
¿Alguna vez has deseado que el tiempo pase más rápido para que llegue algo que anhelas? ¿O, por el contrario, que se detenga para no perder un momento que quisieras retener?
Esas experiencias revelan algo profundo sobre nosotros: vivimos inevitablemente atados al tiempo. Como criaturas, no tenemos la capacidad de controlarlo. Por más que deseemos acelerarlo o detenerlo, el tiempo sigue su curso sin consultarnos.
En ese sentido, nuestra experiencia es lo opuesto a lo que significa ser eterno (Ecl 3:11; Job 36:26) y aun el tiempo mismo sigue siendo un misterio para nosotros. Agustín de Hipona preguntó: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé» (Confesiones, XI.14.17). Y es justamente aquí donde surge una pregunta inevitable: si vivimos limitados por el tiempo, ¿cómo podemos entender lo que significa que Dios es eterno?
Responder esta pregunta puede tener un efecto transformador para nuestras vidas y la manera en que enfrentamos el paso del tiempo y sus incertidumbres. Los cristianos vivimos delante de un Dios eterno. Veamos lo que esto significa.
La eternidad divina: Dios más allá del tiempo
La Escritura presenta a Dios como infinito en Su ser: Su grandeza y entendimiento son inconmensurables (2 Cr 6:18; Sal 145:3; 147:5); es decir, que Dios no puede ser medido y escapa a nuestra comprensión humana. Este es un marco sano en el que debemos meditar sobre la eternidad de Dios y Su relación con el tiempo. El testimonio bíblico desarrolla esta confesión en tres líneas distintas pero complementarias.
1. Dios es eterno en Su ser
La Escritura presenta a Dios como Aquel que es Dios «desde la eternidad y hasta la eternidad» (Sal 90:2; Hab 1:12). Él es el Dios eterno (Gn 21:33; Ro 16:25-26), quien «habita la eternidad» (Is 57:11). Antes de que el mundo existiera, Dios ya era, y a lo largo de la historia permanece inmutable (Sal 102:25-27; Is 41:4; 46:9-10; He 13:8; Mal 3:6; Nm 23:19; Stg 1:17).
El gran YO SOY no está en proceso de llegar a ser, sino que es. En sentido propio, solo el Dios trino es eterno por naturaleza, pues «Él es Su propia esencia; por tanto, es Su propia eternidad» (Tomás de Aquino, Suma teológica, I.10.2).
Mi vida está en las manos de un Dios que no está limitado por el tiempo, que no improvisa y que nunca llega tarde
Entonces, ¿qué queremos decir cuando confesamos que Dios es eterno? A la luz del testimonio de la Escritura, y como la iglesia ha reflexionado a lo largo de los siglos, la eternidad divina describe el ser de Dios: Él posee la posesión total, simultánea y perfecta de una vida ilimitada. Su eternidad abarca todo el curso del tiempo en un solo presente indivisible y eterno.
Por eso, en Dios no hay principio, ni fin, ni sucesión de momentos. No hay antes ni después en Él (Sal 90:2; Mal 3:6). Dios existe fuera del tiempo, en la plenitud de Su vida eterna.
Comenzar aquí es fundamental. De lo contrario, corremos el riesgo de pensar en Dios como si cambiara con la creación o con el curso de la historia (Is 40:18, 25; Nm 23:19; Sal 50:21), olvidando que Él es el mismo y Sus años no tienen fin (Sal 102:27). Por tanto, cuando hablamos de la relación de Dios con el tiempo, debemos hacerlo con cuidado, pues estamos ante Su inconmensurable grandeza.
2. Dios es eterno antes, durante y más allá del tiempo
La Escritura también presenta a Dios como el Creador de todas las cosas, incluido el tiempo mismo (Jn 1:1-3; Sal 90:2; Pr 8:22-23). El tiempo pertenece al orden creado, ya que es el modo de existencia propio de las criaturas, surge con la creación y es inseparable de ella. En consecuencia, Dios no está contenido por él ni sujeto a sus limitaciones, sino que lo trasciende. Como declara el salmista, mil años para Él son «como el día de ayer que ya pasó» (Sal 90:4; cp 2 P 3:8).
