
Resumen
- Protege nariz y boca, no muevas escombros y conserva el aire disponible
- Usa el móvil con ahorro, da tu ubicación y golpea tres veces para avisar
- Raciona el agua y no liberes una extremidad atrapada sin ayuda médica
Si un edificio se derrumba y quedas atrapado, lo primero es dejar de moverte, proteger la nariz y la boca del polvo, comprobar si puedes respirar con normalidad y localizar posibles hemorragias. No enciendas cerillas ni mecheros, no apartes vigas o losas y no grites de forma continua. Envía un mensaje breve con tu ubicación, utiliza un silbato o golpea tres veces una pared o tubería resistente; después, guarda silencio para escuchar a los equipos de rescate.
El agua potable debe administrarse en pequeños sorbos y la comida puede esperar. Conserva la batería del móvil, evita esfuerzos que disparen el consumo de oxígeno y mantén el cuerpo aislado del frío o del suelo húmedo. Si una pierna o un brazo permanecen aplastados, no tires de ellos ni intentes retirar el peso por tu cuenta: una liberación improvisada puede mover toda la estructura y, tras una compresión prolongada, provocar complicaciones médicas muy graves. os escombros no depende de una receta milagrosa, por mucho que internet disfrute fabricándolas entre anuncios de linternas tácticas y vídeos de supuestos expertos. Influyen el tipo de lesiones, la existencia de una bolsa de aire, la temperatura, la disponibilidad de agua, la estabilidad del edificio y el tiempo que tardan los rescatistas en establecer contacto. Hay decisiones, sin embargo, que aumentan las posibilidades de salir vivo. Y otras que pueden convertir un refugio precario en una trampa definitiva.
El rescate de un vigilante en La Guaira, ocho días después de los terremotos que devastaron el norte de Venezuela, lo ha recordado con una imagen difícil de olvidar: una camilla naranja emergiendo lentamente del hormigón, decenas de cascos alrededor y un hombre cubierto de polvo que todavía respiraba. No fue magia. Hubo una cavidad habitable, contacto con especialistas, hidratación y más de cien horas de excavación calculada al milímetro.
La Guaira y el hombre que resistió ocho días
Hernán Alberto Gil Flores, vigilante de seguridad de 43 años, quedó atrapado el 24 de junio de 2026 en el sótano del centro comercial Galerías Playa Grande, en Catia La Mar, estado de La Guaira. Los dos terremotos consecutivos, de magnitudes 7,2 y 7,5, derribaron edificios y dañaron decenas de miles de construcciones en el norte venezolano. El balance oficial difundido por el Gobierno alcanzaba este viernes los 2.595 muertos, mientras continuaban las búsquedas y seguían apareciendo discrepancias sobre el número de desaparecidos. n una pequeña cabina de vigilancia cuando la estructura se vino abajo. El habitáculo soportó parte del derrumbe y dejó un hueco con aire entre toneladas de cemento. Esa protección inicial fue decisiva: en un colapso, unos centímetros pueden separar una cavidad respirable de una compresión mortal. La arquitectura, a veces, decide antes que los médicos.
Un equipo de la Cruz Roja costarricense detectó señales de vida y logró comunicarse con él varios días después del terremoto. A partir de ese momento, especialistas de Chile, Costa Rica, México, Estados Unidos, Portugal, El Salvador y Venezuela excavaron durante más de cien horas en una estructura inestable, castigada por lluvias y réplicas. Introdujeron una cámara telescópica y, mediante un conducto estrecho, le hicieron llegar agua y nutrientes líquidos durante los tres últimos días. viente tardío. En La Guaira también fue localizado con vida un niño después de seis días y otros afectados salieron tras más de cien horas bajo edificios colapsados. Son rescates excepcionales, no una nueva normalidad estadística. Que una persona resista ocho días no significa que el cuerpo humano disponga de un cronómetro secreto ni que exista un plazo exacto tras el cual desaparezca toda esperanza.
Las operaciones de búsqueda suelen concentrar sus mayores posibilidades en las primeras jornadas, pero los equipos especializados continúan evaluando huecos, sonidos, temperaturas y señales biológicas. Cuando hay aire, protección estructural, una lesión compatible con la supervivencia y algo de agua, el tiempo deja de ser una frontera rígida.
