
¿Puede el Mundial de fútbol enseñarnos algo «espiritual»?
Escribo con la cautela de quien se sabe leído bajo sospecha. En reflexiones de este estilo, sobre cuestiones que parecen demasiado terrenales, siempre está el temor de sonar forzado, rebuscado, de quedarse a medio camino entre lo significativo y lo insignificante.
Al escribir sobre deporte, tengo mis dudas. Qué bueno que el apóstol Pablo no.
Él usó en sus escritos muchas ilustraciones y metáforas atléticas y deportivas. Aunque esto no me da licencia para concluir que él «disfrutaba» los deportes, sí puedo ver que comprendía e interactuaba con la cultura que lo rodeaba. De esta manera, lograba darle fuerza a sus argumentos.
Para meditar en el Mundial de manera válida, sigamos sus palabras:
¿No saben que los que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero solo uno obtiene el premio? Corran de tal modo que ganen. Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Por tanto, yo de esta manera corro, no como sin tener meta; de esta manera peleo, no como dando golpes al aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado (1 Co 9:24-27).
La cultura nos mueve
Cada cuatro años, el mundo parece detenerse. Durante casi un mes, millones de personas reorganizan sus horarios, modifican sus gastos y alteran sus rutinas. Un gol los hace gritar. Una derrota los deja en silencio. El fútbol, como cualquier deporte, mueve nuestras emociones. Además, el Mundial agrega elementos de patriotismo e identidad, formando un combo potente que sacude los afectos de millones de personas en todo el mundo.
Creo que Pablo habría entendido muy bien este fenómeno. Él vivió en una cultura donde los juegos atléticos eran eventos que estructuraban el calendario y la identidad de ciudades enteras, y hasta tocaban fibras religiosas en el corazón de las personas.
El combate más duro del creyente no es contra las circunstancias ni contra la oposición externa, sino contra uno mismo
Los Juegos Ístmicos, celebrados cerca de Corinto, eran el segundo evento más importante del mundo grecorromano. Cuando Pablo le escribe a la iglesia en esa región: «¿No saben que los que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero solo uno obtiene el premio?» (1 Co 9:24), no está usando una metáfora abstracta. Está señalando algo que sus lectores entendían, sentían y admiraban; algo que despertaba sus sentimientos.
La disciplina y la pasión
Por sus palabras, podemos imaginar que Pablo admiraba algo de los atletas de su tiempo. Admiraba su esfuerzo, su disciplina, su hambre de gloria. Por eso anima a los cristianos a considerar su ejemplo: «Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo» (v. 25).
El atleta que competía en los Juegos Ístmicos habría pasado bastante tiempo entrenando, cuidando su dieta, practicando la abstinencia y la disciplina física. Y todo eso para ganar una corona hecha con ramas de apio que empezaría a marchitarse antes de que termine la celebración.
Esto captaba la atención de Pablo. Tanto esfuerzo sincero por tan pobre recompensa. Pero no creo que el apóstol estuviera menospreciando a aquellos atletas, sino estimulando a sus lectores a darlo todo por algo superior: «Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible» (v. 25). ¡Cuánto más deben esforzarse aquellos que recibirán un premio eterno!
El apóstol Pablo señaló en el deporte algo valioso para los cristianos: la importancia de mostrar pasión, disciplina y sacrificio por Dios y Su reino
A esta misma reflexión podemos llegar nosotros hoy, al ver el evento deportivo más convocante del mundo. Al ver tantos atletas que se entrenan duro y sacrifican tanto por un premio pasajero, deberíamos cuestionarnos cuál es nuestra entrega por obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil 3:14).
No estoy tratando de «glorificar» la vehemencia y el fanatismo ciego que puede despertar el fútbol. Solo sigo los pasos reflexivos de Pablo, que quiere sacudirnos de nuestra comodidad y apatía, y despertar nuestra pasión por la gloria de Cristo.
El rival más duro
Con su ilustración deportiva, Pablo quiere animarnos a una vida entregada y apasionada por Cristo y por la misión que nos encomendó. Esta vida requiere disciplina y ejercicio continuo porque en nosotros persiste una tendencia a la apatía espiritual (1 Ti 4:8). Somos nuestro peor enemigo, nuestro rival más duro.
Pablo lo sabía bien, por eso confiesa: «Golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado» (1 Co 9:27). El combate más duro no es contra las circunstancias ni contra la oposición externa, sino contra uno mismo. Contra nuestra tendencia a la tibieza y la comodidad.
Son palabras fuertes de un hombre que entregó todo. Había llevado el evangelio por muchas regiones, había plantado iglesias y formado líderes locales, pero no daba por sentada su firmeza espiritual. Sabía que la pasión se apaga con facilidad si se olvida la herencia incorruptible que Dios ha reservado para los Suyos. Si alguien como Pablo era consciente de su debilidad, ¿cuánto más deberíamos serlo nosotros?
Un testimonio poderoso
No es fácil hacer una reflexión espiritual sobre el Mundial de fútbol. Es un evento que mezcla hazañas extraordinarias con corrupción, trampa e idolatría. Sin embargo, los eventos deportivos en tiempos de Pablo no eran diferentes y, aun así, él meditó en ellos a la luz del evangelio.
Si decimos que Cristo es superior al fútbol, ¿dónde está nuestra pasión que lo demuestra?
El apóstol señaló en el deporte algo valioso para los cristianos: la importancia de mostrar pasión, disciplina y sacrificio por Dios, Su reino y Su evangelio. Nuestra entrega le dice al mundo que hay Alguien cuyo valor es infinito; que vale la pena perderlo todo, hasta la vida misma, por causa de Cristo (Mt 16:25).
Podemos decir muchas cosas negativas del Mundial, del fútbol y de este mundo perdido. Pero el Mundial también nos interpela: Si decimos que Cristo es superior, ¿dónde está nuestra pasión que lo demuestra? ¿Dónde está nuestra disciplina y nuestro sacrificio?
Nuestro premio está asegurado en Cristo, por eso vivamos con la certeza de Su triunfo y entreguemos todo para ganarlo todo. Y que nuestra pasión sea un testimonio poderoso del infinito valor de conocer a Jesús y ser hallado en Él.
Matías Peletay
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/reflexion-mundial-pasion/
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