
La historia de la llamada “casa embrujada” de Urdesa, en Guayaquil (Ecuador), no se sostiene únicamente en los relatos de miedo que circularon durante décadas. Detrás del mito hubo una vivienda real, con propietarios identificables, procesos urbanos verificables y una transformación que refleja cambios sociales en uno de los barrios más conocidos de la ciudad. El inmueble, ubicado en las calles Costanera e Higueras, en Urdesa Central, desapareció físicamente en 2020, pero su presencia simbólica sigue activa entre vecinos, curiosos y quienes participaron de su etapa más visible: la de espacio cultural alternativo.
Durante más de treinta años, la casa permaneció deshabitada. Su deterioro progresivo, sumado a su ubicación en una zona residencial consolidada, la convirtió en una anomalía urbana. Mientras el entorno se modernizaba, la estructura permanecía anclada en el abandono. Ese contraste alimentó los relatos que la rodearon. Vecinos consultados en distintos momentos coincidían en que la propiedad perteneció a la familia Ramírez Franco, originaria de la provincia de El Oro, aunque con el paso del tiempo se perdió claridad sobre su situación legal y patrimonial.
El origen del mito y la construcción del miedo colectivo
Las versiones sobre hechos violentos en el interior de la vivienda nunca fueron confirmadas por registros oficiales accesibles. Sin embargo, el relato oral fue suficiente para consolidar la etiqueta de “casa embrujada”. Dos historias circularon con mayor fuerza: una que señalaba a un supuesto crimen cometido por el propietario contra su esposa e hijo, y otra que hablaba del hallazgo de cuerpos tras un regreso nocturno de los dueños. Ninguna de estas versiones fue verificada documentalmente, pero ambas se reprodujeron con consistencia durante años.
La persistencia de estos relatos se explica, en parte, por la falta de intervención institucional durante largos periodos. La casa no fue demolida ni rehabilitada a tiempo, lo que permitió que el deterioro físico reforzara la narrativa de abandono y misterio. Ventanas rotas, paredes descascaradas y accesos abiertos contribuían a la percepción de inseguridad. En ese contexto, cualquier sonido nocturno —producido por animales, viento o personas— podía reinterpretarse como evidencia de actividad paranormal.
El fenómeno no es aislado. En distintas ciudades latinoamericanas, inmuebles abandonados han sido objeto de relatos similares. La combinación de vacío físico y ausencia de información oficial genera un terreno fértil para la especulación. En Urdesa, ese proceso se amplificó por la ubicación estratégica del inmueble, rodeado de tránsito constante y cercanía a centros educativos. Estudiantes y transeúntes replicaban historias, muchas veces exageradas, que terminaron por consolidar una reputación difícil de revertir.
A medida que avanzaban los años, la casa dejó de ser solo un punto de referencia geográfico para convertirse en un símbolo del miedo urbano. No se trataba únicamente de lo que ocurría dentro, sino de lo que se proyectaba desde fuera: una construcción que rompía con la lógica del barrio y que parecía resistirse a desaparecer.
De espacio abandonado a enclave cultural alternativo
El punto de inflexión llegó alrededor de 2010, cuando artistas urbanos comenzaron a intervenir la estructura. Lo que hasta entonces era un espacio evitado pasó a convertirse en un punto de encuentro para expresiones culturales no institucionalizadas. Grafitis, murales y mensajes cubrieron las paredes exteriores e interiores, transformando la percepción visual del inmueble.
La intervención artística no fue espontánea en su totalidad. Respondía a una tendencia más amplia en Guayaquil, donde colectivos independientes buscaban espacios alternativos ante la falta de infraestructura cultural accesible. La casa ofrecía condiciones particulares: estaba desocupada, tenía visibilidad y permitía un margen de acción relativamente amplio, al menos en sus primeras etapas.
Con el tiempo, el lugar se consolidó como un nodo de actividad cultural “under”. Se organizaron conciertos, exposiciones, ferias y encuentros que atrajeron a jóvenes de distintos sectores de la ciudad. La casa dejó de ser únicamente un objeto de miedo para convertirse en un escenario de producción cultural. Esa dualidad —entre lo siniestro y lo creativo— reforzó su carácter simbólico.
