
Como creyentes en Jesucristo, deseamos ser personas que hablan con la verdad y que permanecen en la luz. En la medida de lo posible, aspiramos a ser claros y objetivos, evitando la falsedad y la mentira (Ef 4:25). Sin embargo, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, en las últimas dos décadas se ha desarrollado una tendencia en la que nuestra cultura colectiva ha participado de buena gana. Es algo que comenzó de manera bastante inocua, pero que ha dado lugar a una reciente manifestación del mal que nos ha dejado a muchos desconcertados: el pecado aparentemente respetable de la exageración.
Las raíces de la exageración: el superlativo sin control
Todos hemos pasado por eso. Alguien hace algo banal, como acordarse de traer un paraguas cuando amenaza lluvia, y nuestra respuesta es: «¡Eres un genio!». Merriam-Webster define «genio» como «poder intelectual extraordinario, especialmente tal y como se manifiesta en la actividad creativa» o «una persona dotada de una superioridad mental extraordinaria». ¿Traer un paraguas encaja con esta definición? ¿Y qué hay de compartir un «truco de vida» de TikTok? Al parecer, el listón de lo que se considera un genio se ha rebajado tan precipitadamente que ha quedado casi desprovisto de cualquier significado real. ¿Es decir la verdad (describir con precisión la realidad) calificar a alguien de genio, aunque sea en broma o con el deseo de animar, cuando en realidad no se ajusta a la definición?
¿O qué hay de la palabra «hilarante»? De nuevo, el diccionario la define como «extremadamente divertida». ¿Es hilarante ese chiste de papá? Quizás para el padre que lo contó, pero incluso así, ¿definiría correctamente el adjetivo «extremadamente»? ¿O qué hay de esa cara que supuestamente puso tu mascota?
Parte de decir la verdad consiste en expresarnos a nosotros mismos y nuestras experiencias con precisión
Un último ejemplo. La palabra «impresionante» se utiliza a la ligera en nuestra cultura, para describir desde nuestra comida favorita hasta nuestro viaje a las cataratas del Niágara. «Impresionante» significa «que inspira asombro», y el asombro se define como «una emoción que combina de diversas formas el temor, la veneración y la maravilla, inspirada por la autoridad o por lo sagrado o sublime». ¿Acaso esa película que acabas de ver te llevó a adorarla o a considerarla sagrada porque te llenó de una abrumadora sensación de tu finitud y haciéndote sentir humilde ante la profundidad de tu pequeñez? ¿Y qué hay de esa comida que acabas de probar en tu nuevo restaurante favorito? ¿Te dejó sin palabras el filete o la langosta, incapaz de asimilar la inmensidad de su gloria? Dudo que ni siquiera el mejor corte de ternera de Alberta o el marisco más fresco del Atlántico canadiense puedan, o deban, ponerse en la misma categoría que el descubrimiento de otra faceta del Dios tres veces santo que te impacta en lo más profundo de tu alma.
Tal vez en este punto te estés preguntando: «¿Y qué tiene de malo? ¿Es pecado exagerar?». Como siempre, hay matices, así que considera tres realidades mientras analizamos más a fondo esta idea de usar la exageración.
Tres consideraciones sobre la exageración
La exageración roba el sentido de las palabras
Esto ya se ha tratado en cierta medida, pero recurrir a superlativos cuando no son necesarios reduce su significado original de algo excelente, superior y notable a algo ordinario, cotidiano y rutinario. Si todo es hilarante, nada lo es. Si todo el mundo es un genio, nadie lo es. Como personas llamadas a decir la verdad (Col 3:9), corresponde a los creyentes moderar sus respuestas, de modo que las palabras pronunciadas se ajusten a la realidad experimentada.
Una forma en la que hemos tratado de responder a esto es el uso excesivo de adjetivos y adverbios, pero eso no hace más que prolongar el problema. Ahora incluso nuestros adjetivos se están volviendo vacíos, al igual que nuestros sustantivos. ¿Alguna vez has escrito un correo electrónico y has pensado que decir que estabas agradecido no era suficiente? Para expresar adecuadamente tu agradecimiento, ¿sentiste la necesidad de añadir «profundamente»? ¿O incluso «eternamente»? Habiendo agotado nuestros sustantivos descriptivos, vamos por buen camino de hacer lo mismo con nuestros adjetivos y estamos pasando a utilizar múltiples adjetivos cuando bastaría con una sola palabra utilizada apropiadamente. Parte de decir la verdad consiste en expresarnos a nosotros mismos y nuestras experiencias con precisión.
La exageración impone un límite inapropiado al lenguaje
Si «excelente» estaba destinado a ser una «palabra límite», como «mejor», «más grande», etc., ¿cuál es la consecuencia práctica de recurrir a esas palabras con demasiada frecuencia para describir realidades menores? Cuando se ha utilizado lo máximo para comunicar lo mínimo, ¿hacia dónde podemos ir en nuestros mensajes? Hemos cometido el equivalente lingüístico del niño que gritaba «¡lobo!». Ahora, cuando ocurre algo impresionante, hemos vaciado tan completamente nuestro repertorio verbal de superlativos que somos incapaces de describir adecuadamente nuestra experiencia. Hemos acordado colectivamente bajar el listón lingüístico, y el resultado es la profanación de nuestro lenguaje. No es casualidad, entonces, que nuestra cultura carezca de lenguaje para lo verdaderamente espectacular, asombroso o fantástico, ya que esas palabras ya se han reservado para referirse, por ejemplo, a un nivel completado en un videojuego, la última serie de libros que estamos disfrutando o la película más reciente que vimos.
