El 11 de septiembre de 2001 no terminó cuando las Torres Gemelas se desplomaron ni cuando los incendios fueron controlados. Para quienes estuvieron en Nueva York y Washington, la tragedia continuó durante días, semanas y años a través de imágenes, sonidos, enfermedades y recuerdos difíciles de borrar. Entre esas memorias permanece una particularmente poderosa: el olor de polvo, metal, humo y restos humanos que impregnó Manhattan después de la destrucción del World Trade Center. El periodista Sebastián Fest reconstruye ahora, a 25 años de los atentados, la experiencia de haber estado cerca del Pentágono aquel día y de haber llegado a Nueva York al día siguiente.
Una mañana que parecía completamente normal
La mañana del 11 de septiembre de 2001 comenzó con un cielo despejado y temperaturas propias del final del verano estadounidense. Fest se encontraba en las proximidades de Washington cuando, a las 9:37, observó una enorme explosión y una columna de fuego: el vuelo 77 de American Airlines acababa de impactar contra el Pentágono.
En ese momento ya se habían producido los ataques contra las Torres Gemelas. A las 8:46, el vuelo 11 de American Airlines había golpeado la Torre Norte del World Trade Center y, a las 9:03, el vuelo 175 había impactado contra la Torre Sur. Poco después, el vuelo 77 alcanzó el Pentágono y el vuelo 93 terminó estrellándose en Pensilvania después de que sus pasajeros intentaran recuperar el control del avión.
El resultado fueron 2.977 personas asesinadas en los cuatro ataques, sin contar a los 19 terroristas. En Nueva York murieron 2.753 personas; en el Pentágono, 184; y otras 40 perdieron la vida a bordo del vuelo 93. Las víctimas procedían de 90 países.
Washington quedó paralizado
La noticia se propagaba en medio de una situación completamente distinta a la actual. No existían las redes sociales que hoy permiten transmitir imágenes instantáneamente desde cualquier lugar. Los teléfonos móviles eran mucho más limitados y las comunicaciones colapsaron.
La radio adquirió nuevamente un papel central. En los automóviles detenidos cerca del Pentágono, miles de personas intentaban comprender lo que estaba ocurriendo mientras recibían información fragmentada y, en algunos momentos, contradictoria.
Washington se convirtió en una ciudad de evacuaciones. Personas abandonaban edificios públicos, familias intentaban reunirse y las autoridades despejaban las calles. El humo del Pentágono podía verse desde distintos puntos de la capital.
Para el periodista, la jornada significó trabajar prácticamente sin pausa. En pocas horas redactó varios despachos para la agencia alemana DPA mientras intentaba comprender la dimensión de una historia que todavía estaba desarrollándose.
El viaje hacia una Nueva York irreconocible
Al día siguiente, Fest tomó uno de los primeros trenes disponibles hacia Nueva York. Los vuelos comerciales permanecían suspendidos y miles de personas buscaban medios alternativos para regresar a la ciudad.
El tren atravesó Baltimore, Wilmington, Filadelfia y Newark. El ambiente era de silencio y preocupación. Algunos pasajeros buscaban a familiares; otros temían confirmar la muerte de personas cercanas.
Cuando el tren se aproximó a Nueva York apareció una imagen que dejó en silencio a los pasajeros: donde antes se elevaban las Torres Gemelas quedaba una enorme zona cubierta por humo gris.
La ciudad que apareció desde las ventanillas ya no era la misma.
Manhattan bajo una nube de polvo
El 12 de septiembre, Manhattan estaba cubierta por una fina capa de partículas procedentes del derrumbe de las torres y de otros edificios afectados. El sol continuaba brillando, pero el polvo suspendido en el aire modificaba la luz.
Las calles estaban semivacías. Había barricadas, ambulancias, vehículos de emergencia y miles de personas desplazándose a pie. En paredes, postes y otros lugares aparecían fotografías de personas desaparecidas.
Muchos caminaban utilizando mascarillas. En ese momento nadie podía imaginar que, casi dos décadas después, las mascarillas volverían a formar parte de la vida cotidiana mundial por una pandemia.
Pero aquel polvo no era simplemente suciedad.
¿Qué había en el aire?
