
La inflación ha vuelto a subir en Estados Unidos con una fuerza incómoda para la Casa Blanca, para la Reserva Federal y, sobre todo, para los hogares que ya no miran el ticket del supermercado como quien mira un papel cualquiera, sino como quien abre una multa. En mayo, el índice de precios al consumo avanzó un 4,2% interanual, frente al 3,8% registrado en abril, y se colocó en su mayor ritmo de subida desde abril de 2023. En términos mensuales, el IPC aumentó un 0,5%, una cifra esperada por los analistas pero nada tranquilizadora cuando llega después de otro mes fuerte.
La lectura inmediata es clara: el problema no es solo que los precios suban, sino que lo hacen en el peor momento político posible para Donald Trump, que regresó a la Casa Blanca prometiendo aliviar el coste de la vida. La gasolina, empujada por la tensión en Oriente Próximo y el encarecimiento de la energía, ha metido el pie en la puerta justo cuando la Fed intentaba mantener la calma monetaria. Y cuando la energía se encarece, todo lo demás escucha el ruido. El transporte, la cesta de la compra, los viajes, los servicios. El país entero nota el temblor.
El dato de fondo tampoco permite demasiada euforia. La inflación subyacente, que excluye alimentos y energía porque son los componentes más volátiles, subió un 2,9% interanual y un 0,2% mensual. No es una llamarada descontrolada, pero sí una señal de que el incendio no se limita al surtidor. La Reserva Federal mira con especial atención estas capas internas de los precios, aunque su objetivo formal se guía por el índice de gasto en consumo personal, el PCE, y no directamente por el IPC. Aun así, el mensaje es reconocible: la inflación sigue claramente por encima del objetivo del 2%.
La noticia, además, llega con una textura política muy concreta. Trump prometió bajar la inflación, convertir el malestar económico en una postal de recuperación y devolver a los hogares la sensación de que el salario duraba algo más que un suspiro. Mayo le devuelve otra escena: gasolina cara, precios resistentes, consumidores tirando de ahorros y una Fed sin ganas de regalar dinero barato. No hay mucha épica ahí. Más bien una factura larga, doblada en cuatro, esperando encima de la mesa.
La gasolina prende la mecha, pero no explica todo
El gran motor del repunte ha sido la energía. La gasolina se ha convertido otra vez en el termómetro emocional de la economía estadounidense, porque pocas cosas enfadan tanto como ver cómo sube el precio en la pantalla del surtidor mientras todavía se sostiene la manguera. El precio medio nacional de la gasolina aumentó en mayo hasta los 4,60 dólares por galón, con un avance del 8,8% en el mes. En algunos momentos, los precios habían llegado a dispararse más de un 50% desde los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero, antes de moderarse con el alto el fuego posterior.
Aquí conviene no perderse en el humo. La inflación energética no funciona como una partida aislada en una hoja de cálculo; se cuela en la economía con la elegancia de un elefante en una cristalería. Si el combustible cuesta más, transportar alimentos cuesta más. Si el transporte cuesta más, los márgenes se estrechan. Si los márgenes se estrechan, alguien paga. Casi siempre, el consumidor. Y cuando se suma la incertidumbre geopolítica, el mercado no calcula solo el precio actual del barril, sino el miedo al siguiente golpe.
La tensión en Oriente Próximo ha elevado los costes del petróleo y de otros productos energéticos, y ese encarecimiento ha cambiado el tono de la política económica estadounidense. Hace unos meses se discutía cuándo podrían llegar los recortes de tipos; ahora se habla de cuánto tiempo puede aguantar la Fed sin endurecer otra vez el crédito. La diferencia no es menor. Una cosa es esperar una rebaja del precio del dinero; otra, bastante menos amable, es preguntarse si el banco central tendrá que volver a apretar la tuerca.
No todo es gasolina, sin embargo. La vivienda también volvió a subir. El índice de alojamiento avanzó un 0,3% mensual, el alquiler subió un 0,4% y el equivalente de alquiler de los propietarios aumentó un 0,3%. En doce meses, el bloque de vivienda acumula un alza del 3,4%. Es menos vistoso que la gasolina, menos fotogénico que un barril de petróleo ardiendo en los gráficos financieros, pero pesa mucho en la vida real. La vivienda no se repostea una vez por semana; se paga todos los meses, religiosamente, como una gotera en el bolsillo.
