
Las nuevas comisiones y tarifas establecidas para distintas operaciones bancarias en Venezuela están generando un impacto especialmente fuerte sobre los consumidores de menores ingresos, que dependen cada vez más de los medios de pago electrónicos para realizar compras, transferencias y operaciones cotidianas. El economista Leonardo Vera cuestionó la estructura de los nuevos cargos y advirtió que las tarifas mínimas pueden representar un porcentaje elevado cuando se aplican a transacciones de poco valor.
Uno de los principales cambios afecta al sistema de Pago Móvil, una de las herramientas más utilizadas por los venezolanos para transferir dinero de manera inmediata entre cuentas. Para las operaciones de persona a persona se estableció un cargo equivalente al 0,30% del monto, mientras que las operaciones de persona a comercio pueden alcanzar el 1,50%. En las operaciones de comercio a persona, la comisión llega hasta el 2% cuando son interbancarias y al 1,75% cuando se realizan dentro de una misma entidad.
El problema adquiere otra dimensión cuando se trata de pagos pequeños. Según el análisis citado por Infobae, una comisión mínima de 14 bolívares puede representar un porcentaje considerable sobre una transferencia de apenas dos o tres dólares, llegando en algunos casos a superar el 3% o 4% del dinero enviado. El impacto proporcional disminuye a medida que aumenta el valor de la operación, por lo que el mismo cargo pesa mucho más sobre quienes manejan cantidades reducidas.
La situación afecta particularmente a trabajadores informales, pequeños comerciantes y familias que utilizan el sistema bancario para operaciones de bajo monto. En una economía donde buena parte de las transacciones diarias se realizan mediante teléfonos celulares y aplicaciones bancarias, cada comisión se convierte en un costo adicional que se acumula a lo largo del mes.
El uso masivo de los pagos electrónicos no surgió únicamente por una preferencia tecnológica. Venezuela atravesó durante años graves dificultades relacionadas con la circulación de efectivo, la inflación y la pérdida de valor de la moneda. Esto llevó a millones de personas a utilizar transferencias, pagos móviles, tarjetas y otros mecanismos digitales para operaciones que anteriormente se realizaban con billetes.
El economista sostiene que actualmente pueden realizarse entre 15 y 25 millones de transacciones electrónicas por día si se consideran las diferentes modalidades de pago, entre ellas las transferencias bancarias, tarjetas de débito, plataformas de biopago y operaciones interbancarias. La Cámara Venezolana de Comercio Electrónico estima por sí sola entre ocho y diez millones de operaciones diarias a través de canales digitales.
La magnitud de esas cifras explica por qué pequeñas tarifas pueden convertirse en una fuente importante de ingresos para el sistema financiero. Vera calcula que, bajo las condiciones actuales, las comisiones podrían generar alrededor de US$45 millones mensuales. Se trata de una transferencia de recursos que, según su análisis, terminaría siendo asumida en parte por consumidores y comercios.
Otro de los sectores afectados es el comercio. Los establecimientos que utilizan puntos de venta enfrentan costos asociados con la instalación, mantenimiento y funcionamiento de estos equipos. El análisis citado señala que el mantenimiento de los puntos de venta habría aumentado de manera significativa, lo que puede terminar trasladándose al precio final de los productos y servicios.
Para un gran comercio, una comisión bancaria puede representar una proporción relativamente pequeña de sus ingresos. Para un pequeño negocio, en cambio, los costos de cada operación pueden reducir de manera importante el margen obtenido en una venta. La diferencia es particularmente relevante en establecimientos que trabajan con productos de bajo precio y alta rotación.
El impacto puede multiplicarse cuando un mismo dinero pasa por varias operaciones durante el día. Un consumidor recibe un pago, realiza una transferencia, compra un producto y el comerciante posteriormente utiliza otra operación electrónica para pagar a un proveedor. Cada etapa puede incorporar costos financieros, aunque sean pequeños individualmente.
El efecto acumulativo es uno de los principales cuestionamientos planteados por los especialistas. No se trata únicamente del valor de una comisión aislada, sino de la cantidad de operaciones que realiza una persona o un comercio durante un período determinado.
La situación también plantea una contradicción: el sistema financiero impulsa y necesita que los usuarios utilicen canales electrónicos, pero al mismo tiempo esas operaciones tienen costos que recaen sobre quienes dependen de ellos.
Para los consumidores de mayores ingresos, una tarifa mínima puede ser prácticamente irrelevante. Para una persona que realiza una transferencia equivalente a unos pocos dólares, el mismo cargo puede representar una parte considerable del dinero disponible.
El impacto regresivo aparece precisamente en ese punto. Cuanto menor es la operación, mayor puede ser el peso relativo de una comisión fija o mínima. Por eso, una tarifa que parece pequeña en términos absolutos puede resultar significativa para quienes utilizan el sistema financiero con montos reducidos.
También existe una diferencia entre utilizar efectivo y recurrir a un cajero automático. Según el análisis divulgado, retirar dinero en un ATM puede implicar un cargo de hasta 3%, lo que reduce las alternativas disponibles para quienes prefieren volver al efectivo.
Esto genera un escenario en el que el usuario puede terminar pagando tanto por utilizar medios electrónicos como por retirar efectivo. La consecuencia es especialmente relevante en un país donde la utilización de pagos digitales se volvió una necesidad para una parte importante de la población.
El sistema bancario venezolano está regulado por el Banco Central y las instituciones financieras deben ajustarse a los límites establecidos para las distintas comisiones y tarifas. La legislación venezolana establece que los cargos bancarios no pueden superar los montos determinados por el organismo emisor.
Por lo tanto, el debate no gira solamente alrededor de si los bancos pueden cobrar comisiones, sino de qué niveles resultan razonables en relación con los ingresos de los usuarios y el contexto económico del país.