Los primeros minutos: no empeorar el derrumbe
Tras el colapso llega una mezcla de ruido, oscuridad y polvo que desorienta por completo. El impulso natural es incorporarse, palparlo todo y buscar una salida. Puede ser justo lo que no conviene hacer. Antes de desplazarte, comprueba si puedes mover las manos y los pies, si notas dolor intenso en el cuello o la espalda y si algún objeto soporta peso sobre tu cuerpo.
Una viga, una puerta deformada o incluso un mueble pueden estar manteniendo abierto el espacio en el que respiras. No retires piezas estructurales, aunque parezcan pequeñas. Una piedra que cabe en la mano puede actuar como cuña de una losa de varias toneladas. Tampoco golpees el techo ni empujes paredes débiles para ganar sitio. Bajo un edificio derrumbado, el espacio no se conquista: se conserva.
Protege la cabeza y el cuello con los brazos, una prenda doblada, una mochila o cualquier elemento blando. Si puedes cambiar ligeramente de postura sin tocar escombros ni agravar el dolor, busca una posición que permita expandir el pecho. Afloja con cuidado corbatas, bufandas, cuellos apretados o cinturones que dificulten la respiración, pero no te desnudes; la ropa conserva calor y protege frente al polvo, los cristales y las superficies abrasivas.
Las réplicas pueden llegar minutos, días o semanas después del terremoto. Si notas una nueva vibración, encógete, protege la cabeza y evita agarrarte a piezas sueltas. El temblor pasará; una losa desplazada quizá no vuelva a su sitio. Mantener el hueco estable importa más que avanzar unos centímetros sin saber adónde.
Solo tiene sentido desplazarse cuando existe una salida claramente visible, el recorrido parece estable y permanecer supone un peligro inmediato, como fuego, humo denso, una fuga de agua que llena el espacio o la entrada evidente de gases. Arrastrarse hacia una luz lejana sin conocer la estructura puede llevar a un hueco más estrecho, a un desnivel o a una zona sin aire. La claridad engaña; a veces no es una salida, sino una grieta.
Aire y polvo: la prioridad que no se ve
Cubre nariz y boca con una camiseta, una manga o un pañuelo. No hace falta sacrificar agua para mojarlo cuando el suministro es mínimo: una tela seca ya reduce parte del polvo. Si dispones de abundante agua limpia, humedecer ligeramente el tejido puede ayudar, pero nunca utilices líquidos con olor a combustible, productos químicos o aguas de origen dudoso.
Respira despacio. Inspiraciones moderadas, una breve pausa y una salida de aire más larga. No se trata de alcanzar una serenidad de anuncio de yoga —estás debajo de un edificio, sería absurdo exigirla—, sino de reducir la hiperventilación, el mareo y el gasto de energía. El miedo seguirá ahí; lo útil es impedir que marque el ritmo de la respiración.
No tapes las grietas por las que pueda circular aire y evita remover polvo con los pies. Si tienes gafas, consérvalas puestas. Si no, cierra los ojos durante los movimientos o golpes próximos y no los frotes: pequeñas partículas pueden arañar la córnea. Cuando los rescatistas establezcan contacto, sigue sus indicaciones sobre protección ocular, mascarillas o posición corporal.
Nunca enciendas un mechero, una vela o una cerilla. Después de un terremoto pueden romperse tuberías de gas, depósitos de combustible y conducciones eléctricas. Una llama diminuta o la chispa de un interruptor pueden provocar un incendio o una explosión dentro de una estructura que ya está al límite. La linterna del móvil, utilizada durante unos segundos, es mucho más segura; dejarla encendida durante horas, en cambio, solo servirá para vaciar la batería.
Hacerse oír sin quedarse sin voz ni teléfono
El silbato es la mejor señal manual porque produce un sonido penetrante con poco esfuerzo. Si no tienes uno, golpea una tubería, una columna metálica o una parte sólida del edificio. Tres golpes separados, una pausa larga y otros tres golpes crean un patrón reconocible. Repite la señal cada pocos minutos y escucha después; los equipos de búsqueda realizan periodos de silencio para detectar sonidos débiles. adrillos sueltos ni elementos situados sobre tu cabeza. Tampoco mantengas un martilleo continuo. Agota, levanta polvo y puede ocultar la respuesta de los rescatistas. La voz debe reservarse para cuando escuches personas cerca, perros, cámaras, perforaciones o maquinaria que se haya detenido.
Gritar durante horas reseca la garganta, consume energía y obliga a inhalar más polvo. Una llamada corta y concreta funciona mejor: tu nombre, cuántas personas hay contigo y si alguien está herido. Después, silencio. Quienes buscan supervivientes utilizan micrófonos sensibles capaces de captar golpes, roces y voces débiles en cavidades profundas.
