
CRÓNICA JUDICIAL | La tarde en que la ficción se rompió: quién era el atacante y cómo una discusión mínima terminó en tres muertos en el set de ‘Sin senos sí hay paraíso 4’
El rodaje avanzaba como cualquier otro día. Cámaras, luces, libretos y un equipo técnico acostumbrado a jornadas largas en exteriores. Nada anticipaba que, en cuestión de minutos, el set de ‘Sin senos sí hay paraíso 4’ en el barrio Los Laches, en el centro de Bogotá, se convertiría en una escena real de muerte.
Lo que hoy reconstruyen investigadores y testigos no es un crimen planificado, sino una cadena de decisiones erráticas, reacciones impulsivas y ausencia de control en un entorno abierto que terminó en tragedia.
El hombre que apareció dos veces
La investigación judicial ha permitido perfilar al presunto agresor: José Cubillos García, de 23 años, un joven que ya había protagonizado episodios violentos días antes en la misma zona, incluyendo una agresión en un centro de salud cercano.
Ese dato es clave para los investigadores: no se trataba de un actor improvisado en el crimen, sino de un individuo con antecedentes recientes de comportamiento agresivo.

Testimonios recogidos en el expediente indican que el hombre merodeó el set en al menos dos momentos distintos. Primero observó. Se retiró. Luego regresó.
Ese regreso marcó el punto de quiebre.
El detonante: un gesto mínimo que escaló
La secuencia más consistente —basada en declaraciones de testigos— señala que el atacante se acercó nuevamente al equipo durante una pausa de grabación.
Pidió algo.
Una interacción breve.
Una negativa.
Algunas versiones apuntan a que solicitó un cigarrillo o algún tipo de ayuda, y al no recibir respuesta, reaccionó con violencia.
En ese instante, la lógica del rodaje se rompió.
El agresor sacó un arma cortopunzante —descrita como bisturí o cuchillo— y atacó directamente a un miembro del equipo técnico, identificado posteriormente como Nicolás Francisco Perdomo, de 18 años.
La reacción que convirtió el ataque en masacre
Lo que siguió fue una reacción humana inmediata: defensa.
Compañeros del equipo intentaron intervenir para proteger a la víctima, pero el intento de contención derivó en una riña colectiva sin control.
En segundos:
- El atacante continuó agrediendo
- Varias personas se involucraron físicamente
- El enfrentamiento escaló en intensidad
El saldo final fue devastador:
tres personas muertas, incluido el agresor, y varios heridos.
Entre las víctimas también se encontraba Henry Alberto Benavides Cárdenas, conductor de la producción.
El error de la primera versión: no fue un robo
Durante las primeras horas, circuló la hipótesis de un intento de hurto. Sin embargo, la investigación oficial desmontó rápidamente esa narrativa.
La Policía Metropolitana estableció que no existió móvil económico ni intención de robo, sino un episodio de violencia por intolerancia que escaló de forma abrupta.
Este punto es central en la línea judicial:
no hay evidencia de planificación, sino de reacción desproporcionada.
Las capturas y la zona gris de responsabilidades
En medio del caos, las autoridades capturaron a al menos cuatro personas, cuya participación aún está bajo análisis.
Aquí emerge una zona crítica del caso:
- ¿Quién actuó en legítima defensa?
- ¿Hubo exceso en la reacción colectiva?
- ¿Qué rol tuvo cada persona en la muerte del agresor?
Estas preguntas serán determinantes en el proceso penal.
El factor estructural: un set sin control total
Más allá del agresor, la investigación abre una dimensión más amplia:
la vulnerabilidad de los rodajes en espacio público.
El equipo se encontraba grabando en una zona abierta, sin control absoluto del entorno. Esto permitió que:
- Un tercero ajeno ingresara sin restricción
- Permaneciera el tiempo suficiente para observar
- Regresara y ejecutara el ataque
El gremio audiovisual ya reaccionó exigiendo protocolos más estrictos de seguridad, al considerar que el caso evidencia una falla estructural.
El componente humano: el rostro de las víctimas
La dimensión judicial no logra contener el impacto humano.
En redes sociales, actores como Carolina Gaitán y Carmen Villalobos reconstruyen otra narrativa: la de un equipo que funcionaba como familia.
Perdomo no era un nombre en un expediente, sino un joven de 18 años descrito como cercano, alegre y presente en el día a día del rodaje.
Ese contraste —entre rutina laboral y violencia extrema— es lo que convierte este caso en una fractura simbólica.
Conclusión: una tragedia sin cálculo, pero con consecuencias estructurales
La investigación apunta a una conclusión incómoda:
no fue crimen organizado, ni robo, ni ajuste de cuentas.
Fue algo más difícil de controlar:
una reacción violenta, imprevisible y amplificada por la interacción humana en un entorno sin contención suficiente.
El caso deja tres niveles de lectura:
- Individual: un agresor con antecedentes recientes de violencia
- Situacional: un conflicto menor que escala sin control
- Estructural: un entorno laboral expuesto sin protocolos suficientes
La Fiscalía continúa reconstruyendo el minuto a minuto. Pero hay algo que ya quedó claro en el expediente:
la tragedia no comenzó con el arma, sino con una interacción que nadie consideró peligrosa hasta que fue demasiado tarde.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN CENTRAL
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