
“La falsamente catalogada como “gran prensa” omite informar a los colombianos de los hechos terribles que las fuerzas tenebrosas que invocó, como un irresponsable aprendiz de brujo, a través de la provocación permanente, la narrativa amenazante y belicosa y su autoritarismo bullicioso el minúsculo dandy convertido hoy en presidente therian de un país que se adentra irremisiblemente en la guerra. (…)
“Es una doble mentira eso de la “gran prensa” porque, para comenzar, carece de grandeza y es cualquier cosa menos prensa: Son medios propagandísticos que silencian los abusos del criminal felino, ocultan las funestas consecuencias de las decisiones de este gobierno y se alinean y aplauden como focas sus precarias iniciativas.”
Auto cita del artículo “SANTAMARTA, EL PRODROMO DE UNA LETAL ENFERMEDAD”
El ejercicio del periodismo es una proeza de equilibrio, sensatez, sindéresis, tolerancia y respeto, pero también audacia, temeridad y valentía, integridad a toda prueba y amor por la verdad. Desde mi trinchera como médico observaba y admiraba a esos grandes periodistas que, por fortuna, siempre los hay. Plumas elegantes, incisivas, sarcásticas, rebeldes, críticas, pero siempre honestas, que no se arredraban ante los poderosos y los abusivos- Casi siempre esos dos atributos caían sobre las mismas personas-, que hacían de su ejercicio profesional una oda a la verdad, a la decencia, verdaderos representantes de eso que han dado en llamar “el quinto poder”, el cual sólo puede ser posible si se tiene independencia de criterio y arrojo para decir la verdad, aunque sea peligrosa o incómoda.
El gran GABRIEL GARCIA MARQUEZ, dueño de una prosa imaginativa, potente, torrencial y colorida lo decía con sorprendente laconismo: “El periodismo es el mejor oficio del mundo” y el gran Arthur Miller aseguraba que “Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”.
La libertad de prensa, un derecho fundamental ligado al derecho a la información y el derecho a opinar libremente, es un elemento indispensable en la relación entre el poder y la prensa, ya lo aseguraba Camus: “Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala” y lo complementaba Hans-Dietrich Genscher, político alemán de comienzos del siglo XX, “La prensa es la artillería de la libertad”.
Volviendo a mi relato, como les decía antes, aprendí a amar el periodismo desde mi dispendiosa trinchera de médico, bien fuera en un servicio de urgencias o en un pequeño consultorio, o escuchando las crónicas y las reporterías de los grandes, en el curso de mis largos desplazamientos entre puntos distantes de la ciudad en que vivo, para llegar a tiempo a cumplir con mis deberes galénicos.
Amé tanto al periodismo que cuando uno de mis hijos, sin duda ellos siempre han sido lo mejor de mí, me dijo que quería estudiar periodismo y no medicina, lo apoyé incondicionalmente, con entusiasmo, con alegría y con orgullo. A través de mi hijo y de mi esposa me relacioné de cerca con grandes periodistas como Carlos Castañeda, muy, pero muy cercano a mi y un poco más de lejos, pero con admiración y respeto colosales con Daniel Coronell.
Así, tortuosamente, después de dejar algunos escritos en plataformas y diarios del sector salud, de eclosionar de cuando en vez algún esforzado poema o de compartir, a través de las cartas de los lectores, alguna opinión en algún medio de la mal llamada “gran prensa”, llegué a esta plataforma, Prensa Mercosur, donde tengo mis cinco minutos de fama todos los jueves después de las 5 pm en el podcast “Enlace Latinoamericano” y escribo con alguna periodicidad una que otra columna, una que otra noticia.
Así, deambulando por los sinuosos caminos del destino fue que ingresé a un programa de profesionalización en comunicación social en UNINPAHU, prestigiosa universidad situada en la localidad de Teusaquillo en Bogotá, la misma en la cual mi hijo hoy se encuentra a punto de terminar sus estudios. Así que no puedo expresar de manera diferente mi experiencia con el periodismo a decir que ha sido la concreción de un gran amor.
A lo largo, les contaba, de mi ya avanzada existencia, próximo a cumplir mis primeros 69 años, la edad más sensual, como decía socarronamente un amigo psiquiatra, he seguido de cerca<, he admirado, leído, degustado y disfrutado el ejercicio de grandes figuras de mi país como Juan Gossaín, Yamid Amat, Cecilia Orozco Tascón, Gonzalo Guillén, Daniel Samper Pizano, el mismo Gabriel García Márquez. No necesariamente he tenido que estar siempre de acuerdo con ellos, finalmente esa conversación que se da cuando los leo en los diversos lugares conde escriben o los veo en producciones de televisión o los escucho en la radio tiene como propósito estimular mis viejas neuronas para abordar al compás de los dichos, noticias y opiniones de mis admirados ya casi colegas, situaciones de enorme trascendencia que de otra manera se perderían en la cotidianidad interminable de este presente continuo en el borde del cual vivimos.
Sin dejar de lado mi admiración por las figuras que mencioné, surgen otros nombres, otras voces, otros estilos y relatos en esta fértil tierra y aquí definitivamente entro en el tema central de este escrito: Daniel Coronell, Félix de Bedout, Julián Martínez. Ese ejercicio de hacer listas y enumeraciones es proclive a cometer injustas omisiones, de hecho la lista sigue y sigue, pero hoy, precisamente debido a que los tres últimos mencionados se encuentran hoy, como frecuentemente le sucede a periodista íntegros, serios, veraces, rigurosos y con oficio, como de hecho les ha acontecido también a los primeros que arriba mencioné, bajo la impronta de una persecución brutal por parte del pequeño tirano, el roedor felino que hoy detenta la presidencia de la república con su cohorte de los mismos de siempre disfrazados de “Nadies”.
Estamos en una encrucijada autoritaria y en una situación así hay dos víctimas imprescindibles: La verdad y la libertad de prensa. No hay nada más molesto, más incómodo y menos deseable para un proyecto de tirano que una prensa crítica, independiente, íntegra y valiente.
Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con Daniel y Félix, con Cecilia Orozco, con María Jimena Duzán, pero lo que no puede es tolerar que sus voces sean acalladas por quien, lamentablemente, detenta hoy el poder en esta cada vez más atormentada y ensangrentada Colombia. Ya lo decía Evelyn Beatrice Hall, biógrafa del maestro Voltaire «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo»
Pero con lo que no se puede estar de acuerdo es con la censura, no se puede estar de acuerdo con la persecución a los periodistas que atienden esa importante máxima de Ida Tarbell: «La injusticia prospera en el silencio. Es nuestro deber hablar, arrojar luz sobre la oscuridad.» Y tenemos que ser conscientes de que Berger acertaba cuando decía: “Sabemos que los poderes públicos y los medios de comunicación de masas utilizan hoy día la palabra libertad para traicionarla y ensuciarla. Pero cuando pienso en lo que pasa en el mundo me doy cuenta que ahora es más necesario que nunca resistir. Ese momento, cuando decides resistir y luchar, es cuando empiezas a dar los primeros pasos para dejar de ser lo que nos obligan de alguna forma a ser y empezar a ser algo que eliges.», porque lo único cierto, como decía Kapuscinski, es que “»El trabajo de los periodistas no consiste en pisar las cucarachas, sino en encender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse.»
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