El teléfono puede ser más valioso que una botella de comida y menos útil que un trozo de tela, según cómo se utilice. Envía un mensaje breve a emergencias por los canales disponibles y a una persona de confianza. Debe incluir nombre, edificio, planta o zona aproximada, número de atrapados, lesiones visibles y batería restante. Añade referencias concretas: junto al ascensor, debajo de la escalera norte, almacén del sótano, habitación orientada al patio. “Estoy bajo los escombros” explica el problema, pero no ayuda demasiado a localizarlo.
En España, el número general de emergencias es el 112. En otros países debe utilizarse el servicio local, aunque no todos admiten mensajes de texto. Si la llamada no entra, un SMS o mensaje a familiares puede atravesar una red congestionada con más facilidad y permitir que alguien transmita tu posición. No envíes vídeos pesados ni mantengas conversaciones largas. Texto, datos exactos y batería.
Activa el modo de ahorro, reduce el brillo, desactiva aplicaciones y conexiones innecesarias y apaga la linterna. No reproduzcas música para hacer ruido: consume energía y dificulta escuchar. Cuando no haya cobertura, evita intentar llamar de forma compulsiva; realiza comprobaciones periódicas. Si has conseguido contacto con rescatistas, mantén el teléfono disponible y sigue el horario que te indiquen.
Cuando oigas a los rescatistas, no intentes acercarte a ellos excavando desde dentro. Describe lo que tienes alrededor, los sonidos que percibes, la postura en la que te encuentras y qué partes del cuerpo puedes mover. Indica si hueles gas, notas agua, escuchas crujidos o tienes dificultades para respirar. Cada detalle ayuda a dibujar un edificio que desde fuera parece una montaña gris sin mapa.
Puede que los trabajos se detengan durante largos periodos. No significa que te hayan abandonado. Los equipos apuntalan, perforan, retiran material verticalmente y vuelven a medir la estabilidad antes de avanzar. Desde dentro, el silencio parece desinterés; muchas veces es exactamente lo contrario: están evitando que el túnel de rescate se convierta en otro derrumbe.
Agua, comida, temperatura y heridas
El agua es prioritaria, pero debe ser segura para beber. Si tienes una botella intacta, toma sorbos pequeños y regulares en lugar de vaciarla de golpe. Las personas con náuseas toleran mejor cantidades reducidas y frecuentes. No esperes a una deshidratación intensa por guardar hasta la última gota, aunque tampoco bebas por ansiedad cada pocos minutos. La sed, la boca seca, el mareo, la debilidad y una orina muy oscura o escasa son señales de falta de líquidos.
No bebas agua que huela a gasolina, disolvente o productos químicos. Hervir o filtrar no elimina siempre esas sustancias y, bajo los escombros, probablemente ni siquiera sea posible hacerlo. El agua procedente de tuberías rotas, sistemas contra incendios, charcos o depósitos abiertos puede estar contaminada. Si no conoces su origen, espera instrucciones de los rescatistas siempre que el contacto ya se haya establecido.
La comida ocupa un segundo plano. El organismo soporta mejor la falta de alimento que la deshidratación, el sangrado o la falta de aire. Si dispones de productos cerrados, estás consciente, puedes tragar y no tienes dolor abdominal, vómitos ni una lesión grave, toma pequeñas cantidades. Evita alimentos estropeados, muy salados o que aumenten la sed. Una vez localizado, no comas ni bebas sin consultar: puede ser necesaria una intervención quirúrgica y el equipo médico decidirá qué administrarte.
Conserva el calor aislándote del suelo con cartón, ropa, una mochila o espuma. Cubre cabeza y cuello si hace frío y evita que las prendas mojadas permanezcan pegadas al cuerpo cuando puedas retirarlas sin moverte demasiado. En ambientes calurosos, afloja ropa no protectora, reduce la actividad y aprovecha cualquier corriente de aire, pero no te quites el calzado ni las capas que protegen de cortes.
Ante una hemorragia externa, aplica presión directa y firme con tela limpia o con la prenda menos sucia disponible. No levantes continuamente el tejido para comprobar si ha parado; mantén la presión. Si el primer paño se empapa, coloca otro encima. No extraigas objetos clavados: presiónalos alrededor y estabilízalos para que no se muevan.