A diferencia de las criaturas, Dios no vive en una sucesión de momentos. Esto es difícil de imaginar, porque toda nuestra experiencia está marcada por el paso del tiempo. Sin embargo, Él conoce y comprende todo el tiempo sin experimentarlo como nosotros. En este sentido, abarca pasado, presente y futuro, no porque Su vida se extienda a través de ellos, sino porque Su ser permanece siempre el mismo e inmutable.
Por eso, tiempo y eternidad no difieren simplemente en grado, sino en naturaleza. El tiempo es la duración propia de lo creado; la eternidad pertenece únicamente a la vida divina. Esta distinción nos lleva a una pregunta clave: si Dios trasciende el tiempo, ¿cómo gobierna lo que ocurre en él?
3. Dios gobierna el tiempo sin estar contenido por él
La Escritura presenta a Dios como el «Rey eterno, inmortal» (1 Ti 1:17). Él no solo trasciende el tiempo, sino que lo gobierna. Él establece los tiempos y las estaciones, quita y pone reyes (Dn 2:21); determina los momentos decisivos de la historia redentora (Gá 4:4; Hch 2:23); gobierna los eventos ordinarios de la providencia (Pr 16:9; Mt 10:29); y dirige la historia hacia su propósito designado (Hch 1:7; Ap 1:8).
Esto significa que Dios está verdaderamente presente y activo en la historia sin quedar limitado por ella. Aunque actúa en el tiempo, no está sujeto a la sucesión temporal. Esto es posible porque Dios, siendo quien es, trasciende todo lo que ha hecho y permanece plenamente presente a ello. La creación, entonces, no introduce un cambio en Dios, sino que es un acto desde la eternidad que produce efectos en el tiempo. Dios no queda ubicado en el tiempo como resultado de la creación, sino que trasciende lo que ha hecho mientras permanece inmediatamente presente a ello.
En resumen, la eternidad divina es el modo de existencia de Dios según la cual posee la plenitud de la vida, sin sucesión ni cambio, trascendiendo el tiempo como su Creador y permaneciendo plenamente presente en cada momento de la historia (Sal 139:7-10; He 4:13). Su eternidad no es simplemente una extensión infinita de tiempo, sino la perfección del ser de Dios más allá de toda limitación temporal.
Viviendo delante de nuestro Redentor eterno
Lejos de ser una doctrina fría o abstracta, la eternidad de Dios transforma la manera en que vivimos cada día.
Si soy honesto, muchas veces me he encontrado luchando con el tiempo: con la espera, la incertidumbre y la sensación de que las cosas no avanzan como deberían. En esos momentos, mi mayor tentación ha sido vivir como si todo dependiera de mí, como si el peso del futuro estuviera sobre mis hombros.
Vivir delante de un Dios eterno no elimina nuestras preguntas sobre esta vida breve, pero sí transforma cómo las enfrentamos
Pero la eternidad de Dios confronta esa ilusión. Me recuerda que mi vida no está suspendida en el azar ni sostenida por mi capacidad de controlar las cosas, sino en las manos de un Dios que no está limitado por el tiempo, que no improvisa y que nunca llega tarde. Él conoce el fin desde el principio (Is 46:9-10) y obra todo conforme a Su propósito eterno.
Y aún más, Su amor por mí no comenzó en el tiempo. Fui amado «antes de la fundación del mundo» (Ef 1:4). Su obra de redención no fue una respuesta improvisada, sino un plan eterno (2 Ti 1:9).
Por eso, cuando el tiempo se vuelve incierto, puedo descansar. No porque entienda todo lo que Dios hace, sino porque conozco quién es Él. El Dios eterno es también mi Redentor, y Aquel que me conoció desde la eternidad es el mismo que hoy me sostiene y quien llevará Su obra en mí hasta el final (Fil 1:6).
Vivir delante de un Dios eterno no elimina nuestras preguntas sobre esta vida breve, pero sí transforma cómo las enfrentamos. Nos libera de la ansiedad de controlar el tiempo y nos enseña a descansar en Aquel que lo gobierna: el Dios eterno.
Publicado por: Roberto Martínez
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/eternidad-dios/
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