
La democracia tiene momentos que trascienden las ideologías y se convierten en una lección de madurez colectiva. La elección de Abelardo de la Espriella como presidente de la República representa precisamente uno de esos instantes en los que la voz del pueblo ha hablado y ha decidido el rumbo que desea para la nación.
En democracia, ganar y perder son posibilidades que deben asumirse con dignidad. Por ello, hoy más que nunca, hago un llamado respetuoso a todos los sectores políticos, especialmente a las cepeditas y a quienes acompañaron otras opciones de gobierno, para que honren la voluntad popular expresada en las urnas. Respetar la decisión del pueblo no significa renunciar a las convicciones propias; significa reconocer que la democracia se fortalece cuando somos capaces de aceptar las diferencias y actuar con responsabilidad frente al mandato ciudadano.
Colombia ha vivido demasiados años de divisiones, señalamientos y confrontaciones que han dejado heridas profundas en la sociedad. Quizá este sea el momento de recordar que antes de ser militantes de un partido, son hijos de una misma tierra. Comparten las mismas calles, las mismas esperanzas y, en el fondo, el mismo anhelo de un país más justo, seguro y próspero para sus hijos.
Millones de colombianos han depositado su confianza y esperanza en este nuevo período presidencial. Esa esperanza merece ser cuidada. No desde la unanimidad de pensamiento, porque una democracia sana no exige pensar igual, sino desde la capacidad de construir juntos aun cuando existan diferencias. El derecho a pensar distinto es uno de los pilares más sagrados de la libertad y debe ser protegido por todos, sin excepción.
La espiritualidad nos recuerda que las naciones también atraviesan procesos de aprendizaje colectivo. Cada elección es una oportunidad para sembrar nuevos caminos, corregir errores y renovar la fe en la capacidad humana de transformar la realidad. El verdadero progreso no nace del odio ni de la revancha; nace del encuentro, de la escucha y de la voluntad de reconciliarnos como sociedad.
Que este nuevo capítulo político sea una oportunidad para que Colombia vuelva a encontrarse consigo misma. Que las diferencias ideológicas no se conviertan en enemistades irreparables. Que la crítica siga existiendo, porque es necesaria en toda democracia, pero que esté acompañada de respeto, responsabilidad y amor por la nación.
Por encima de cualquier victoria política, lo más importante es que reine la paz, la reconciliación y el reconocimiento de nuestra diversidad. Porque al final del día, ningún gobierno pertenece exclusivamente a quienes votaron por él o a quienes se opusieron; el país es de todos.
Y cuando la democracia habla, el mayor acto de grandeza no es imponer nuestras diferencias, sino aprender a caminar juntos, respetándose mutuamente y recordando que Colombia siempre será más grande que cualquier división política.
«Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.» Colosenses 3:12 (RVR1960)
ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

