
Carlos Alsina no se va de Onda Cero, pero la próxima temporada dejará de conducir el tramo informativo fuerte de Más de uno, el que va de 6:00 a 10:00, la franja donde la radio generalista se juega buena parte de su influencia política, su agenda y su músculo de audiencia. Ese bloque pasará a manos de Rafa Latorre, hasta ahora director y presentador de La brújula, mientras Alsina continuará en la segunda parte del programa, dedicada al magacín, la conversación, el análisis menos urgente y el entretenimiento. Dicho sin envolverlo en celofán corporativo: Onda Cero parte en dos su buque insignia matinal y coloca a Latorre en la sala de máquinas informativa.
La decisión tiene una lectura evidente y otra más fina. La evidente es que Alsina pierde el tramo de máxima tensión informativa, el de las entrevistas políticas, los editoriales que abren telediarios ajenos y la batalla de titulares antes del café. La más fina es que Atresmedia no rompe con Alsina, sino que intenta conservar su marca, su tono y su inteligencia radiofónica en una franja más cómoda, menos abrasiva y quizá más compatible con una radio de largo aliento. No es una jubilación. Tampoco un simple ajuste horario. Es uno de esos movimientos que en la radio se escuchan como un carraspeo en mitad del silencio: pequeño, pero todo el mundo sabe que algo ha cambiado.
El cambio real: Alsina sigue, pero ya no mandará toda la mañana
Hasta ahora, Más de uno funcionaba como una gran pieza matinal cosida alrededor de Carlos Alsina. Primero, el tramo informativo; después, el magacín; en medio, el estilo, la pausa, la ironía medida, la entrevista afilada y ese modo tan suyo de convertir un editorial en una pequeña escena teatral. La radio española tiene pocos comunicadores capaces de hacer eso sin parecer que están declamando sobre una caja de madera. Alsina lo ha hecho durante años con naturalidad rara, de esas que parecen fáciles hasta que alguien intenta imitarlas.
El nuevo reparto rompe esa continuidad. Rafa Latorre asumirá la franja informativa, el primer tramo de la mañana, donde la actualidad llega todavía con legañas pero ya muerde. Es ahí donde se ordenan las portadas, donde se entrevista a ministros, presidentes autonómicos, dirigentes de la oposición, jueces retirados, economistas de guardia y tertulianos con la vena más despierta que el resto del cuerpo. La primera hora de la mañana no perdona. La radio puede parecer cálida, doméstica, casi de cocina; pero a esas horas también es una máquina de presión.
Alsina, por su parte, seguirá dentro del ecosistema de Más de uno, aunque desplazado hacia el bloque de magacín. Esa palabra, magacín, a veces suena menor, como si la radio dejara de ser importante cuando baja un poco el tono político. No siempre es así. Un buen magacín sostiene audiencia, crea comunidad, abre ventanas culturales, mezcla humor, conversación y vida cotidiana. Pero en términos de poder mediático puro, la diferencia existe. No es lo mismo abrir el día que acompañar su digestión.
Por qué Rafa Latorre entra en la franja de más poder
Rafa Latorre no aterriza como un extraño. Su voz ya formaba parte del paisaje de Onda Cero y del propio Más de uno, donde ha participado con su resumen de prensa y su mirada política. Su paso por La brújula le ha dado oficio de conductor, resistencia diaria y una presencia cada vez más reconocible dentro de la casa. No es un fichaje de escaparate. Es una promoción interna, más de pasillo que de alfombra roja, y eso en radio suele tener bastante sentido.
La elección también dice algo sobre el tipo de mañana que busca Onda Cero. Latorre representa un perfil más sobrio, más de columna oral, menos barroco que Alsina, con una gravedad informativa que encaja bien en el horario de cuchillo. No tiene el mismo magnetismo teatral, ni falta que le hace. La cadena parece apostar por una voz que pueda sostener la actualidad con densidad, criterio y continuidad, sin romper del todo la identidad que ya tenía el programa.
