
Rajah, una guacamaya azul y amarilla, pasó siete años sin poder volar hasta que llegó a la vida de Lucas, un cuidador que comenzó un proceso de recuperación basado en paciencia, entrenamiento y confianza. Hoy, el ave puede volar libremente junto a Sarah, otra guacamaya que se convirtió en su compañera, sobre las playas de Vilas do Atlântico, en Bahía. La historia llamó la atención en las redes sociales, donde los videos de ambas aves volando sobre el mar acumularon millones de visualizaciones.
Rajah llegó a la vida de Lucas mediante una adopción después de haber pasado buena parte de su existencia confinada en una jaula. Durante esos siete años no tuvo la posibilidad de desarrollar normalmente una de las capacidades esenciales de cualquier ave: volar y explorar el entorno utilizando sus propias alas. Cuando comenzó su nueva etapa, el desafío no consistía simplemente en dejarla salir, sino en ayudarla a recuperar una habilidad que nunca había podido ejercer plenamente.
El confinamiento prolongado también había dejado señales en su comportamiento. Rajah realizaba movimientos repetitivos con las alas y mostraba signos de ansiedad, mientras pasaba parte del tiempo mirando hacia el exterior desde una ventana. Lucas entendió que ofrecerle más espacio era solamente una parte de la solución y que también necesitaba recuperar seguridad y confianza.
La llegada de Sarah fue decisiva. Las guacamayas son animales sociales y la presencia de otra ave permitió que Rajah tuviera una referencia con la que interactuar y sentirse más segura. Poco a poco comenzó a explorar más, a comportarse con mayor tranquilidad y finalmente consiguió realizar su primer vuelo junto a Sarah.
El proceso no fue improvisado. El entrenamiento para que ambas aves pudieran salir, volar y regresar contó con la participación de la entrenadora Silvia Corbucci. El llamado vuelo libre requiere conocimientos específicos sobre comportamiento animal, acondicionamiento y construcción de confianza. No consiste simplemente en abrir una puerta y esperar que el ave regrese.
Actualmente, Rajah y Sarah acompañan a Lucas durante paseos por diferentes playas de la región de Vilas do Atlântico. Las aves pueden sobrevolar sectores como Buraquinho, Ipitanga, Flamengo, Stella Maris e incluso Itapuã, antes de regresar junto a su cuidador.
Las imágenes resultan particularmente llamativas porque muestran a las dos guacamayas aprovechando las corrientes de aire sobre el mar y la arena. Después del vuelo, regresan al brazo de Lucas y permanecen junto a él mientras descansan. Para quienes conocen la historia de Rajah, la escena adquiere un significado diferente: no se trata solamente de un ave volando, sino de un animal que consiguió recuperar una conducta que durante años le había sido negada.
Lucas, sin embargo, insiste en que la libertad de las aves debe estar acompañada de responsabilidad. Por eso pidió a las personas que encuentren a Rajah o Sarah durante sus vuelos que no intenten llamarlas, alimentarlas ni acercarse para interactuar con ellas. La recomendación busca evitar que las aves se distraigan, cambien su recorrido o pierdan la referencia que necesitan para regresar de manera segura.
El pedido también demuestra que el vuelo libre requiere planificación. Las aves conocen las rutas y cuentan con un punto de referencia, pero una persona desconocida que intenta atraerlas puede alterar ese comportamiento. Por eso, quienes las encuentren deben limitarse a observarlas desde una distancia prudente.
La transformación de Rajah también refleja una cuestión más amplia relacionada con el bienestar de las aves mantenidas en cautiverio. El espacio, la estimulación, la posibilidad de desarrollar conductas naturales y la interacción con otros ejemplares pueden influir considerablemente en su comportamiento. En el caso de Rajah, la recuperación no ocurrió de un día para otro, sino mediante un proceso progresivo.
La historia comenzó a difundirse ampliamente a través de las redes sociales de Lucas, donde los vuelos de las dos guacamayas despertaron sorpresa entre miles de usuarios. Para muchos, las imágenes muestran una escena poco habitual: dos aves de colores intensos cruzando libremente el cielo sobre una playa y regresando después junto a una persona.
Pero detrás de esas imágenes existe una historia mucho más compleja. Rajah no comenzó volando por instinto después de ser adoptada. Primero tuvo que recuperar confianza, acostumbrarse a un nuevo entorno y aprender nuevamente a utilizar sus alas. La compañía de Sarah terminó siendo otro elemento fundamental para que ese proceso avanzara.
El caso también muestra que la relación entre una persona y un animal puede construirse sin eliminar sus comportamientos naturales. Lucas no buscó que Rajah dependiera permanentemente de él dentro de un espacio cerrado; el objetivo fue permitirle desarrollar sus capacidades y, al mismo tiempo, establecer una referencia segura para regresar.
Después de siete años de confinamiento, el resultado terminó siendo visible sobre el litoral de Bahía. Rajah ahora puede cruzar el cielo junto a Sarah y regresar con su cuidador.
La historia de Rajah es, en esencia, la historia de una segunda oportunidad. Después de pasar siete años sin volar, una combinación de cuidado, entrenamiento, compañía y confianza permitió que la guacamaya recuperara sus alas y volviera a ocupar el lugar que naturalmente le corresponde: el cielo. Su transformación también deja una enseñanza sobre el bienestar animal: cuidar no significa solamente proporcionar alimento y refugio, sino también respetar, cuando las condiciones lo permiten, las necesidades y comportamientos naturales de cada especie.
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