También la comida mantiene una presión discreta, de esas que no gritan pero desgastan. El índice de alimentos avanzó un 0,2% en mayo y acumula un 3,1% interanual. Comer en casa subió un 0,1% mensual y un 2,7% en doce meses, mientras que comer fuera aumentó un 0,3% en el mes y un 3,5% en el año. No parece un terremoto si se mira desde lejos. Desde la caja del supermercado, con el carro medio lleno y la tarjeta temblando, la música suena distinta.
La inflación subyacente deja una señal ambigua
El dato subyacente tiene dos caras. Por un lado, el aumento mensual del 0,2% es más moderado que el 0,4% de abril, lo que permite a algunos economistas sostener que la presión interna no se ha desbocado. Por otro, el avance interanual hasta el 2,9% confirma que la inflación resistente sigue ahí, pegada al suelo como humedad antigua. No basta con que la gasolina deje de subir unas semanas; para que la Fed respire de verdad, necesita ver que los servicios, la vivienda y otros precios más estables se enfrían de forma sostenida.
Esa diferencia importa. La inflación general puede moverse con violencia por la energía o los alimentos. La subyacente suele contar una historia más lenta, más aburrida, pero también más peligrosa: la de los precios que se instalan. En mayo subieron comunicaciones, tarifas aéreas, atención médica, cuidado personal y ocio. Bajaron, en cambio, los seguros de vehículos, los muebles del hogar y los coches nuevos. Es decir, no hay una marea uniforme, sino una economía con placas tectónicas moviéndose a distinta velocidad.
El resultado para el ciudadano es menos académico. Aunque algunos precios bajen, la sensación cotidiana puede seguir siendo de apriete. El café, la fruta, la gasolina, la luz, el alquiler, el billete de avión para visitar a la familia. La inflación no se vive como un promedio nacional, sino como una suma de pequeñas derrotas domésticas. Y ahí es donde la política entra sin pedir permiso.
El golpe político para Trump
Para Donald Trump, la inflación del 4,2% no es solo un dato económico. Es una piedra en el zapato electoral. El presidente ganó las elecciones de 2024, entre otros motivos, con una promesa muy simple de entender: bajar los precios y devolver poder adquisitivo a los estadounidenses. La promesa era limpia, casi publicitaria. La realidad, como suele ocurrir, ha llegado con manchas de aceite, gasolina cara y supermercados que no se han enterado del eslogan.
La inflación tiene una crueldad particular para los gobiernos. Cuando baja, rara vez agradecen al presidente. Cuando sube, le señalan directamente, aunque las causas sean globales, energéticas o monetarias. Trump puede culpar al conflicto en Oriente Próximo, a la herencia recibida, a la Fed, a los mercados o a la meteorología, si se tercia. Pero el votante no paga el depósito con notas al pie. Paga con dólares.
El problema es que la economía estadounidense no está dando una señal única. El empleo sigue mostrando resistencia: el último informe laboral dejó otro mes de creación de puestos por encima de lo esperado y una tasa de paro estable en el 4,3%. Eso evita hablar de crisis abierta, pero complica el relato de alivio. Si hay empleo y aun así los salarios pierden contra los precios, la frustración no desaparece; cambia de textura. Se vuelve más agria.
La inflación superó el crecimiento salarial por segundo mes consecutivo, lo que abre una grieta delicada en el consumo. Muchos hogares tiran de ahorros o ajustan compras, y ese gesto, repetido millones de veces, puede enfriar la economía. Nadie anuncia una recesión porque compre marcas blancas o retrase un viaje, claro. Pero la macroeconomía empieza a menudo en esos detalles: una nevera llenada con más cálculo, un coche que se usa menos, una cena fuera que se convierte en cena en casa.
Para el Partido Republicano, la foto es incómoda antes de las elecciones legislativas de noviembre. La economía fue una de las grandes municiones de Trump en 2024, y la inflación, precisamente, uno de los argumentos más eficaces contra los demócratas. La ironía tiene los dientes afilados: el mismo tema que ayudó a abrir la puerta del poder puede convertirse en una corriente de aire fría dentro de la Casa Blanca.