Hay, además, una cuestión generacional y de sucesión. Las grandes cadenas no pueden depender eternamente de una sola figura, por mucho que esa figura sea rentable, brillante o querida por la audiencia. La radio española ha vivido demasiadas transiciones tardías, demasiado apego al comunicador totémico, demasiadas mañanas convertidas en reino personal. Onda Cero mueve ficha antes de que el relevo sea una emergencia. Eso no elimina el riesgo, claro. Lo ordena. O lo intenta.
Latorre entra, por tanto, en una franja donde no basta con ser buen periodista. Hay que tener ritmo, autoridad, oído y paciencia. Hay que saber cortar una entrevista sin sonar maleducado, aguantar una tertulia sin que parezca una pelea de bar mal iluminado, explicar una crisis política sin convertirla en sermón y mantener al oyente mientras conduce, desayuna, se afeita o maldice el tráfico. La radio matinal es íntima y feroz al mismo tiempo. Una contradicción preciosa, si no te pilla dentro.
El dato que vuelve más llamativo el movimiento
El giro sorprende más porque Más de uno no estaba en caída libre. Al contrario: Onda Cero venía de una etapa fuerte de audiencia, con Alsina en máximos históricos y la cadena reforzada dentro del mapa de la radio generalista. En circunstancias normales, cuando algo funciona, nadie toca demasiado. Bueno, en teoría. En la práctica, las empresas audiovisuales suelen cambiar antes de que el techo se convierta en techo de verdad, y ahí aparece la lógica de este movimiento.
La audiencia de Alsina era uno de los grandes activos de Onda Cero, y por eso el cambio se ha leído como algo más que una simple reordenación horaria. Si un comunicador cae, se entiende que lo aparten. Si un programa pierde pulso, se entiende que lo reformen. Pero cuando el dato acompaña, la interpretación se vuelve más incómoda: no se cambia por fracaso, se cambia por estrategia. Y la estrategia, en comunicación, siempre tiene una parte de apuesta y otra de temblor.
También puede haber un componente humano, aunque las notas corporativas nunca huelan a humanidad; huelen a moqueta recién aspirada. El tramo informativo desgasta mucho. Cada mañana exige tensión política, lectura rápida, cintura, datos, intuición y una cierta disposición a recibir golpes desde todos los lados. Alsina ha construido ahí su prestigio, pero ese territorio consume. Pasar al magacín puede permitirle seguir siendo una voz central sin cargar cada día con el peso de abrir la batalla informativa.
El público, sin embargo, no siempre compra esas sutilezas. Para muchos oyentes, quien abre el programa manda el programa. Da igual lo que diga la estructura oficial. La primera voz es la que marca temperatura, humor, autoridad y compañía. Si Latorre saluda a las seis, Latorre será el nuevo rostro de la mañana informativa de Onda Cero. Alsina seguirá siendo Alsina, sí, pero desde otro lugar. Y en radio el lugar importa casi tanto como la voz.
Una mañana partida en dos velocidades
La nueva estructura deja una mañana con dos motores. Primero, Latorre con la actualidad dura: noticias, entrevistas, análisis político, resumen de prensa y tertulia. Después, Alsina con el magacín, una zona más flexible, menos sometida al latigazo del último titular y quizá más abierta a la conversación larga, al humor, a la cultura y al comentario con menos barro parlamentario en los zapatos.
El problema —o el desafío, que es la forma elegante de decir problema— está en que Más de uno no era solo una suma de secciones. Era una arquitectura de tono. El oyente entraba por la puerta informativa y seguía por los pasillos del programa con la sensación de que todo pertenecía al mismo edificio. Ahora Onda Cero tendrá que lograr que esa división no suene a corte brusco. Que no parezca un programa pegado a otro con cinta adhesiva.
Para Latorre, el reto será hacerse dueño de una franja que ya tenía dueño emocional. La audiencia de la radio es muy de costumbres, y no lo decimos como reproche. La gente escucha voces, no solo contenidos. Escucha acentos, silencios, respiraciones, manías. Escucha compañía. A veces incluso escucha una forma de estar en el mundo. Cambiar una voz en el tramo de 6:00 a 10:00 puede parecer una decisión de parrilla; para muchos oyentes será una pequeña alteración doméstica.
