
Dedicado a un activista muy humano del saber, mi profe Nelson García
Vivimos en un mundo donde conviven en apariencia los contrarios, pero son ellos en realidad contrarios o son simplemente versiones de una misma realidad dinámica y cambiante, proteiforme y fluida. Vivimos entre rigideces y flexibilidades, entre certezas e incertidumbres. La vida, la muerte, ¿son dos cosas diferentes o son versiones de lo mismo?
¿Decir ni tanto que queme el santo ni tanto que no lo alumbre, es una forma coloquial de justificar nuestra indiferencia hacia algunas cosas, sucesos, personas de nuestro entorno inmediato, la priorización que damos a ciertos tópicos y que dejan otros aspectos de nuestra convivencia en segundo o tercer plano?
¿Pretender imponer una visión inequívoca del mundo es un acto de cobardía o una temeridad?
Somos lo que somos, pero ¿qué somos en realidad?: ¿Una colcha caótica de retazos de vivencias, interpretaciones, lecciones a medio naufragar en el incomprensible olvido, certidumbres, dudas, inquietudes, sueños, ambiciones, frustraciones, precariedades, ambigüedades que tratamos de ordenar a través de nuestras posturas, nuestros escritos, nuestros dichos, nuestros sentimientos, nuestras afinidades e incompatibilidades, nuestras actitudes y nuestras decisiones?
¿O somos estructuras inamovibles, certidumbres, inflexibilidades, rigideces, aristas y vértices, paralelepípedos que intentan, sin romperse, integrarse en este rompecabezas?
¿O somos seres frágiles que conservamos absurdamente elementos de naturalezas contradictorias, mutuamente excluyentes, seres de cristal que nos quebramos y nos reconstruimos permanentemente y cuya cataclísmica recomposición consuetudinaria es lo que conocemos como existencia?
Los invito a reflexionar sobre esos que tópicos, a lo largo de los años, imbuidos y metidos hasta el fondo o deslizándonos como sobrenadantes en el mundo, hemos dejado esas elucubraciones de lado. En nuestro pragmatismo precarizante creemos que ese tema debemos dejarlo en manos de filósofos, sociólogos, antropólogos, psicólogos, médicos, abogados, toda una división del trabajo frente a preguntas que deberíamos resolver por nosotros mismos para intentar trascender, ser algo más que máquinas recolectoras que transforman nuestros días en una secuencia uniforme de certezas.
No existe lo inmutable, vivimos en medio del cambio, del dinamismo de múltiples procesos que nos determinan, somos producto de ellos, pero somos también, de alguna manera, accionantes de los mismos, conscientes o inconscientes, convencidos o pletóricos de dudas y automatismos. Podemos parar un reloj, pero el tiempo sigue. Podemos construir muros, edificar represas, erigir rascacielos, pero los mismos, al igual que nosotros, no serán eternos, desde el mismo momento en que los dibujamos, los diseñamos, empiezan a sufrir cambios, se deterioran, envejecen, caminan (es un decir) ineluctablemente hacia su derrumbe.
El Universo es viable, su naturaleza es variable, vivimos entre lo líquido y lo sólido, entre certitudes e inconsistencias, entre chascarrillos, paradojas, hipérboles, precariedades y suficiencias, todas ellas transitorias. La existencia no es un chiste, pero puede ser muy divertida, no es una amargura, pero nos aporta pinceladas de melancolía y tristeza. No es una agonía, puede ser y, de hecho lo es a diario, también un parto. ¿Un universo rígido seria realmente un universo viable?
¿Pretender convertir el mundo en un erial de certidumbres es una aberración, un absurdo?
¿Preconizar su dinamismo extremo, su inasibilidad, incomprensibilidad, incognoscibilidad, inaprensibilidad es llevar las cosas al extremo?
Tal parece que el universo siempre encuentra un término medio, ¿será que la pretensión de viabilidad es una expresión universal de la tibieza?
Miércoles, tal paree que se me fue la mano, definitivamente esto de pensar puede ser muy peligroso, mejor me refugio en mi satisfaciente, enajenadora y pluripotente pantalla. Lástima que ella no pueda pensar por mí.
Definitivamente soy la peor versión de mi propio algoritmo, pero eso es lo que hay….
CARLOS FAJARDO
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.



















