
Un homenaje a Michel Serres
El ser humano, ese demiurgo infinitamente curioso y creativo, ese transformador kamikaze que, modificando su entorno se transforma implacablemente a si mismo y a la sociedad en la que vive, asiste como un aprendiz de brujo al parto sorprendentemente indoloro de una nueva humanidad, la de los nativos digitales, una sociedad de jóvenes que se involucran con el mundo desde sus no siempre cómodas y pero si omnipresentes pantallas y lo hacen dejando tras de sí un nuevo lenguaje, una nueva epistemología, una nueva pedagogía, unos seres cada vez más individuales que crean una nueva forma de interactuar, una nueva forma de empatizar entre sí y con la naturaleza, unos sujetos que cambian a ojos vista reproduciendo in extremis la visión de ese coloso de la antiguedad, Heráclito, que nos legó una manera de entender el mundo en su irrefrenable dinamismo.
Michel Serres, el perspicaz filósofo francés, nos muestra en su obra «Pulgarcita» una semblanza optimista de esa nueva humanidad de ambiciosos Prometeos digitales. En estas líneas intento aproximarme a esa visión que en buena parte comparto y acera de la cual los invito a reflexionar.
Los seres humanos nativos digitales tienen una relación con su entorno bastante diferente de las generaciones precedentes, son también nativos urbanos, sin haber roto la dependencia que todos tenemos de la producción rural, ya no conviven ni participan en dicha producción como no sea como consumidores: Muchos no han estado en presencia de una vaca, no saben ordeñar, no conocen las peculiaridades de la siembra ni de la cosecha, se relacionan con el mundo a través de pantallas interactivas y de teclados que accionan con sus pulgares, de ahí la denominación que ensaya Serres de Pulgarcitas y Pulgarcitos, aunque, para mí, limitarse a decir que el uso de esa expresión hace referencia únicamente a esa modalidad de interacción, se queda corta frente a la potencia de la metáfora que se utiliza.
Viven en un mundo hacinado, superpoblado, longevo, cada vez más envejecido, más multicultural, más conectado, pero, a la vez, paradójicamente, cada vez más aislado, un mundo más pacífico, pero en el que la muerte y los crímenes galopan y se transmiten en directo, un mundo más a la mano, abierto las 24 horas, sin límites temporales ni espaciales, con traducción simultánea, un mundo que en su devenir frenético no ha tenido tiempo siquiera para desarrollar una nueva moral, un mundo en permanente transformación donde las certidumbres de otrora se cambian casi a diario por las volubles certezas de un presente continuo.
Sus sentidos son atraídos al mismo tiempo desde múltiples direcciones, lo que antes llamábamos los quince minutos de fama hoy no son sino los siete segundos de atención que le pueden prestar a un reel, a una noticia, mientras se deslizan curiosos a través de un pandemónium caleidoscópico de imágenes, sonidos, percepciones Transmedia.
Los métodos tradicionales de enseñanza, de lectura, de interacción han sido demolidos, el prosaico tutor de otrora nada puede hacer ¿ante la riqueza y profusión de información a la que acceden a través de sus pantallas portátiles: Dice Serres “Por el tiempo de audiencia y de atención, por la seducción y la importancia, los medios se han apoderado desde hace tiempo de la función de enseñanza”.
Por su manera de obtener información, de relacionarse con el conocimiento, sus cerebros se activan de manera diferente, las sinapsis son distintas, la memoria reside en la red, fuente inagotable de saber accesible y minucioso, conceptos como vecindad, proximidad, han cambiado, la vida es un erIal inmenso, la muerte es otra cosa, de hecho, la red la ha convertido en una forma anodina, menos trascendente e intimidante de lo que fue para las generaciones que precedieron a esta. La lengua se transforma año tras año de una forma cada vez más masiva.
El individuo mismo ha cambiado, sus anclas habituales se han relajado, ni país, ni religión, ni ideología, la humanidad se ha convertido en un sincitio sui generis cultural, pero, contrario a ello, los individuos ya no conviven, no se entremezclan, viven vidas paralelas: Las nuevas tecnologías no han creado nuevos vínculos. Los espacios físicos han perdido vigencia y valor, la virtualidad omnisciente y omnipresente lo es todo.
El saber está ahí a la mano de quien quiera utilizarlo, es accesible sin limitación geográfica ni temporal, no reside en la persona de un instructor físico, vive en tutoriales electrónicos, tampoco en libros físicos que se convierten en objetos innecesarios, accesorios. Hasta la cabeza, en buena parte, reside en esa virtualidad. El cambio en los paradigmas de enseñanza sucede, al mismo tiempo, en el trabajo, las empresas, la salud, el derecho y la política, en fin, en todos los ámbitos de nuestra vida de relación. El mundo, las personas que contiene, las formas como interactuamos, la lectura, la escritura, nuestra funcionalidad y nuestra anatomía, han cambiado, lo dice Serres en estos términos: “Un período incomparable, sin embargo, puesto que, al mismo tiempo que esas técnicas mutan, el cuerpo se metamorfosea, cambian el nacimiento y la muerte, el sufrimiento y la cura, los oficios, el espacio, el hábitat, el ser en el mundo.”
¿A qué hora sucedió todo esto? ¿Cómo es que no lo previmos? ¿Por qué los filósofos, los científicos, en general los seres humanos, no fuimos capaces de anticipar ese mundo en formación que se transforma ante nuestros ojos? Ese cataclismo que nos mueve como partículas de polvo, que nos involucra y nos transforma sin apenas darnos cuenta. ¿A qué horas pasó todo esto, qué será del ser humano y de nuestra sociedad al término no de una década, ni de un lustro, quizás de un año o menos?
Aquí reside, para mí, lo afortunado de la metáfora que utiliza Serres. Pulgarcito es un personaje que no se arredra ante un mundo colosal, es un ser que se involucra activamente en el cambio y al hacerlo se transforma a sí mismo. Es una asociación brillante y rica que habla de nuestra resiliencia, del poder transformador de un uno que se repite ene mil veces. He aquí el mensaje más optimista, progresista y ambicioso de la denominación que adopta Serres. Somos pequeños gigantes que abordamos y transformamos un universo que ya no parece tan inescrutable ni inmutable ni incognoscible.
CARLOS FAJARDO PIESCHACÓN
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.



















