Un terremoto de magnitud 7,4 sacudió este lunes 10 de agosto a gran parte de Colombia y convirtió una jornada que comenzó con un fuerte movimiento sísmico en una emergencia nacional de grandes dimensiones. El epicentro fue localizado en inmediaciones de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, y el Servicio Geológico Colombiano registró el evento a las 7:34 de la mañana, con una profundidad cercana a los 103 kilómetros; el Servicio Geológico de Estados Unidos lo ubicó a unos 5 kilómetros al este de San José del Palmar y calculó una profundidad de 107 kilómetros. El balance, que durante las primeras horas hablaba de 24 fallecidos, aumentó rápidamente a medida que los organismos de socorro accedieron a las zonas más afectadas y este lunes por la tarde llegó a al menos 111 muertos y 87 heridos. Decenas de edificaciones colapsaron o quedaron seriamente dañadas, especialmente en el occidente y el Eje Cafetero, mientras continúan las operaciones de rescate, evaluación estructural y búsqueda de personas que podrían permanecer atrapadas entre los escombros.
La diferencia entre el primer balance y el actual es una de las características habituales de los grandes terremotos. Durante las primeras horas, las autoridades deben trabajar con comunicaciones interrumpidas, carreteras bloqueadas, edificios inestables y zonas a las que resulta difícil acceder. Por esa razón, la cifra de 24 muertos difundida inicialmente por BLU Radio correspondía a un corte preliminar de la emergencia y no a un balance definitivo. Con el avance de las operaciones de rescate y la consolidación de los reportes departamentales, la cifra ascendió a 111 fallecidos.
El terremoto fue registrado a las 7:34 de la mañana, hora colombiana, y su magnitud de 7,4 lo convierte en un evento sísmico excepcionalmente fuerte. El SGC sitúa el epicentro en San José del Palmar, Chocó, mientras que el USGS lo localiza aproximadamente 5 kilómetros al este de esa población. La diferencia de profundidad entre ambos organismos —103 y 107 kilómetros— es pequeña y no modifica la dimensión del fenómeno.
La profundidad relativamente elevada del terremoto ayuda a explicar por qué el movimiento pudo sentirse en una extensa región del país. Las ondas sísmicas alcanzaron ciudades situadas a cientos de kilómetros del epicentro y provocaron evacuaciones, caída de objetos, daños estructurales y escenas de pánico en Cali, Pereira, Manizales, Armenia, Quibdó y otras ciudades, además de sentirse en Bogotá y fuera de las fronteras colombianas. También se reportó percepción del movimiento en Ecuador y Panamá.
La zona del Eje Cafetero aparece entre las más afectadas. Pereira y Manizales registraron daños importantes, mientras que en Cali se reportaron colapsos de estructuras y personas atrapadas. Los reportes preliminares apuntan a que Risaralda concentra una parte importante de las víctimas, seguida por Valle del Cauca y Chocó. La distribución definitiva, sin embargo, continúa siendo actualizada mientras avanzan las labores de identificación y rescate.
Uno de los datos que dimensiona la emergencia es el número de construcciones afectadas. Los reportes más recientes señalan 61 edificios colapsados, además de numerosas estructuras que presentan daños y deben ser sometidas a evaluación antes de que sus habitantes puedan regresar. La prioridad de los equipos especializados es determinar si existen personas atrapadas y evitar que nuevos derrumbes provoquen víctimas entre los propios rescatistas.
La emergencia también afectó la infraestructura de transporte. Seis aeropuertos colombianos registraron daños o interrupciones relacionadas con el terremoto, entre ellos terminales de Pereira, Manizales, Armenia, Quibdó, Cartago y Buenaventura. La revisión de pistas, terminales y estructuras aeroportuarias se volvió indispensable para determinar qué operaciones pueden mantenerse y cuáles deben permanecer suspendidas por seguridad.
La interrupción de las comunicaciones constituye otro problema crítico. En las primeras horas, numerosas personas tuvieron dificultades para comunicarse con familiares en ciudades afectadas, mientras que algunos sectores experimentaron problemas con las redes de telefonía y electricidad. En una emergencia sísmica, esta situación complica no solamente la comunicación entre familiares, sino también la coordinación de ambulancias, bomberos, policías, hospitales y equipos de búsqueda.