Para Alsina, el desafío será otro: evitar que su nuevo espacio se perciba como una segunda parte rebajada, como si el comunicador principal hubiera pasado de la mesa grande a una mesa lateral. Tiene talento de sobra para hacer radio de autor en el magacín, pero la comparación será inevitable. Cada entrevista política que haga Latorre, cada editorial que marque conversación, cada dato de audiencia, cada titular ajeno hablará también del nuevo sitio de Alsina. La radio es así: un medio cálido con una memoria bastante cruel.
La radio española entra en una temporada de terremotos
El movimiento de Onda Cero llega en un momento especialmente delicado para la radio española. La Cadena SER también afronta una nueva etapa en su mañana, después de la salida de Àngels Barceló de Hoy por hoy al final de la temporada. No es un detalle menor. La SER lleva años liderando la franja matinal y cualquier cambio en su cabecera abre una ventana de oportunidad para sus competidores. Cuando el líder cambia de voz, los demás afinan el oído.
En ese contexto, Onda Cero no solo reorganiza su casa: se coloca para competir en una temporada distinta. La mañana radiofónica es el gran prime time del audio español, aunque no tenga focos ni decorados. Ahí se fija la conversación pública, se lanzan entrevistas que luego rebotan en televisión, se fabrican titulares, se corrigen estrategias de partido y se detecta el humor político del día. Lo que se dice a las ocho de la mañana puede llegar antes de las nueve a tertulias, redacciones y grupos familiares de WhatsApp, ese congreso paralelo donde España legisla a golpe de meme.
También está COPE, con su propio ecosistema alrededor de Carlos Herrera y una transición que lleva tiempo sobrevolando el sector. Las grandes mañanas de la radio española están cambiando, unas por voluntad, otras por calendario y algunas por puro desgaste biológico del formato. Durante años, el mapa ha estado dominado por nombres muy fuertes, casi marcas personales. Ahora las cadenas empiezan a pensar en relevos, en segundas líneas, en voces capaces de sostener la antena cuando los grandes comunicadores den un paso al lado o cambien de función.
Por eso el caso de Alsina y Latorre tiene una lectura más amplia. No es solo una noticia de Onda Cero. Es una señal de época. La radio busca continuidad sin parecer vieja, renovación sin parecer traición, audiencias nuevas sin espantar a las de siempre. Fácil, lo que se dice fácil, no parece. Pero tampoco hay muchas alternativas. En el audio actual compiten emisoras, pódcast, plataformas, cortes virales y vídeos breves donde un tertuliano indignado puede tener más circulación que una entrevista completa. La radio generalista sigue viva, pero ya no puede dormirse sobre la manta de cuadros.
Qué gana y qué arriesga Onda Cero
Onda Cero gana profundidad de banquillo. Durante años, uno de los grandes problemas de las cadenas ha sido la dependencia excesiva de sus comunicadores estrella. Cuando una voz arrastra audiencia, prestigio y conversación, la emisora crece; pero también se vuelve vulnerable. Subir a Latorre permite construir una segunda figura fuerte en la mañana, no solo en la noche. Es una inversión de futuro, con todas las comillas que permite una industria donde el futuro a veces dura hasta la siguiente ola del EGM.
La cadena también gana un reparto más claro de funciones. Latorre puede concentrarse en la información política, mientras Alsina conserva un territorio donde su ironía, su cultura radiofónica y su manejo del ritmo pueden seguir funcionando con menos presión de última hora. El magacín no tiene por qué ser una retirada. Puede ser un espacio de consolidación, de estilo, incluso de libertad. Pero para que eso ocurra, Onda Cero tendrá que venderlo con hechos, no con frases de manual.
