
El 25 de julio de 2000, el vuelo 4590 de Air France despegó de París rumbo a Nueva York. Menos de dos minutos después, el avión supersónico Concorde se estrelló en Gonesse, provocando la muerte de 113 personas. Una pequeña pieza metálica caída de otro avión desencadenó una cadena de acontecimientos que terminó con la única tragedia fatal en los 31 años de historia del Concorde y marcó el comienzo de su desaparición definitiva.
Por Redacción | Especial Historia de la Aviación
Durante más de tres décadas, el Concorde fue considerado la máxima expresión de la ingeniería aeronáutica europea. Capaz de volar a más de 2.180 kilómetros por hora (Mach 2,04) y de unir París con Nueva York en apenas tres horas y media, el avión supersónico era sinónimo de lujo, exclusividad y avance tecnológico. Desde su entrada en servicio en 1976, había transportado a jefes de Estado, empresarios, artistas y celebridades sin registrar un solo accidente fatal. Esa reputación terminó abruptamente la tarde del 25 de julio de 2000.
Una mañana aparentemente normal
El avión siniestrado era el Concorde F-BTSC, operado por Air France como el vuelo AF4590, un servicio chárter con destino a Nueva York (JFK). A bordo viajaban 100 pasajeros, en su mayoría turistas alemanes que iniciarían un crucero por el Caribe, además de 9 tripulantes. El despegue estaba previsto desde la pista 26R del aeropuerto Charles de Gaulle, en París.
Antes del embarque se produjo un retraso cercano a una hora debido a la sustitución de un componente del sistema de reversa de uno de los motores. La reparación fue considerada rutinaria y el avión fue autorizado para volar. El combustible estaba prácticamente completo, con unas 95 toneladas, ya que el Concorde necesitaba grandes cantidades para realizar el vuelo transatlántico a velocidad supersónica. El peso total del avión alcanzaba aproximadamente 186,9 toneladas, muy próximo al máximo permitido para el despegue.
El detalle de apenas 43 centímetros que desencadenó la tragedia
Cinco minutos antes del despegue del Concorde, un McDonnell Douglas DC-10 de Continental Airlines había utilizado la misma pista para partir hacia Newark. Durante su carrera de despegue perdió una lámina de titanio de unos 43,5 centímetros de longitud, perteneciente a un componente del motor. La pieza quedó sobre la pista sin que nadie advirtiera su presencia.
A las 16:42, el Concorde inició su aceleración. Cuando ya había superado la velocidad de decisión (V1), punto a partir del cual el despegue ya no podía abortarse con seguridad, la rueda número 2 del tren principal izquierdo pasó exactamente sobre esa pieza metálica.
La cadena de acontecimientos que nadie pudo detener
El impacto destruyó instantáneamente el neumático. Sin embargo, el verdadero problema no fue el reventón, sino la enorme energía liberada por los fragmentos de caucho. Uno de ellos, de aproximadamente 4,5 kilogramos, golpeó la parte inferior del ala a una velocidad cercana a 500 kilómetros por hora. Ese impacto generó una poderosa onda de choque que fracturó desde el interior el depósito número 5 de combustible, uno de los más grandes del avión. No fue una perforación directa del metal, sino una ruptura provocada por la presión hidráulica del combustible contra la pared del tanque.
Miles de litros de combustible comenzaron a salir violentamente del ala. Instantes después, el queroseno se incendió, probablemente debido a un arco eléctrico en el compartimiento del tren de aterrizaje o al contacto con componentes extremadamente calientes del motor. En segundos apareció una gigantesca columna de fuego detrás del ala izquierda.
El dramático intento por salvar el avión
Los pilotos desconocían el origen exacto del incendio, pero recibieron avisos inmediatos de pérdida de potencia en los motores izquierdos. Aun así, el Concorde consiguió despegar porque ya había alcanzado suficiente velocidad. Sin embargo, el tren de aterrizaje quedó sin retraerse completamente, aumentando considerablemente la resistencia aerodinámica, mientras el incendio seguía dañando sistemas esenciales.
El comandante intentó dirigirse al cercano aeropuerto de Le Bourget, pero el avión apenas conseguía ganar altura. La velocidad disminuía constantemente y el ala izquierda perdía sustentación debido al fuego y a la reducción del empuje. Aproximadamente un minuto y medio después del despegue, el Concorde comenzó a inclinarse peligrosamente hacia la izquierda. Pocos segundos más tarde perdió totalmente el control.
El impacto
A las 16:44, menos de dos minutos después de despegar, el Concorde cayó sobre un hotel Hotelissimo, en la localidad francesa de Gonesse, a pocos kilómetros del aeropuerto Charles de Gaulle. La explosión fue visible desde varios kilómetros de distancia. Murieron los 100 pasajeros, los 9 miembros de la tripulación y 4 personas que se encontraban en tierra, elevando el total de víctimas fatales a 113.
Las imágenes captadas por testigos mostraban al Concorde envuelto en llamas mientras intentaba mantenerse en vuelo. Aquellas grabaciones dieron la vuelta al mundo y se transformaron en uno de los documentos audiovisuales más impactantes de la historia de la aviación comercial.
La investigación que cambió la ingeniería aeronáutica
La investigación fue dirigida por el Bureau d’Enquêtes et d’Analyses (BEA) de Francia. Tras casi dieciocho meses de análisis, los investigadores concluyeron que el accidente fue provocado por una secuencia extremadamente inusual de acontecimientos: la lámina de titanio caída del DC-10, el reventón del neumático, la onda de choque que rompió el tanque de combustible, la fuga masiva de queroseno y el incendio que inutilizó parcialmente los motores y sistemas de control.
El informe también reveló que el Concorde ya había sufrido numerosos incidentes relacionados con explosiones de neumáticos durante su historia operativa. Sin embargo, nunca antes un fragmento había provocado daños tan severos en un depósito de combustible. Esa vulnerabilidad llevó a rediseñar el avión con neumáticos reforzados de nueva generación, protección adicional en los tanques de combustible y modificaciones en el sistema eléctrico y de cableado.
El principio del fin del avión supersónico
Toda la flota mundial de Concorde fue inmovilizada inmediatamente después del accidente. Aunque regresó al servicio comercial en noviembre de 2001, las circunstancias ya habían cambiado profundamente. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 redujeron drásticamente la demanda de vuelos internacionales de lujo, mientras que los elevados costos de mantenimiento y la disminución del número de pasajeros hicieron cada vez menos viable la operación del avión.
En abril de 2003, Air France y British Airways anunciaron conjuntamente la retirada definitiva del Concorde. El último vuelo comercial tuvo lugar el 24 de octubre de 2003, poniendo fin a casi tres décadas de transporte supersónico de pasajeros. Ningún otro avión comercial ha vuelto a ofrecer un servicio regular a velocidades superiores al doble de la velocidad del sonido.
Un legado que aún inspira a la aviación
Veintiséis años después de la tragedia, el Concorde continúa siendo un símbolo de una época en la que la aviación comercial apostó por superar la barrera del sonido. Su caída no solo marcó el final de un icono tecnológico europeo, sino que impulsó importantes cambios en las normas internacionales de seguridad aeronáutica, especialmente en el diseño de neumáticos, la protección de los depósitos de combustible y los procedimientos de inspección de pistas antes de cada despegue. Paradójicamente, el accidente que acabó con el «rey de los cielos» también dejó un legado permanente para hacer más segura la aviación mundial.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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