La historia de Valentina Cooke parece atravesar distintas generaciones del rock argentino. Nació y creció en una comunidad hippie de El Bolsón, en un entorno familiar marcado por la música y la vida austera, se mudó a Buenos Aires siendo adolescente para reencontrarse con quien luego sería su pareja, el guitarrista Gaspar Benegas, y terminó construyendo una carrera propia que la llevó a compartir proyectos con Carlos “Indio” Solari. Hoy, a los 44 años, Cooke es cantante, guitarrista, compositora y una de las integrantes de Escorpia.
Su historia familiar ya estaba ligada al rock mucho antes de que ella comenzara a cantar profesionalmente. Su padre, Mike Cooke, era un músico inglés que llegó a la Argentina después de acompañar a su padre cineasta en un viaje de trabajo. Primero se instaló en Buenos Aires y tocó en el mítico Café Einstein, escenario por el que pasaron artistas como Sumo y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Después se trasladó con su pareja al sur argentino para vivir en comunidad, en una época en la que El Bolsón se había convertido en uno de los puntos de referencia de la cultura alternativa y hippie.
En ese ambiente creció Valentina, rodeada de naturaleza y de una forma de vida alejada de los grandes centros urbanos. La música, sin embargo, estaba presente en su casa y en los encuentros familiares. Cooke recuerda aquellos años vinculados con los fogones y las canciones, entre ellas las de María José Cantilo, en una infancia que terminaría teniendo una conexión inesperada con algunos de los nombres más importantes del rock argentino.
La mudanza a Buenos Aires llegó cuando tenía apenas 15 años. El motivo fue Gaspar Benegas, a quien conocía desde su adolescencia y que ya se había instalado en la capital. Cooke viajó desde El Bolsón para reencontrarse con él y Benegas la esperó en Retiro. La relación se convirtió con el tiempo en una familia y en una sociedad musical: tuvieron dos hijos, Karim y Simba, y Benegas terminó convirtiéndose en guitarrista de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda que acompaña al Indio Solari.
Pero Cooke no quedó simplemente vinculada al mundo artístico de su pareja. Construyó su propio camino musical. En 2020 formó Escorpia junto a Salo Bass y Rocío Luna, un power trío femenino que combina rock con influencias de blues, funk, grunge y rhythm & blues. La banda desarrolló una identidad propia y comenzó a ganar reconocimiento dentro de la escena independiente argentina.
El vínculo con Solari apareció de una manera inesperada. Según contó Cooke, el músico la había visto en redes sociales participando en una performance relacionada con trabajadores de una fábrica cerrada. Durante el último recital del Indio en Olavarría, en 2017, Solari se acercó a la mesa donde estaban Cooke y Benegas y la felicitó por aquella intervención. Ese encuentro terminó abriendo una relación artística que iría mucho más lejos.
Con el tiempo, Solari comenzó a seguir su trabajo y a elogiar públicamente sus actuaciones. Cuando Cooke formó Escorpia, el músico volvió a comunicarse con ella después de verla en redes y terminó alentándola a continuar desarrollando su faceta como compositora. Para una artista que había crecido escuchando Oktubre, uno de los discos fundamentales de los Redondos, aquella relación tenía además un fuerte componente personal.
La colaboración más visible llegó con “Serenata de los Santos Fumadores”. Solari compuso, escribió, arregló y produjo la canción, pero eligió a Cooke para interpretarla. El tema fue publicado en octubre de 2024 y convirtió a la cantante en la voz de una composición del Indio. En la grabación también participaron Gaspar Benegas en guitarras, bajo y teclados, y Ramiro López Naguil en batería.
La elección no fue casual. Solari presentó públicamente a Cooke como una intérprete cuya voz había encontrado la forma adecuada para una canción que consideraba especialmente importante dentro de su obra. La colaboración permitió además que una composición del músico llegara al público desde una voz diferente a la suya.
La relación artística continuó con Escorpia. En 2025, Solari colaboró con el trío en “Refugio”, una canción en la que participó no solamente como cantante invitado, sino también en la letra, la melodía y algunos arreglos. Fue presentada como la primera colaboración del Indio con una banda femenina en ese formato y como un nuevo respaldo a la presencia de mujeres dentro del rock.
Cooke también desarrolló otros proyectos vinculados con la escena ricotera. En 2024 formó un dúo acústico con Luciana Palacios, una de las voces de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Ambas recorrieron distintos escenarios con un repertorio que combina canciones propias, clásicos del rock y composiciones vinculadas al universo del Indio Solari.
La trayectoria de Cooke tiene además un componente de supervivencia personal. Su relación con El Bolsón no quedó solamente como un recuerdo de infancia: los incendios forestales que afectaron la Patagonia también alcanzaron el lugar donde había crecido y destruyeron su casa natal. La experiencia terminó agregando otra dimensión a una historia marcada desde el comienzo por la naturaleza, la música y los cambios de vida.
Lo más llamativo de su recorrido es el contraste entre los distintos escenarios. De los fogones y la vida comunitaria en El Bolsón pasó a los grandes escenarios de Buenos Aires; de ser la pareja de un guitarrista fundamentalista terminó construyendo una identidad musical propia; y de admirar desde adolescente al autor de Oktubre terminó entrando en un estudio para ponerle voz a una de sus canciones.
La historia también muestra cómo el rock argentino puede generar conexiones que atraviesan generaciones. Mike Cooke había compartido espacios musicales con artistas que marcaron la historia del rock nacional; décadas después, su hija terminó trabajando directamente con uno de los músicos que heredó aquella tradición y la transformó durante más de cuatro décadas.
Valentina Cooke no llegó al universo del Indio Solari simplemente por ser pareja de uno de sus guitarristas. Llegó con una historia musical propia, una voz, una banda y una trayectoria que terminaron llamando la atención del propio Solari. La colaboración convirtió aquel encuentro casual en Olavarría en una relación artística que produjo canciones, grabaciones y una nueva etapa para una cantante que había comenzado su historia muy lejos de los grandes escenarios.
Desde El Bolsón hasta los estudios de Parque Leloir, el recorrido de Cooke parece escrito como una canción de rock: una infancia entre montañas, un viaje adolescente hacia Buenos Aires, una familia formada junto a un guitarrista fundamentalista, una banda de mujeres y, finalmente, la oportunidad de cantar las palabras de uno de los músicos más influyentes de la Argentina.
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