un mismo recorrido Meegan atravesó glaciares y montañas, desiertos, selvas tropicales, grandes ciudades, zonas rurales y finalmente regiones cercanas al Ártico.
Desde Ushuaia hasta Alaska, el viaje atravesó prácticamente todos los grandes ambientes naturales del continente.
Pero quizás uno de los aspectos más extraordinarios sea la edad con la que comenzó. Tenía apenas 24 años cuando dio los primeros pasos en Ushuaia. Terminó el recorrido con 30 años, después de haber dedicado buena parte de su juventud a una aventura que no tenía garantías de éxito.
No se trataba de completar una carrera ni de alcanzar una determinada marca deportiva. El objetivo era demostrar que podía realizar algo que nadie había conseguido antes en esas condiciones.
El récord registrado por Guinness convirtió finalmente aquella decisión personal en un acontecimiento histórico dentro de las grandes travesías humanas.
George Meegan salió de Ushuaia con 24 años y llegó a Alaska convertido en el protagonista de una travesía de 30.608 kilómetros, 14 países y 2.426 días. En el camino enfrentó montañas, desiertos, selvas, fronteras, agotamiento y momentos de verdadero peligro. También encontró personas que lo ayudaron, formó vínculos y construyó una experiencia que terminaría definiendo buena parte de su vida. Su recorrido permanece como una de las grandes historias de resistencia y exploración a pie del continente americano: una aventura que comenzó en el extremo sur de Argentina y terminó, seis años y siete meses después, frente a las aguas del océano Ártico.
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