San José del Palmar: el epicentro en una zona de difícil acceso
El hecho de que el epicentro se encuentre en San José del Palmar, Chocó, tiene una importancia especial. No se trata de una de las grandes capitales colombianas, sino de un municipio de población relativamente pequeña situado en una región montañosa y con importantes dificultades de conectividad.
El USGS ubica el epicentro aproximadamente a cinco kilómetros de San José del Palmar y registra una población de alrededor de 2.400 habitantes en la localidad. Esa característica plantea un desafío adicional: una emergencia de grandes dimensiones en un territorio con infraestructura limitada puede tardar más en ser evaluada que un evento similar ocurrido junto a una gran ciudad.
El Chocó, además, es una de las regiones colombianas donde las condiciones geográficas pueden dificultar la llegada rápida de maquinaria pesada, personal especializado y suministros. Carreteras, puentes y comunicaciones pueden quedar afectados simultáneamente, generando un escenario en el que la primera respuesta depende en buena medida de las capacidades locales.
La emergencia, por tanto, no debe medirse únicamente por el número de edificios derrumbados. En las zonas rurales y apartadas, un puesto de salud sin capacidad suficiente, una carretera bloqueada o una comunidad incomunicada pueden convertirse en factores determinantes para la supervivencia de una persona herida.
Colombia vive sobre un territorio sísmicamente activo
El terremoto no constituye un fenómeno extraño desde el punto de vista geológico. Colombia posee una actividad sísmica elevada debido a su ubicación en una zona donde interactúan las placas Nazca, Sudamericana y Caribe. El Servicio Geológico Colombiano explica que parte importante de la actividad sísmica se concentra en el Pacífico por la subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana, mientras que otras regiones presentan actividad relacionada con diferentes estructuras tectónicas.
La existencia de terremotos frecuentes no significa que sea posible predecir exactamente cuándo ocurrirá uno de gran magnitud. La función del sistema de monitoreo consiste en registrar los movimientos, determinar sus características, elaborar mapas de intensidad y proporcionar información para que las autoridades puedan responder.
El SGC dispone de una red sismológica nacional que permite registrar los eventos y posteriormente analizar dónde fueron sentidos y qué daños produjeron. Desde 2009, además, utiliza reportes ciudadanos mediante el sistema Sismo Sentido, que ayuda a construir mapas de intensidad a partir de las experiencias de las personas en diferentes lugares del país.
El recuerdo del terremoto de Armenia vuelve a aparecer
Para millones de colombianos, el terremoto de este lunes inevitablemente trae a la memoria el desastre del 25 de enero de 1999, cuando un sismo de magnitud 6,1 golpeó el Eje Cafetero.
El Servicio Geológico Colombiano registra que aquel terremoto tuvo epicentro en el Eje Cafetero y una profundidad de aproximadamente 21,6 kilómetros. Armenia sufrió las consecuencias más graves: 921 personas murieron, 5.377 resultaron heridas y más de 21.000 viviendas fueron averiadas o destruidas.
La comparación resulta relevante porque el actual terremoto vuelve a afectar parte de esa misma región. Sin embargo, no se trata del mismo fenómeno ni de una repetición mecánica del terremoto de 1999. La profundidad, ubicación exacta, mecanismos de ruptura, características del suelo y calidad de las construcciones son factores diferentes.
Lo que sí permanece es una vulnerabilidad estructural: una zona densamente poblada y con ciudades construidas sobre terrenos de características diversas puede experimentar daños muy distintos incluso cuando el terremoto tiene la misma magnitud.
Colombia ya ha sufrido terremotos mucho mayores
Desde una perspectiva histórica, el sismo del 10 de agosto no es el terremoto de mayor magnitud registrado en Colombia.
El propio Servicio Geológico Colombiano recuerda que el 31 de enero de 1906 se produjo un terremoto de magnitud 8,8 en la costa del Pacífico colombiano, uno de los diez terremotos de mayor magnitud registrados instrumentalmente en el mundo. El evento generó un tsunami con olas estimadas de entre 2 y 5 metros, que afectó amplias zonas de la costa de Nariño y Cauca.