Las entidades financieras sostienen que las tarifas permiten cubrir los costos de infraestructura, procesamiento, mantenimiento de redes, seguridad y prestación de servicios. Sin esos ingresos, argumentan, mantener una extensa infraestructura de pagos electrónicos también tendría un costo que debería ser asumido de alguna otra manera.
El problema aparece cuando el costo de mantener esa infraestructura termina afectando proporcionalmente más a quienes tienen menor capacidad económica.
En Venezuela, además, la inflación y la depreciación del bolívar complican la comparación de los cargos. Una comisión fijada en moneda nacional puede perder rápidamente su significado nominal, mientras que los ingresos de las familias también sufren modificaciones constantes.
La economía venezolana lleva años marcada por una fuerte pérdida del poder adquisitivo y por una elevada utilización del dólar como referencia para numerosos precios. En ese contexto, los consumidores suelen pensar sus gastos en dólares aunque muchas operaciones se realicen formalmente en bolívares.
Esto hace que una comisión aparentemente pequeña en moneda local pueda adquirir otra dimensión cuando se compara con el valor real de una compra.
Para los comercios, el problema es igualmente sensible. Un establecimiento puede recibir decenas o cientos de pagos electrónicos durante una jornada. El costo acumulado de las operaciones termina formando parte de la estructura financiera del negocio, junto con alquileres, salarios, servicios, impuestos y reposición de mercadería.
Los pequeños establecimientos son los que pueden tener mayores dificultades para absorber esos costos. En negocios donde el margen de ganancia es reducido, una variación relativamente pequeña en los gastos financieros puede afectar directamente la rentabilidad.
La consecuencia más probable es que parte de esos costos termine incorporándose a los precios. De esta manera, una comisión bancaria que inicialmente parece afectar únicamente a la entidad financiera y al comerciante puede terminar repercutiendo sobre el consumidor final.
El debate también plantea una cuestión más amplia sobre la inclusión financiera. El acceso a cuentas bancarias y medios de pago electrónicos suele considerarse una herramienta para integrar a más personas a la economía formal.
Pero la inclusión financiera pierde parte de sus beneficios cuando utilizar una cuenta o realizar una operación se vuelve demasiado costoso para los sectores de menores ingresos.
Una persona puede tener acceso a una cuenta bancaria, pero si cada pequeña transferencia implica un costo elevado en relación con el dinero movilizado, puede terminar reduciendo el uso del sistema o buscando alternativas informales.
Eso podría generar el efecto contrario al buscado: en lugar de profundizar la bancarización, determinados usuarios podrían optar nuevamente por efectivo, mecanismos informales o sistemas de intercambio menos transparentes.
El desafío para las autoridades consiste entonces en encontrar un equilibrio entre la sostenibilidad del sistema bancario y la protección de los usuarios.
Las comisiones son una fuente legítima de ingresos para las entidades financieras, pero su diseño puede tener consecuencias distributivas importantes. Una tarifa porcentual sin mínimos elevados afecta de manera diferente a una comisión fija que se aplica por igual a una transferencia de pequeño o gran valor.
La discusión sobre las nuevas tarifas también debería considerar la cantidad de operaciones que realiza diariamente la población. Una comisión pequeña multiplicada por millones de transacciones puede representar un ingreso considerable para el sistema financiero y, simultáneamente, un gasto acumulado significativo para los usuarios.
En este escenario, los consumidores más vulnerables quedan en una posición particularmente delicada porque disponen de menos alternativas para reducir el impacto de los cargos.
El aumento de las comisiones llega, además, en un momento en que los hogares venezolanos ya enfrentan dificultades para preservar su poder adquisitivo. Cualquier nuevo costo asociado con operaciones básicas puede terminar afectando el presupuesto destinado a alimentos, transporte, servicios y otros gastos esenciales.
El problema no está solamente en el monto de cada comisión, sino en la frecuencia con que se utiliza el sistema bancario. Para una persona que recibe y realiza pagos constantemente, el costo puede acumularse hasta convertirse en un gasto mensual relevante.
El caso venezolano también muestra cómo las crisis económicas pueden transformar completamente los hábitos financieros. El país pasó de depender ampliamente del efectivo a utilizar masivamente teléfonos celulares, tarjetas y plataformas digitales.
Ahora, esos mecanismos que ayudaron a resolver parte de las dificultades derivadas de la falta de efectivo tienen un nuevo costo para sus usuarios.
La discusión sobre las comisiones bancarias venezolanas, por tanto, excede el ámbito financiero. También involucra el costo de vida, la inclusión financiera y la capacidad de los hogares para realizar operaciones básicas sin perder una parte significativa de sus ingresos. El desafío para las autoridades será determinar si las nuevas tarifas pueden sostener al sistema bancario sin trasladar una carga desproporcionada a quienes utilizan los servicios financieros con montos pequeños.
En una economía donde millones de operaciones electrónicas se realizan diariamente, incluso una pequeña modificación en las tarifas puede tener un efecto amplio. Los consumidores de menores ingresos son quienes sienten con mayor intensidad ese impacto porque una misma comisión representa una proporción mucho mayor de su dinero disponible.
El debate recién comienza y probablemente continuará mientras bancos, comercios, consumidores y autoridades evalúan las consecuencias de la nueva estructura de cargos.
La cuestión central será si Venezuela puede avanzar hacia un sistema de pagos cada vez más digital sin convertir el acceso a esos servicios en una carga adicional para las familias que menos recursos tienen. Mientras el uso de las operaciones electrónicas continúa creciendo, la discusión sobre quién termina pagando el costo de esa transformación financiera adquiere una importancia cada vez mayor.
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