
La CAMPAÑA POLÍTICA EN Colombia terminó, pero sus efectos no cesan. La elección del polémico y controversial abogado Abelardo de la Espriella por un escaso margen de cerca de 250 mil votos, muchos de los cuales (cerca de 170 mil) se originaron en puntos de votación en los EEUU y Venezuela, cuyos formularios de registro E14 se negaron a enviar para ser auditados y revisados como corresponde en el marco de los escrutinios, dejan muchas dudas e incertidumbres. La actitud sospechosa del registrador nacional del estado civil, las declaraciones de Donald Trump en el sentido de que fue justamente él quien definió con sus mecanismos la elección del señor de la Espriella, son combustible para las sospechas y la indignación.
Sumado a ello está también el hecho de que el señor de la Espriella se presentó como candidato con el aval de más de 3 y medio millones de firmas cuestionables y francamente falsas, situación que hasta el momento no ha generado una investigación seria desde la fiscalía ni reacción alguna desde ese organismo político que se llama Consejo Nacional Electoral y, para completar el cuadro ominoso, están también las declaraciones del señor presidente electo en contra de sus adversarios políticos a quienes claramente ha señalado como sus “enemigos” y a quienes ha propuesto “destripar”.
Recientemente sus representantes abandonaron el proceso de empalme cuando el presidente en ejercicio solicitó que el mismo fuera televisado y transmitido a toda la ciudadanía para demostrar las mentiras y falsedades a las que habría recurrido el señor de la Espriella para sustentar un discurso según el cual el presidente Petro habría sido un tipo corrupto, aliado del narcotráfico y de los grupos violentos y que el país que entrega está prácticamente en la ruina, muy a despecho de las referencias que desde organismos internacionales como la OCDE y el magazín The Economist se reconoce como una exitosa gestión económica en los últimos 4 años.
Aseguraron, al momento de su retiro, que no estaban dispuestos a permitir que el gobierno contradijera con argumentos las acusaciones del señor de la Espriella y convirtiera, según ellos, el empalme en un acto propagandístico.
Para completar ese cuadro dantesco, De la Espriella y su equipo no han cesado no sólo de estigmatizar al gobierno saliente, sino que han aprovechado todas las ocasiones a su alcance para anunciar cambios que consisten básicamente en la demolición de los avances sociales que logró el gobierno Petro tales como la reforma laboral, la reforma pensional, el salario mínimo vital, la reforma agraria y el desmonte del proceso de paz con las FARC, amén de la abolición y desmonte de todos los avances sociales que no alcanzó a tocar el señor Álvaro Uribe en sus ocho años de mandato.
También se ha rodeado de personajes de la más hirsuta tendencia de ultraderecha, además de exfuncionarios muy cuestionados e investigados por actos de corrupción. Lejos de tender la mano y de buscar una reconciliación del país luego de una campaña en la que abundaron los vituperios, las calumnias, las acusaciones sin fundamento, las amenazas, el odio, la polarización y el sectarismo, el equipo del residente electo, liderado por él mismo, continua con sus ataques personales y amenazas de judicializar, apresare y extraditar a las personas y líderes de la izquierda democrática.
Claro, eso es lo que pasa cuando el país va de extremo a extremo, cuando los electores validan un discurso belicoso y agresivo, que antes que construir propone la destrucción y el caos total, el retorno ala confrontación abierta, a la persecución y criminalización de la protesta y la discrepancia. Cuando se asume que la solución está en recurrir a las mismas fórmulas que en el pasado fracasaron y no llenaron de dolor y de sangre y que es posible resolver los problemas incrementando desde el estado la división, la señalización y la violencia.
Nos cabe a todos responsabilidad en ello, si uno elige a un lobo es para aúlle, si elige a un tigre es para que deprede, si elige a alguien que tiene un rico historial de instrumentalizar la ley, defender delincuentes, asociarse a ellos, estafarlos, pues no puede esperar que haga otra cosa si no aquello en lo cual ha demostrado ser todo un experto al momento de empoderarlo y erigirlo como presidente de la república. El problema está en que este es un país claramente partido en dos, en dos mitades casi iguales y que va a ser una carnicería si una mitad pretende aplastar a la otra y salir indemne de su osadía.
Los colombianos hemos demostrado que somos muy buenos para muchas cosas, para construir, para pensar, para crear, para soñar, para trabajar y, llegado el caso, también para matarnos. Esperemos que las palabras no se transformen en sangre, pero todos sabe3mos que en Colombia las palabras tienen peso y suelen aplastar, por lo general, a los más débiles.
Que los dioses que aún existen se apiaden como jamás lo han hecho de este pueblo, que seamos capaces de trascender el odio, la división, la retaliación y la violencia, que sepamos reconocer en el otro a nuestro hermano, por acertado o equivocado que creamos que pueda estar, que nuestros líderes asuman el poder delegado por el pueblo como una oportunidad para construir, para unir, para reconciliar, para retribuir antes que castigas, para reconocer y amar, antes que odiar y polarizar.
Un saludo indispensable para nuestros hermanos venezolanos, aquí estamos, aquí estaremos con el corazón palpitante y las manos extendidas, siempre podrán contar con nosotros.
Un saludo a todos, junto con mis mejores deseos. Deséennos también paz, sensatez, tino y reflexión. No hay violencia buena, no hay guerra piadosa, no hay agresión clemente. Que no seamos instrumento del odio ni del rencor, que no seamos objeto de la codicia ni la depredación. Que finalmente se demuestre que elegimos un presidente y no una fiera salvaje.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