Otro episodio particularmente importante ocurrió el 12 de diciembre de 1979, cuando un terremoto de magnitud 8,1 golpeó la costa del Pacífico. El movimiento generó un tsunami con olas de aproximadamente tres metros que afectó la zona comprendida entre Guapi y Tumaco.
Estos antecedentes muestran por qué el Pacífico colombiano constituye una región de especial interés para la vigilancia sísmica. La interacción de las placas tectónicas puede generar terremotos de gran magnitud y, cuando el epicentro se encuentra bajo el océano o cerca de la costa, existe además la posibilidad de que se produzcan tsunamis.
En el caso del terremoto del 10 de agosto, el epicentro se ubicó tierra adentro, por lo que el escenario principal ha sido el daño estructural y no un tsunami.
La profundidad explica parte del comportamiento del terremoto
La profundidad de alrededor de 100 kilómetros merece atención. Un terremoto superficial y uno profundo pueden producir efectos diferentes incluso con magnitudes similares.
Cuando el foco se encuentra a mayor profundidad, la energía sísmica se distribuye desde una fuente ubicada más abajo en la corteza, lo que puede permitir que el movimiento sea percibido a grandes distancias. La intensidad concreta en cada ciudad, sin embargo, depende de muchos factores adicionales: distancia al epicentro, tipo de suelo, orientación de las ondas, duración del movimiento y resistencia de las edificaciones.
Por eso no resulta extraño que el terremoto haya sido sentido con fuerza en ciudades muy alejadas del epicentro y que algunas construcciones hayan sufrido daños graves mientras otras permanecieron prácticamente intactas.
La segunda emergencia: rescatar sin provocar nuevos derrumbes
Después de un terremoto, la primera impresión puede llevar a pensar que la emergencia termina cuando deja de moverse el suelo. En realidad, comienza una segunda fase potencialmente peligrosa.
Los edificios dañados pueden conservar elementos estructurales inestables. Una pared que permaneció en pie durante el primer movimiento puede colapsar durante una réplica o simplemente por haber perdido sus puntos de apoyo. Por eso los equipos de rescate deben trabajar con especialistas en estructuras, perros de búsqueda, cámaras, sensores y maquinaria pesada, avanzando de manera progresiva.
La prioridad es localizar personas con vida antes de retirar grandes cantidades de escombros. Una excavación indiscriminada puede destruir espacios donde todavía exista una víctima atrapada.
Al mismo tiempo, los equipos deben considerar que las réplicas pueden producir nuevos desprendimientos. Después de un terremoto de esta magnitud es normal que la corteza continúe ajustándose mediante movimientos posteriores. No es posible determinar con precisión cuándo terminarán ni cuál será exactamente su magnitud, por lo que las estructuras afectadas deben permanecer bajo vigilancia.
Hospitales y servicios básicos bajo presión
El número de heridos —87 en el último balance difundido— representa solo una parte del desafío sanitario. Los hospitales de las zonas afectadas deben atender lesiones traumáticas, fracturas, heridas provocadas por vidrios y objetos que cayeron, además de pacientes con crisis de ansiedad y otros efectos psicológicos derivados de la catástrofe.
Los servicios médicos también deben prepararse para recibir nuevos pacientes en caso de réplicas o de nuevos rescates.
La electricidad, el agua potable y las comunicaciones son igualmente prioritarias. Incluso cuando una infraestructura parece no haber sufrido daños visibles, una tubería rota, una línea eléctrica caída o una estación de bombeo fuera de servicio puede generar problemas posteriores.
En una emergencia de estas dimensiones, la reconstrucción de servicios básicos debe realizarse con una lógica de seguridad: no basta con restablecer rápidamente la energía o el agua; primero debe comprobarse que las redes no representen riesgos adicionales para la población.
El impacto económico todavía no puede calcularse
La cifra de muertos es solo una parte del costo del terremoto.
