Las aguas del archipiélago de Abrolhos, en el estado brasileño de Bahía, se han convertido en escenario de uno de los mayores éxitos de conservación marina de las últimas décadas. Las ballenas jorobadas, que estuvieron cerca de desaparecer del Atlántico Sur, alcanzan hoy una población estimada de alrededor de 35.000 ejemplares, una recuperación que contrasta con la situación crítica que enfrentaban hace apenas cuatro décadas.
Entre junio y noviembre, las cálidas aguas de la costa brasileña reciben a estos gigantes marinos para una etapa decisiva de su ciclo de vida. Las hembras dan a luz y amamantan a sus crías, mientras los machos compiten por reproducirse. Abrolhos, situado a unos 70 kilómetros de la costa, es considerado el principal santuario reproductivo de las jorobadas del Atlántico Sur.
La recuperación no fue accidental. La moratoria internacional contra la caza comercial de ballenas comenzó en 1986 y Brasil prohibió esta actividad al año siguiente. A estas decisiones se sumaron décadas de investigación científica, protección de las áreas de reproducción y programas permanentes de conservación. El trabajo iniciado en Abrolhos derivó posteriormente en la creación del Instituto Baleia Jubarte, que hoy continúa monitoreando la especie desde la ciudad de Caravelas, en el sur de Bahía.
De ser casi una leyenda a convertirse en un símbolo de recuperación
A mediados de la década de 1980, los avistamientos de ballenas jorobadas en Brasil eran tan escasos que muchos investigadores prácticamente no tenían registros directos de su presencia. La población había sido devastada durante décadas por la caza comercial.
Hoy la situación es radicalmente diferente. Los científicos estiman que los 35.000 ejemplares registrados en la población del Atlántico Sur representan cerca de la mitad de la población mundial, calculada en torno a 80.000 animales. El crecimiento demuestra que una política de conservación sostenida durante décadas puede permitir la recuperación de especies que parecían destinadas a desaparecer.
La ciencia descubre una conexión que atraviesa océanos
La recuperación de las jorobadas también permitió conocer mejor sus extraordinarios desplazamientos. Mediante muestras genéticas obtenidas de forma controlada, los investigadores lograron establecer vínculos familiares entre animales observados en Brasil y otros registrados miles de kilómetros al sur, incluso en las cercanías de Georgia del Sur.
Las ballenas pasan parte del verano austral en las zonas de alimentación del extremo sur del Atlántico y luego realizan largas migraciones hacia las costas brasileñas para reproducirse. Estos movimientos confirman que la conservación de la especie no depende exclusivamente de un país, sino de la protección de ecosistemas conectados a través de enormes extensiones oceánicas.
La investigación ha revelado incluso conexiones sorprendentes entre poblaciones del hemisferio sur. Una jorobada registrada en Brasil protagonizó recientemente un recorrido de más de 15.000 kilómetros hasta la costa oriental de Australia, una muestra de la enorme capacidad migratoria de estos cetáceos.
Inteligencia artificial para reconocer a cada ballena
Uno de los avances que está transformando la investigación es el uso de inteligencia artificial. La parte inferior de la cola de cada ballena jorobada posee manchas y patrones únicos, comparables a una huella de identificación.
Durante años, los científicos debían comparar manualmente miles de fotografías. Actualmente, plataformas especializadas como Happy Whale permiten realizar estas comparaciones en cuestión de segundos. La herramienta ya ha contribuido a identificar miles de ballenas que utilizan las costas brasileñas y facilita el seguimiento de sus desplazamientos a lo largo de los océanos.
El éxito trae nuevos desafíos
El aumento de la población, sin embargo, no significa que las ballenas estén completamente a salvo. Los investigadores advierten sobre nuevas amenazas derivadas de la actividad humana.
El tráfico marítimo y las redes de pesca representan riesgos directos, mientras que el cambio climático genera una preocupación creciente. El calentamiento de los océanos puede afectar las poblaciones de kril, una fuente fundamental de alimento para numerosas especies de ballenas durante sus períodos de alimentación.
En otras regiones del Atlántico Sudoccidental, los científicos también observan una recuperación de distintas especies de ballenas, aunque advierten que el aumento de la temperatura marina y la presión sobre los recursos del ecosistema antártico podrían poner en riesgo los avances logrados.
La historia de las ballenas jorobadas de Brasil demuestra que la recuperación de una especie es posible cuando la ciencia, la legislación y la conservación trabajan de manera continuada. De animales que apenas eran vistos en las costas brasileñas, las jorobadas volvieron a ocupar el Atlántico Sur. Ahora el desafío es garantizar que este extraordinario renacer no sea solo una victoria del pasado, sino una realidad permanente para las próximas generaciones.
Foto: Evaristo Sá / AFP
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