La exageración, llámese como se llame, es exactamente eso: mentir. Es, por definición, una distorsión de la realidad y, por lo tanto, no puede ser la verdad
¿Cómo impacta esto nuestra relación con Dios? Un resultado es que las palabras que solo deberían utilizarse para describir a Dios, cuando se usan habitualmente para referirse a cosas de menor importancia, le roban a Dios la exclusividad que le corresponde. Cuando la última creación de nuestra cafetería favorita ha sido calificada constantemente de «divina», ¿a dónde acudimos y qué palabra elegimos cuando hablamos de nuestro Padre celestial? Cuando el descanso que tuvimos anoche fue «celestial», ¿cómo procesamos las maravillas de nuestro descanso eterno? Parte de decir la verdad consiste en dejar espacio para lo más grande y reservar lo más grandioso para Dios, quien es el único al que se puede describir de esa manera con precisión.
La exageración es una mentira encubierta
Finalmente, sabemos que exagerar es decir una falsedad a propósito, ya sea con fines dramáticos o para engañar intencionalmente. Aunque las Escrituras no contienen abundante material sobre la exageración, me viene a la mente Números 13:33. Aunque los gigantes entre los habitantes de Canaán eran imponentes, los espías atemorizados que relataron su experiencia al pueblo de Israel, diciendo que se habían sentido como langostas, sin duda lograron el efecto deseado.
Puede que la exageración en sí misma no se aborde directamente con frecuencia, pero sí se aborda el falso testimonio, como en Éxodo 20:16 y 1 Timoteo 1:10. El falso testimonio se ha vuelto tan común en nuestra sociedad que quizá no le prestemos mucha atención, pero exagerar la realidad es una mentira, incluso si se emplea en lo que se percibe como una buena causa. El propio Jesús dice en Mateo 5:37 que nuestro discurso debe ser sencillo, sin necesidad de juramentos para establecer su veracidad (Lv 19:12).
Por supuesto, la mentira es condenada de forma repetida y enfática a lo largo de las Escrituras: Proverbios 6:17 y 19, 12:22, 14:5 y 25, y 26:28. La exageración, llámese como se llame, es exactamente eso: mentir. Es, por definición, una distorsión de la realidad y, por lo tanto, no puede ser la verdad. Parte de decir la verdad, entonces, es solo relatar lo que hemos verificado y no decir ni compartir aquello que exagera nuestro argumento, incluso (o especialmente) si creemos que lo refuerza.
El impacto potencialmente letal de la exageración constante
Hay un resultado final del uso generalizado de la exageración en nuestra cultura. Cuando empleamos ampliamente las etiquetas inapropiadas para quienes no están de acuerdo con nosotros, se puede llegar a pensar que la violencia real está justificada al tratar con ellos. ¿Cuál es entonces el impacto acumulativo de etiquetar a alguien como tu -ista o -fóbico favorito, o como el siempre popular Hitler? Si Hitler ha alcanzado el estatus del ser humano más malvado y detestable en nuestra conciencia colectiva, ¿qué ocurre cuando etiquetamos repetidamente a nuestro oponente como tal? Podemos creer que estamos utilizando la exageración para causar efecto y dar por sentado que todo el mundo lo percibe así. Pero ¿qué daño se causa cuando estas etiquetas se aplican de forma consistente, especialmente cuando son falsas y totalmente desproporcionadas?
El compromiso de eliminar la exageración debería ser algo habitual entre los creyentes en Cristo
Nuestra cultura parece haber aceptado este uso de la exageración no solo como algo aceptable, sino quizá incluso como algo necesario. Como seguidores de Jesucristo, debemos ser mejores. Independientemente de cómo nos sintamos hacia alguien, especialmente si lo consideramos nuestro enemigo, debemos verlo como Dios lo ve. En primer lugar, Él lo ve con precisión, sin hipérboles, y en segundo lugar, aunque sea objeto de Su juicio, no se complace en su destrucción (Ez 18:23 y 33:11). Vivir el evangelio es atender al llamado de Jesús, y Él fue muy claro sobre cómo debemos interactuar con nuestros enemigos: debemos amarlos y orar por ellos, como lo vemos en Mateo 5:43-44 y Lucas 6:27-36.
Una última reflexión
El compromiso de eliminar la exageración debería ser algo habitual entre los creyentes en Cristo, especialmente cuando nuestra cultura la ha hecho parecer omnipresente y, por lo tanto, casi irreconocible. Estar prevenido es estar preparado. Confío en que este artículo nos ayude a todos a empezar a detectar la exageración dondequiera que aparezca y a poner de nuestra parte para resistirnos a usarla, dejar de repetirla y hacer que nuestros hermanos cristianos rindan cuentas cuando la empleen.
Antes de compartir esa publicación, en especial aquella que realmente «le da una lección» al otro bando, pregúntate: «¿Hay alguna exageración en esto?». Si es así, reconsidera compartirla.
Antes de compartir esa historia o estadística que has oído, pregúntate de nuevo: «¿Hay algo exagerado en esto? ¿Es completamente verídico? ¿Proviene de múltiples fuentes fiables?». Considera cómo relatar la información con precisión.
Antes de caer en la exageración, ya sea en una conversación, un mensaje de texto, una publicación en redes sociales, etc., pregúntate: «¿Es esto totalmente legítimo o lo he adornado, aunque sea con buenas intenciones?».
Señor, que nuestra comunicación refleje Tu carácter, y que parte de ello sea nuestro repudio a la exageración.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition Canada. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Jeff Eastwood
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/exageracion-pecado-respetable/
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