La Fed se queda atrapada entre dos malas opciones
La Reserva Federal llega a este dato con poco margen para la poesía. Su rango objetivo para los tipos federales se mantiene en el 3,50%-3,75%, y el mercado empieza a asumir que el banco central puede dejar los tipos sin cambios durante más tiempo del previsto, incluso hasta 2027, si la inflación no afloja. No porque la situación esté resuelta, sino porque subir tipos en plena tensión energética puede ser como recetar dieta estricta a alguien que acaba de perder la despensa. Puede funcionar en teoría. Puede doler demasiado en la práctica.
La Fed tiene delante una inflación que vuelve a acelerarse y una economía que todavía crea empleo. Eso, en manual clásico, empujaría hacia una política monetaria más dura. Pero el origen del shock actual es en buena medida energético y geopolítico. Subir tipos no produce gasolina, no pacifica Oriente Próximo y no arregla por arte de birlibirloque las cadenas de suministro. Lo que sí hace es encarecer hipotecas, crédito empresarial, financiación al consumo y deuda pública. El bisturí corta, pero no siempre donde duele.
Kevin Warsh, nuevo presidente de la Reserva Federal desde mayo, se estrena en un escenario áspero. Su primera gran prueba llega casi sin periodo de cortesía: inflación al alza, presión política, mercados nerviosos y una Casa Blanca que preferiría dinero más barato. Bienvenido al despacho; la cafetera está rota y el edificio huele a humo. Y aun así, la institución no puede permitirse actuar como si el humo fuera niebla decorativa.
La discusión, por tanto, no es solo si subir o no subir tipos en la próxima reunión, sino qué mensaje enviar. Mantenerlos puede interpretarse como paciencia o como complacencia. Subirlos puede verse como firmeza o como una torpeza procíclica si el golpe viene del petróleo. En banca central, la semántica también mueve mercados. Una palabra mal colocada en una rueda de prensa puede levantar más polvo que una décima del IPC.
Por qué un dato esperado también puede ser malo
Hay una frase peligrosa en los mercados: “salió en línea con lo esperado”. Puede sonar tranquilizadora, pero no siempre lo es. Que los economistas esperasen un IPC del 4,2% no convierte ese 4,2% en un buen dato. Solo significa que la mala noticia llegó con puntualidad británica. Los precios avanzaron como se temía, no menos. Y esa diferencia importa cuando hogares, empresas e inversores buscan señales de alivio.
En mayo, la inflación general igualó la previsión de los economistas. Eso evitó una sorpresa inmediata peor, pero confirmó la tendencia: tercer mes seguido de subidas fuertes del IPC y mayor avance interanual en tres años. Los mercados pueden respirar unos minutos porque no hubo susto adicional; la economía real, en cambio, sigue respirando aire caro.
El matiz de la subyacente ayuda algo. Ese 0,2% mensual permite sostener que no todos los precios están corriendo al mismo ritmo. Pero la inflación anual del 4,2%, la energía disparada y la gasolina todavía muy elevada dejan a la Fed en vigilancia intensiva. La paciencia monetaria, cuando la inflación sube, se parece bastante a caminar sobre hielo fino: se puede hacer, pero conviene no aplaudirse demasiado pronto.
La cesta de la compra y la vivienda aprietan por abajo
La comida no subió con la violencia de la energía, pero tampoco desaparece del problema. El índice de alimentos avanzó un 0,2% en mayo y acumula un 3,1% interanual. La comida en casa subió un 0,1% mensual y un 2,7% en doce meses, mientras que comer fuera aumentó un 0,3% en el mes y un 3,5% en el año. En términos cotidianos, eso significa que el hogar nota presión tanto en el supermercado como en el restaurante de barrio. No es una catástrofe de titulares grandes, pero sí una erosión persistente.
