Si tu perro te toma suavemente la mano con los dientes, sin apretar ni dejar marcas, lo más probable es que no esté intentando agredirte. Los pequeños mordisquitos pueden formar parte del juego, la exploración, la búsqueda de atención o una forma de comunicación aprendida desde sus primeras semanas de vida. Sin embargo, la intensidad de la mordida y el lenguaje corporal del animal son fundamentales para saber cuándo se trata de una conducta normal y cuándo conviene consultar a un veterinario.
Los perros exploran gran parte del mundo a través de la boca. Durante su desarrollo, los cachorros juegan con sus hermanos mordiendo patas, orejas y hocicos. En ese proceso aprenden progresivamente a controlar la fuerza de sus mandíbulas: cuando uno aprieta demasiado, el otro interrumpe el juego o reacciona. Este aprendizaje es conocido como inhibición de la mordida y explica por qué muchos perros adultos pueden apoyar sus dientes sobre una persona sin causar daño.
Juego, afecto o búsqueda de atención
Un perro relajado puede alternar los mordisquitos con lamidos, movimientos corporales suaves o la invitación a jugar mediante un juguete. Aunque algunas personas interpretan esta conducta como una especie de «beso», desde el punto de vista del comportamiento animal suele ser, principalmente, una forma de iniciar o mantener la interacción social.
Los mordisquitos también pueden aparecer durante las caricias. En estos casos, el animal puede estar experimentando excitación o sobreestimulación. Algunos perros disfrutan del contacto durante un tiempo limitado y luego intentan comunicar que necesitan una pausa, especialmente cuando reciben caricias intensas o son tocados repetidamente en zonas sensibles como las patas, la cola o el cuello.
Girar la cabeza, lamerse el hocico, bostezar o endurecer el cuerpo pueden ser señales importantes. No siempre significan agresividad, pero indican que el perro podría sentirse incómodo y que conviene detener la interacción antes de que aumente la tensión.
En los cachorros, la dentición también tiene mucho que ver
Entre los tres y seis meses, muchos cachorros atraviesan el cambio de los dientes de leche. Durante este período, las encías pueden estar sensibles y aumenta la necesidad de morder objetos. Por esa razón, las manos pueden convertirse fácilmente en un objetivo si el cachorro aprende que morderlas genera atención o juego.
Los especialistas recomiendan ofrecer mordedores y juguetes adecuados al tamaño y la edad del animal. La idea es enseñarle que puede masticar determinados objetos, pero no utilizar las manos de las personas como juguetes.
Cuando los dientes entran en contacto con la piel, una estrategia sencilla consiste en interrumpir calmadamente el juego durante unos segundos y redirigir su atención hacia un juguete. Si el perro utiliza el objeto adecuado, se refuerza positivamente esa conducta.
¿Cuándo deja de ser un simple juego?
La situación cambia cuando el perro aprieta con fuerza, deja marcas o perfora la piel. También deben llamar la atención conductas como la rigidez corporal, gruñidos, mirada fija, protección agresiva de comida u objetos o una reacción intensa al tocar una zona específica del cuerpo.
Un cambio repentino en el comportamiento de un perro que antes era tranquilo puede estar relacionado con dolor o algún problema de salud, como molestias dentales, otitis, lesiones articulares u otras afecciones. En esos casos, no conviene asumir simplemente que el animal «se volvió agresivo»: es importante investigar la causa.
Ante mordidas que dejan lesiones, episodios repetidos o signos evidentes de dolor, corresponde consultar con un veterinario. Si se descarta un problema médico, un profesional especializado en comportamiento animal puede ayudar a establecer un manejo adecuado.
Lo que no conviene hacer
Gritar, golpear, sacudir al perro o castigarlo físicamente puede aumentar el miedo y la ansiedad. Además, algunos animales pueden dejar de mostrar señales previas de incomodidad y reaccionar de forma más imprevisible.
Observar el contexto es la mejor herramienta. Un mordisquito suave durante un momento de juego no tiene el mismo significado que una mordida acompañada de rigidez, gruñidos o dolor.
Los perros se comunican constantemente mediante su postura, sus ojos, sus movimientos y su boca. Aprender a interpretar esas señales permite fortalecer la relación con ellos y prevenir situaciones de riesgo.
En la mayoría de los casos, esos pequeños mordisquitos son simplemente una invitación a interactuar. Pero cuando la presión aumenta o el comportamiento cambia, el perro también puede estar intentando comunicar algo que merece ser escuchado.
Foto: Viktoriia Yakovenko / ABC Color
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