El impacto económico incluirá viviendas destruidas, edificios comerciales afectados, infraestructura pública dañada, carreteras, hospitales, aeropuertos, redes eléctricas, sistemas de agua y establecimientos productivos que deberán permanecer cerrados.
El Eje Cafetero es particularmente sensible porque concentra actividades agrícolas, industriales, comerciales y turísticas. Una interrupción prolongada de carreteras y servicios puede afectar la distribución de alimentos, el transporte de mercancías y el funcionamiento de empresas durante semanas.
En las zonas rurales, además, pueden aparecer pérdidas agrícolas y ganaderas que no sean visibles durante las primeras horas. Un terremoto puede dañar sistemas de riego, instalaciones productivas, corrales, bodegas y vías utilizadas para sacar productos al mercado.
El verdadero costo económico del terremoto probablemente solo podrá calcularse después de semanas o meses de evaluación.
La tragedia también pone a prueba las normas de construcción
Cada terremoto genera una pregunta inevitable: ¿cuánto del daño se explica por la fuerza del movimiento y cuánto por la vulnerabilidad de las edificaciones?
La respuesta requiere estudios técnicos. No sería correcto atribuir automáticamente el colapso de una estructura a una supuesta mala construcción sin conocer el diseño, los materiales, la antigüedad, el suelo y las fuerzas que soportó.
Pero la cantidad de edificios afectados inevitablemente obligará a revisar el cumplimiento de las normas sismorresistentes colombianas, especialmente en las ciudades donde se concentran los daños.
Colombia ha desarrollado normas y sistemas de construcción antisísmica precisamente porque conoce su vulnerabilidad. El desafío es garantizar que esas normas se cumplan también en construcciones antiguas, ampliaciones informales y edificaciones que fueron modificadas con posterioridad a su construcción original.
Antes, ahora y después de la catástrofe
Antes del terremoto, Colombia contaba con una red de vigilancia sísmica, protocolos de emergencia y la experiencia acumulada de desastres anteriores como los terremotos de Armenia de 1999, Popayán de 1983 y la costa del Pacífico de 1979 y 1906. Esa memoria institucional permitió activar rápidamente mecanismos de emergencia después del movimiento.
Ahora, el país enfrenta la fase más crítica: buscar sobrevivientes, identificar a los fallecidos, atender heridos, asegurar edificios, restablecer comunicaciones y determinar el alcance real de los daños. La cifra de 111 muertos y 87 heridos todavía debe considerarse un balance en evolución, porque las operaciones continúan y existen zonas donde la evaluación no ha terminado.
Después llegará una etapa mucho más prolongada. Colombia deberá reconstruir viviendas, infraestructura, escuelas, centros de salud y establecimientos comerciales; apoyar económicamente a las familias que perdieron sus medios de vida; revisar edificios dañados y determinar cuáles pueden repararse y cuáles tendrán que ser demolidos.
Pero habrá una tarea adicional: aprender del terremoto.
Cada edificio que colapsa, cada carretera que queda bloqueada y cada hospital que recibe una cantidad extraordinaria de pacientes proporciona información que puede utilizarse para reducir el impacto de futuros terremotos. El Servicio Geológico Colombiano señala precisamente que el monitoreo sísmico tiene como objetivo proporcionar información confiable para que las autoridades adopten medidas de prevención y atención.
El terremoto de este 10 de agosto vuelve a demostrar que Colombia es un país sísmicamente activo y que la prevención no puede comenzar cuando la tierra empieza a moverse. La prevención real se construye antes: con normas de construcción cumplidas, edificios evaluados, hospitales preparados, sistemas de comunicación redundantes, equipos de rescate entrenados y una población que conozca cómo actuar durante y después de un terremoto.
La emergencia de hoy todavía está lejos de terminar. El número de víctimas puede cambiar, la evaluación de daños apenas comienza y las operaciones de búsqueda continuarán mientras exista la posibilidad de encontrar sobrevivientes. Lo que ya está claro es que el terremoto de magnitud 7,4 se convirtió en uno de los desastres sísmicos más graves que ha vivido Colombia en las últimas décadas y que su impacto humano, social y económico se extenderá mucho más allá de este lunes
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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