Algunos productos muestran tensiones concretas. Las bebidas no alcohólicas subieron un 0,6% mensual, con el café y el té avanzando un 1,1%. Los cereales y productos de panadería aumentaron un 0,4%, y frutas y verduras, un 0,2%. En cambio, los lácteos bajaron un 0,6% en mayo, con una caída notable del queso. La inflación tiene estas ironías: puede aflojar en una estantería y apretar en la siguiente, como si jugara al escondite entre pasillos.
La vivienda, sin embargo, sigue siendo el gran peso estructural. En Estados Unidos, como en buena parte de Occidente, el alquiler y los costes asociados al alojamiento se han convertido en una especie de segunda nómina negativa. La subida mensual del 0,3% en alojamiento no parece espectacular, pero acumulada durante años explica buena parte del malestar. Un país puede soportar gasolina cara durante unas semanas; soportar vivienda cara durante años cambia proyectos vitales, retrasos familiares, mudanzas, barrios enteros.
Por eso el dato de mayo no debe leerse solo como una fotografía de precios, sino como una señal de fatiga. Los hogares pueden aguantar un shock temporal si creen que pasará pronto. El problema aparece cuando lo temporal empieza a tener muebles, dirección postal y contrato de alquiler. Ahí la inflación deja de ser un titular económico y se convierte en una forma de vivir con menos aire.
Europa mira el dato con un ojo en Washington
La inflación estadounidense no se queda en Estados Unidos. Cuando la Fed mantiene tipos altos durante más tiempo, el dólar, los bonos, las bolsas y los flujos de capital se mueven en cadena. Para Europa, el dato importa por tres razones claras: puede endurecer las condiciones financieras globales, encarecer importaciones denominadas en dólares y condicionar el margen de otros bancos centrales. La economía mundial no es un conjunto de habitaciones separadas; es más bien un piso antiguo con tuberías compartidas. Si se rompe una, todos oyen el goteo.
El encarecimiento energético también tiene resonancias europeas. Cualquier tensión prolongada en Oriente Próximo afecta al petróleo, al transporte marítimo, a las expectativas empresariales y al humor de los mercados. Si Estados Unidos sufre una inflación más persistente por la energía, Europa difícilmente puede mirar hacia otro lado con gesto de superioridad. Ya conoce esa película. La vio con el gas, la luz y la invasión rusa de Ucrania. Cambian los actores, no siempre el guion.
La diferencia es que Estados Unidos llega con una economía laboralmente resistente, mientras Europa suele moverse con menos músculo de crecimiento. Si la Fed mantiene tipos altos y el dólar se fortalece, parte de la presión se exporta. Para un lector español, el dato del IPC estadounidense puede parecer lejano, pero termina apareciendo en los mercados, en el petróleo, en las decisiones del Banco Central Europeo y, a veces, en el precio de productos importados. La globalización, qué detalle, también globaliza los disgustos.
El precio político de llenar el depósito
El informe de mayo deja una idea central: la inflación de Estados Unidos no está domada. Puede que parte del golpe sea energético y pueda moderarse si la tensión en Oriente Próximo se enfría; puede que el dato subyacente mensual permita evitar el pánico; puede que la Fed no suba tipos de inmediato. Todo eso es cierto. Pero también lo es lo otro: un 4,2% interanual es demasiado alto para cantar victoria, demasiado visible para que Trump lo esquive y demasiado incómodo para una Reserva Federal que quería hablar de estabilidad, no de nuevas amenazas.
La economía estadounidense sigue fuerte en empleo, pero más cara en la vida diaria. Esa combinación produce una irritación peculiar: no es el desplome, sino el cansancio. La gente trabaja, cobra, consume… y aun así siente que el dinero se evapora antes, como agua sobre asfalto caliente. Ahí está el peligro político. No en una tabla financiera, sino en la conversación de gasolinera, en el supermercado, en la hipoteca que no baja, en el alquiler que no perdona.
Mayo puede acabar siendo el pico si la gasolina retrocede y el conflicto pierde intensidad. También puede ser otro peldaño en una escalera desagradable. La Fed, por ahora, tiene pocas razones para abaratar el dinero y muchas para vigilar cada decimal. Trump, mientras tanto, descubre una vieja ley de la política económica: los precios no votan, pero empujan la mano de quien vota.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/sube-la-inflacion-de-ee-uu/
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