El riesgo principal está en la reacción del oyente. La mañana es una rutina emocional, no solo una franja comercial. Cambiarla puede provocar curiosidad, pero también resistencia. Algunos seguirán a Alsina a partir de las diez. Otros se quedarán con Latorre desde las seis. Otros probarán, compararán y quizá vuelvan al dial contrario sin avisar. La radio no tiene botón de cancelación ruidoso; tiene algo mucho peor para las cadenas: el silencio del que deja de escuchar.
El segundo riesgo es narrativo. La palabra “desplazamiento” se ha instalado porque resume la parte incómoda del asunto: Alsina deja la franja más influyente del programa. Pero también sería injusto presentar el movimiento como una salida o una ruptura. Alsina continúa en Onda Cero, continúa en Más de uno y conserva un espacio importante dentro de la mañana. La diferencia es que ya no estará en el puente de mando informativo. Y eso, por mucho que se maquille, cambia la foto.
La pieza que falta: qué pasará con La brújula
La llegada de Latorre a la mañana abre inevitablemente otra carpeta: La brújula. Si su director salta al tramo informativo de Más de uno, Onda Cero necesita resolver una franja de tarde-noche que también tiene peso político, económico y editorial. Ahí aparece el nombre de Marta García Aller, una periodista ya integrada en la casa y con presencia habitual en espacios de análisis, economía y conversación pública.
Su posible llegada tendría lógica dentro de la misma estrategia: menos fichaje de relumbrón y más promoción interna. García Aller aportaría una voz reconocible, con perfil analítico, tono sereno y capacidad para moverse entre política, economía y conversación social sin necesidad de levantar la ceja cada treinta segundos. En una radio cada vez más contaminada por la gesticulación televisiva, eso no es poca cosa.
La cuestión es si Onda Cero quiere que toda su programación informativa respire una misma identidad o si prefiere diferenciar claramente mañana y tarde. Latorre en la mañana y García Aller en La brújula podrían reforzar una línea de análisis sobrio, con menos estruendo que otros formatos y más peso de contexto. Suena bien sobre el papel. Luego llegan las tertulias, los datos de audiencia, la política española haciendo política española y el papel se arruga un poco.
Lo interesante es que la cadena parece estar rediseñando varias franjas a la vez. No mueve una pieza aislada, mueve un pequeño sistema. Alsina al magacín, Latorre al tramo informativo, La brújula pendiente de relevo y una temporada en la que sus competidores también ajustan voces. Eso convierte la operación en algo más que una anécdota radiofónica. Es una maniobra de posicionamiento.
Una mañana nueva con voces conocidas
La noticia importante no es que Carlos Alsina desaparezca, porque no desaparece. La noticia es que Onda Cero empieza a preparar una mañana menos dependiente de una sola voz, y eso sí marca un antes y un después. Durante años, Más de uno ha vivido alrededor de un comunicador muy singular, más literario que gritón, más de bisturí que de martillo. Ahora la emisora introduce una bicefalia: Rafa Latorre para el golpe informativo y Alsina para el desarrollo, el magacín y una radio quizá más reposada.
Para el oyente, el cambio será muy concreto. A partir de la nueva temporada, la voz que abra el día en Onda Cero no será la misma. Quien quiera información política a primera hora escuchará a Latorre. Quien busque a Alsina tendrá que encontrarlo después, en otro clima, con otra temperatura y otra función dentro del programa. Puede funcionar. Puede chirriar. Puede incluso acabar ampliando el público si la cadena logra que la transición no parezca un destierro en diferido.
Lo que queda, por ahora, es una imagen bastante elocuente. Alsina seguirá en la casa, pero ya no abrirá la puerta principal cada mañana. Esa llave la tendrá Rafa Latorre. Y en la radio, donde una pausa puede valer más que un editorial entero, cambiar quién saluda primero no es un detalle menor. Es programación, es poder y es memoria sonora. Lo demás, como siempre, lo dirá el oyente con el gesto más frío y más democrático que existe: girar el dial, quedarse… o marcharse sin hacer ruido.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/onda-cero-aparta-a-alsina/
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