Una fractura o lesión de columna exige todavía menos heroicidades. No intentes enderezar una extremidad deformada ni cambies de postura si aparece dolor intenso en cuello o espalda, hormigueo, pérdida de sensibilidad o debilidad. Comunica esos síntomas en cuanto establezcas contacto.
Una extremidad atrapada durante horas merece especial cautela. La compresión prolongada puede dañar músculos y alterar la circulación; al liberar bruscamente el peso pueden pasar al torrente sanguíneo sustancias capaces de afectar al corazón y a los riñones. Es el llamado síndrome de aplastamiento. Por eso los rescatistas coordinan la retirada de la carga con asistencia médica e hidratación intravenosa. Tirar con todas las fuerzas de una pierna aprisionada no es valentía: puede agravar la lesión, provocar sangrado o desplazar la estructura. se bajo los escombros
No corras a ciegas, no caves hacia abajo y no te introduzcas en conductos estrechos cuya salida desconoces. No retires vigas, puntales, puertas dobladas ni bloques que estén soportando peso. No uses ascensores si has quedado en una zona parcialmente accesible y no vuelvas a entrar en un edificio dañado para recoger objetos. Un segundo colapso no distingue entre la cartera, las fotografías familiares y quien decidió regresar por ellas.
No fumes. No manipules enchufes, cuadros eléctricos ni tuberías. No bebas alcohol, aunque aparezca una botella intacta: favorece la pérdida de calor, altera la percepción y empeora la deshidratación. Evita también tomar medicamentos que no utilices habitualmente o aumentar dosis para combatir el dolor. Una persona deshidratada, lesionada o con posible hemorragia interna no está en condiciones de improvisar una farmacia.
No desperdicies agua potable limpiando grandes superficies ni tratando de eliminar todo el polvo. Para una herida pequeña, utiliza solo la cantidad imprescindible si el agua es segura. En una hemorragia importante, la prioridad es la presión, no dejar la piel impecable. Tampoco orines sobre una tela para respirar a través de ella, uno de esos consejos que reaparece después de cada catástrofe: no aporta una protección especial y añade humedad, bacterias y un olor que puede dificultar la detección de otros peligros.
No des por hecho que los golpes de maquinaria significan que van a alcanzarte en minutos. Conserva agua y batería hasta que exista comunicación clara. Tampoco interpretes cada crujido como un derrumbe inminente; escucha, protege la cabeza y comunica los cambios. El pánico convierte cualquier sonido en una sentencia. La observación concreta —vibración, polvo nuevo, olor, agua, desplazamiento visible— resulta mucho más útil.
Y no abandones las señales de auxilio porque hayan pasado muchas horas. Los rescates de Venezuela muestran que los huecos de vida pueden mantenerse más tiempo de lo esperado. Sin fabricar esperanza de plástico: las posibilidades disminuyen con los días, pero no desaparecen a una hora exacta. Mientras puedas respirar, comunicarte y protegerte, sigues formando parte de la operación de rescate.
La supervivencia empieza antes del rescate
La mejor forma de sobrevivir bajo un edificio es reducir la probabilidad de quedar sepultado. Durante un terremoto, la recomendación respaldada por los servicios de emergencia es agacharse, cubrirse y sujetarse. Métete bajo una mesa resistente cuando esté cerca, protege cabeza y cuello y aléjate de ventanas. No corras hacia las escaleras durante la sacudida, no utilices el ascensor y no confíes en el llamado triángulo de la vida, una teoría viral que promete espacios seguros universales donde no existen. zado resistente junto a la cama, una batería externa cargada, agua almacenada y un plan familiar parecen objetos vulgares hasta que el suelo empieza a moverse. Conviene fijar muebles altos, termos, estanterías y televisores; conocer las llaves de paso; mantener libres las salidas y acordar un contacto exterior. Prepararse no elimina el desastre, pero introduce algo de orden en ese minuto brutal en el que toda la casa cambia de forma.
Bajo los escombros, sobrevivir consiste en proteger el aire, conservar el espacio y producir señales reconocibles. Poca épica y mucha disciplina: respirar despacio, beber con criterio, no tocar lo que sostiene el hueco y escuchar. Hernán Gil salió de La Guaira después de ocho días porque una cabina resistió, porque él aguantó y porque especialistas de varios países avanzaron centímetro a centímetro. Entre el azar y la técnica quedó una vida. Esta vez, la encontraron.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/como-sobrevivir-bajo-los-escombros-de-un-terremoto/
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