Las autoridades municipales mantuvieron una relación ambivalente con el espacio. Por un lado, existían normativas que prohibían intervenciones no autorizadas en propiedades privadas. Por otro, la falta de acción inmediata permitió que la dinámica cultural se desarrollara durante varios años. Este periodo marcó una etapa de apropiación ciudadana, donde el inmueble adquirió un nuevo significado.
Sin embargo, esa transformación no eliminó por completo los relatos de miedo. Más bien los resignificó. Para algunos asistentes a los eventos, la experiencia incluía la tensión entre lo artístico y lo supuestamente paranormal. La casa funcionaba como un escenario híbrido, donde convivían expresiones culturales contemporáneas con narrativas heredadas.
En términos urbanos, el caso evidencia cómo los espacios abandonados pueden ser reactivados de manera informal. La ausencia de planificación institucional fue suplida por iniciativas ciudadanas que, aunque no reguladas, generaron actividad y visibilidad. No obstante, esa misma falta de regulación también implicaba riesgos, tanto estructurales como legales.
Cercado, deterioro final y demolición
El cierre de esta etapa llegó en 2014, cuando la vivienda fue cercada por orden municipal. La medida respondió a preocupaciones relacionadas con la seguridad y el uso no autorizado del espacio. Con el acceso restringido, la actividad cultural se detuvo de forma abrupta. La casa volvió a quedar aislada, pero en un estado de deterioro aún más avanzado.
El cercado no resolvió todos los problemas. Por el contrario, marcó el inicio de una fase de abandono más profunda. Sin mantenimiento ni uso, la estructura continuó degradándose. Además, comenzaron a registrarse ocupaciones informales por parte de personas sin hogar, lo que reactivó los temores de los vecinos.
En febrero de 2020, la administración municipal encabezada por Cynthia Viteri ordenó la demolición del inmueble. La decisión se justificó en razones de seguridad y en el estado irreversible de la estructura. Con maquinaria pesada, la casa fue reducida a escombros, poniendo fin a más de tres décadas de presencia física en el barrio.
La demolición cerró un capítulo, pero no resolvió todas las preguntas. Entre ellas, qué ocurriría con el terreno resultante y cómo se integraría al entorno urbano. En ese momento, se mencionaron posibles proyectos, desde espacios culturales hasta áreas verdes o equipamientos comunitarios. Sin embargo, la ejecución de estas propuestas no se concretó de inmediato.
Tras la demolición, el terreno quedó vacío, cubierto de tierra y maleza. El cercado, en teoría diseñado para evitar accesos no autorizados, presenta aberturas que permiten el ingreso de personas. Esta situación ha sido señalada por residentes de Urdesa, quienes expresan preocupación por la falta de control en el área.
El espacio, lejos de integrarse al tejido urbano, se mantiene como un vacío. En términos de planificación, representa una oportunidad no aprovechada. En términos sociales, prolonga la sensación de abandono que caracterizó a la casa durante sus últimos años.
La permanencia del terreno sin uso también contribuye a que el mito continúe. Aunque la estructura ya no existe, el lugar sigue asociado a las historias que la rodearon. La memoria colectiva no se borra con la demolición física. Por el contrario, puede intensificarse cuando no hay una intervención clara que redefina el espacio.
Actualmente, la discusión en torno al sitio se centra en dos ejes: seguridad y uso futuro. Los vecinos demandan mayor control para evitar accesos irregulares, mientras que persiste la expectativa de un proyecto que dé sentido al terreno. En ausencia de definiciones concretas, el lugar continúa en una especie de limbo urbano.
La historia de la “casa embrujada” de Urdesa no es solo una anécdota de miedo. Es un caso que refleja cómo se construyen los relatos urbanos, cómo los espacios abandonados pueden ser resignificados y cómo la falta de planificación puede prolongar situaciones de incertidumbre. Desde su origen como vivienda familiar hasta su transformación en espacio cultural y su posterior demolición, el inmueble atravesó distintas etapas que responden a dinámicas sociales más amplias.
Hoy, sin estructura visible, el sitio sigue siendo un punto de referencia. No por lo que hay, sino por lo que hubo y por lo que aún no se define. La ausencia de intervención concreta mantiene abiertas las preguntas sobre su futuro y, en paralelo, permite que el mito continúe circulando, adaptado a un contexto donde la casa ya no existe, pero su historia sigue activa en la memoria urbana de Guayaquil.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
JOSé MANUEL GARCíA BAUTISTA
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