La nube generada por el colapso de las Torres Gemelas contenía una mezcla extraordinariamente compleja de materiales pulverizados. Las investigaciones posteriores identificaron polvo procedente de hormigón, materiales de construcción, vidrio, metales, componentes electrónicos, muebles y otros elementos destruidos durante los impactos y los incendios.
Los organismos sanitarios estadounidenses determinaron posteriormente que las personas que permanecieron en la zona estuvieron expuestas a una combinación de polvo, humo y contaminantes potencialmente peligrosos. El CDC explica que el colapso de las torres produjo una enorme nube que cubrió el sur de Manhattan y alcanzó también Brooklyn, entrando en oficinas, escuelas y viviendas.
El impacto sanitario sería descubierto con mayor claridad muchos años después.
La tragedia que continuó después del atentado
Más de 91.000 trabajadores de rescate, recuperación, limpieza y voluntarios estuvieron expuestos a las condiciones ambientales de Ground Zero y otros lugares relacionados con los atentados. Entre ellos se encontraban bomberos, policías, paramédicos, trabajadores de construcción y numerosos voluntarios.
Las consecuencias incluyeron enfermedades respiratorias, diferentes tipos de cáncer y problemas psicológicos. El Programa de Salud del World Trade Center continúa proporcionando vigilancia médica y tratamiento a personas afectadas por las exposiciones del 11-S. El CDC señala que miles de personas continúan siendo diagnosticadas con enfermedades físicas y mentales relacionadas con el polvo, el humo, los escombros y el trauma sufrido durante los ataques y las tareas posteriores.
Un estudio del NIOSH también documentó la exposición de decenas de miles de trabajadores a sustancias conocidas o potencialmente cancerígenas durante las operaciones de respuesta y recuperación, que se prolongaron durante meses.
Una nueva generación también lleva las consecuencias
El alcance de aquella exposición todavía está siendo investigado. Este año, Estados Unidos anunció un nuevo centro de investigación dedicado específicamente a estudiar a quienes eran niños o adolescentes, o incluso estaban en gestación, cuando ocurrieron los atentados.
Se estima que unos 25.000 niños vivían o asistían a escuelas próximas al World Trade Center en septiembre de 2001. Muchos estuvieron expuestos al polvo y a otros contaminantes, pero inicialmente las investigaciones sanitarias se concentraron principalmente en los adultos que participaron en las tareas de rescate y recuperación.
Veinticinco años después
Este 11 de septiembre de 2026, Estados Unidos conmemora el 25.º aniversario de los atentados. En Nueva York, familiares de las víctimas participan nuevamente en la lectura de los nombres de quienes murieron. En Washington se realizan actos en el Pentágono y en Pensilvania se recuerda a las víctimas del vuelo 93.
Este año, además, se incorporó un momento de silencio dedicado específicamente a quienes murieron posteriormente por enfermedades relacionadas con la exposición a las condiciones tóxicas generadas por los ataques. Es una señal de que la historia del 11-S no puede medirse únicamente con las 2.977 vidas perdidas aquel día.
En el Pentágono, donde murieron 184 personas, también avanza el proyecto de un nuevo centro de visitantes destinado a preservar y explicar las historias de las víctimas. El Servicio de Parques Nacionales acaba de reconocer oficialmente el Memorial del Pentágono como área afiliada al sistema nacional.
El recuerdo que permanece
La crónica de Sebastián Fest recupera una dimensión del 11-S que las cifras no pueden transmitir: la experiencia sensorial de encontrarse en una ciudad después de una catástrofe de proporciones desconocidas.
En medio del silencio, de las calles cubiertas de polvo y de los rostros de desaparecidos pegados en las paredes, quedó un olor que el periodista describe como una mezcla de polvo, metal y carne quemada.
Veinticinco años después, ese recuerdo adquiere otra dimensión. Las Torres Gemelas ya no están, Manhattan reconstruyó su paisaje, una nueva generación creció sin haber vivido aquel martes y la política mundial cambió profundamente después de los ataques.
Pero las consecuencias humanas permanecen.
El 11 de septiembre no fue solamente la mañana en que cuatro aviones fueron secuestrados y casi 3.000 personas murieron. Fue también el comienzo de una larga historia de duelo, enfermedades, investigaciones médicas y memorias personales que todavía continúa. Para quienes estuvieron allí, hubo imágenes que jamás desaparecieron y un olor que, como escribió el periodista, parece imposible de olvidar.
Foto: EFE / Cedric H. Rudisill
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