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Rodri Hernández fue elegido mejor jugador del Mundial después de que España derrotara por 1-0 a Argentina en la final. La decisión dejó a Lionel Messi por detrás del centrocampista español y abrió una discusión inmediata en el fútbol argentino, donde una columna de TyC Sports calificó el premio como «casi un insulto» y una muestra de «cero sensibilidad». El enfado nace de una idea sencilla: Messi produjo goles, asistencias y épica; Rodri gobernó el juego desde una zona mucho menos luminosa.
La polémica, sin embargo, necesita una precisión antes de ponerse la camiseta y comenzar a gritar. No toda la prensa argentina acusó a la FIFA de ofender a Messi. La frase más dura apareció en un artículo de opinión, mientras otros medios argentinos informaron del premio con normalidad e incluso reconocieron el alto rendimiento del capitán español. Hubo indignación, sí; unanimidad nacional, no. El fútbol suele convertir una voz enfadada en el coro de un país entero. Da mejores titulares.
La frase que convirtió un premio en agravio
La columna titulada El fin de los milagros sostuvo que conceder el Balón de Oro a Rodri suponía ignorar lo que Messi había representado para Argentina y para el propio torneo. El razonamiento mezclaba rendimiento, simbolismo y despedida: el argentino, con 39 años, había conducido a la Albiceleste hasta otra final mundialista y había llegado al último partido como uno de los grandes candidatos al galardón.
También hubo una carga contra el tipo de fútbol que encarna Rodri. El artículo ironizaba sobre sus incontables pases y recordaba que no había marcado ni asistido durante el campeonato. Es una crítica comprensible desde la emoción, aunque algo tramposa desde el análisis: juzgar a un mediocentro por sus goles se parece a medir a un director de orquesta por cuántas veces toca el violín. Puede hacerlo. No es exactamente su trabajo.
El malestar saltó incluso a la ceremonia. Mientras Rodri recibía el premio, una parte del público coreó «Messi, Messi». El argentino había terminado el Mundial con ocho goles y cuatro asistencias, registros que explican por qué su candidatura parecía tan sólida y por qué muchos aficionados esperaban verlo levantar otro Balón de Oro mundialista.
Messi tenía números de sobra para reclamarlo
Messi fue el rostro y el pulso de Argentina. Marcó ocho tantos, repartió cuatro asistencias y participó directamente en doce goles. Más allá de las cifras, volvió a aparecer en momentos decisivos y sostuvo a una selección que llegó hasta la final entre remontadas, prórrogas y partidos apretados. Su influencia no puede despacharse como sentimentalismo de sobremesa; fue deportiva, medible y constante.
El problema apareció en el partido que más pesa. Ante España, Messi quedó lejos del área, tocó poco balón y apenas pudo inquietar a una defensa que había convertido el Mundial en una habitación sin ventanas. Argentina resistió durante casi todo el encuentro, pero generó muy poco peligro. La imagen final del capitán, llorando después de la derrota, añadió una capa emocional enorme. También peligrosa: los homenajes y los premios competitivos no siempre deben ser la misma cosa.
Rodri ganó donde casi nunca mira la cámara
Rodri hizo otro torneo. Menos fogonazo, más arquitectura. Terminó el campeonato con 747 pases completados, el registro más alto del Mundial, y fue el metrónomo de una selección que necesitaba su pausa para respirar y su colocación para no partirse.
España concedió un solo gol en ocho partidos y construyó su título alrededor del control. Rodri ofrecía siempre una salida, corregía las pérdidas, cerraba líneas y decidía cuándo acelerar. Acciones discretas, casi domésticas: mover una silla, abrir una puerta, apagar el fuego antes de que huela a quemado. Cuando funcionan, nadie las recuerda. Cuando faltan, el edificio se cae.
El galardón de la FIFA distingue al mejor jugador del torneo, no al máximo goleador. Ese segundo premio fue para Kylian Mbappé, autor de diez tantos. Rodri podía, por tanto, ganar sin marcar ni asistir si su influencia general se consideraba superior. Esa es precisamente la discusión: cuánto deben pesar las estadísticas ofensivas frente al dominio táctico, el liderazgo y la importancia dentro del campeón.
La elección tampoco fue una anomalía extravagante. En un Mundial donde España brilló como bloque, el premio recayó sobre el futbolista que daba sentido a ese bloque. Unai Simón recibió el Guante de Oro y Pau Cubarsí fue reconocido como mejor jugador joven; tres distinciones para una selección que conquistó el título con una defensa extraordinaria y una identidad muy definida.
La final inclinó la balanza hacia España
España dominó el partido decisivo, aunque tardó una eternidad en convertir esa superioridad en gol. Ferran Torres marcó en el minuto 106, con Argentina reducida a diez jugadores, y desatascó una final que llevaba demasiado tiempo caminando sobre el filo. Emiliano Martínez sostuvo el muro cuanto pudo; al final apareció una grieta y por ella entró el Mundial.
Rodri no firmó la jugada decisiva, pero controló el escenario donde se produjo. España manejó la pelota, empujó a Argentina hacia atrás y evitó que Messi recibiera con continuidad cerca del área. El premio terminó reflejando no solo los partidos anteriores, sino también la foto más reciente: el capitán español levantando la Copa después de imponerse al principal rival por el Balón de Oro.
Messi, mientras tanto, quedó atrapado en una final áspera, física y poco propicia para el vuelo. Había sido el alma argentina durante el torneo, pero el último acto perteneció al sistema español. El fútbol tiene esa crueldad antigua: recuerda el camino, aunque muchas veces entrega las medallas mirando únicamente la meta.
No fue toda Argentina ni hubo una conspiración
Presentar la reacción como una rebelión compacta de la prensa argentina exagera lo ocurrido. TyC Sports publicó una opinión incendiaria y también informó de que Rodri había sido el dueño del centro del campo español. Otros grandes diarios argentinos describieron al madrileño como un futbolista de nivel sobresaliente durante todo el torneo. Incluso Lionel Scaloni reconoció después de la final la superioridad de España. El paisaje fue bastante más diverso que el titular de la furia nacional.
Tampoco Rodri alimentó el conflicto. Después de la final expresó su respeto por Messi, recordó lo que representa para el fútbol y habló de la emoción de enfrentarse a él en un partido semejante. No hubo provocación del ganador ni desprecio hacia el argentino, sino el reconocimiento de un capitán al otro cuando las luces comenzaban a apagarse.
La polémica tiene, en realidad, más de duelo que de sospecha. Para muchos argentinos, el Mundial podía ser la última gran obra de Messi con la selección. Perder la final y contemplar después cómo otro futbolista recogía el premio individual fue una doble herida. De ahí sale la palabra «insulto», enorme, teatral, muy futbolera. Pero una decepción no demuestra una injusticia.
El trofeo fue para el arquitecto
Messi fue el jugador más determinante de Argentina, el gran narrador emocional del Mundial y uno de sus mejores atacantes. Rodri fue el eje del campeón, el futbolista que ordenó al equipo más dominante y el símbolo de una victoria construida desde el colectivo. Ambos tenían argumentos reales. Lo que no existe es una fórmula química capaz de mezclar goles, liderazgo, belleza, táctica y nostalgia hasta producir una respuesta indiscutible.
Llamar «insulto» al premio de Rodri funciona como desahogo tras una derrota dolorosa, pero convierte una elección debatible en una supuesta afrenta. Y ahí se pasa de frenada. Messi no necesitaba un trofeo de consolación para confirmar su Mundial ni Rodri robó nada por jugar lejos del área. Uno llenó el campeonato de momentos; el otro le dio orden al equipo que terminó levantando la Copa. Esta vez ganó el arquitecto. El poeta, por una noche, se quedó mirando.
Publicado por: Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/argentina-estalla-por-el-balon-de-oro-de-rodri/
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