
El fuerte terremoto de magnitud 7,2 que sacudió Ayacucho volvió a poner en primer plano la elevada actividad sísmica de Sudamérica y, especialmente, el riesgo que enfrenta la costa occidental del continente. El movimiento ocurrió el jueves 20 de agosto a las 13:00:16, con epicentro ubicado a 35 kilómetros al norte de Coracora, en la provincia de Parinacochas, Ayacucho, y una profundidad de 108 kilómetros. El evento fue percibido en varias regiones del Perú, incluida Lima.
El terremoto se produjo apenas diez días después del fuerte sismo de magnitud 7,4 registrado en Colombia el 10 de agosto, y se suma a otros movimientos importantes registrados recientemente en Venezuela y otros sectores de la región. La sucesión de estos acontecimientos generó preocupación entre la población y llevó nuevamente a preguntarse si existe una relación directa entre ellos.
La respuesta de los especialistas apunta principalmente a la estructura geológica de Sudamérica. La región occidental del continente se encuentra sobre una de las zonas tectónicas más activas del planeta, donde diferentes placas se encuentran en movimiento permanente y liberan enormes cantidades de energía acumulada.
Perú ocupa una posición particularmente expuesta porque la placa de Nazca se introduce por debajo de la placa Sudamericana. Este proceso, conocido como subducción, ocurre de manera permanente frente a la costa del Pacífico y constituye una de las principales causas de los terremotos que afectan al país.
Las placas tectónicas no permanecen completamente inmóviles durante ese proceso. La fricción entre ellas permite que se acumule tensión durante largos períodos. Cuando las rocas ya no pueden soportar esa presión, la energía se libera de manera repentina y produce un terremoto.
El Cinturón de Fuego del Pacífico concentra alrededor del 90% de los terremotos del mundo, además de una gran parte de la actividad volcánica del planeta. La franja se extiende alrededor del océano Pacífico y atraviesa la costa occidental de América, desde el extremo sur de Chile hasta América del Norte y continúa por Asia y Oceanía.
En Sudamérica, esta enorme estructura geológica involucra principalmente las placas de Nazca, Sudamericana y Antártica. Su interacción explica por qué países como Chile, Perú, Ecuador y Colombia registran con frecuencia movimientos telúricos de distinta intensidad.
Esto no significa que un terremoto ocurrido en un país provoque automáticamente otro en un país vecino. La coincidencia temporal de varios grandes sismos no demuestra que exista una cadena de terremotos conectados entre sí. Cada evento responde a procesos tectónicos particulares y puede producirse a cientos o miles de kilómetros de otro.
Lo que sí comparten estos países es una condición geológica común: se encuentran cerca de los límites de placas donde la energía tectónica se acumula constantemente.
El terremoto de Ayacucho es un ejemplo de esa dinámica. Aunque su magnitud fue elevada, la profundidad de 108 kilómetros ayudó a reducir los efectos destructivos en superficie. El IGP reportó una intensidad de III-IV en Coracora y, durante las primeras evaluaciones, no se informaron pérdidas humanas ni daños estructurales graves.
La profundidad resulta fundamental para comprender por qué un terremoto de magnitud 7,2 puede producir consecuencias diferentes de otro evento de magnitud similar ocurrido cerca de la superficie.
Cuanto más profundo se origina un terremoto, las ondas sísmicas recorren una mayor distancia antes de alcanzar las zonas habitadas. Eso puede modificar la intensidad con la que se percibe el movimiento y, dependiendo de las características del terreno, reducir algunos de sus efectos destructivos.
Sin embargo, una gran profundidad no significa que el terremoto sea inofensivo. Las autoridades mantienen la vigilancia porque pueden producirse desprendimientos de rocas, deslizamientos y daños localizados, especialmente en zonas montañosas y comunidades cercanas al epicentro.
El relieve de Ayacucho aumenta además la importancia de estos fenómenos secundarios. Las pendientes pronunciadas y las carreteras construidas sobre laderas pueden quedar afectadas por desprendimientos después de una fuerte sacudida.
La actividad sísmica también obliga a observar las condiciones de las construcciones. La magnitud de un terremoto no determina por sí sola el número de víctimas o la cantidad de edificios destruidos. Influyen la profundidad, la distancia al epicentro, el tipo de suelo, la calidad de las edificaciones y la preparación de la población.
El terremoto de Ica de 2007 constituye un ejemplo contundente. Aquel movimiento alcanzó una magnitud de 7,9 y provocó alrededor de 500 muertes, además de enormes pérdidas materiales. La diferencia con otros terremotos de magnitud similar demuestra la importancia de las condiciones locales y de la infraestructura.
Perú ha desarrollado durante los últimos años sistemas de monitoreo y protocolos de prevención precisamente porque no existe una manera de impedir que se produzca un terremoto. Lo que sí puede reducirse es su impacto sobre la población.
La preparación incluye sistemas de alerta y monitoreo, normas de construcción, simulacros, rutas de evacuación y educación de la población. Las autoridades también recomiendan mantener una mochila de emergencia con agua, alimentos, medicamentos, linterna, radio, documentos y otros elementos básicos.
El problema adquiere una dimensión regional porque otros países sudamericanos enfrentan condiciones similares. Chile, por ejemplo, registra algunos de los terremotos más fuertes jamás documentados, mientras que Ecuador, Colombia y Venezuela también presentan importantes sistemas de fallas y zonas de interacción tectónica.
Sudamérica no está atravesando una transformación repentina de su geología. Lo que se observa es la expresión de una actividad tectónica que existe desde hace millones de años y que continuará mientras las placas sigan desplazándose.
La sucesión reciente de terremotos de gran magnitud, sin embargo, sirve como recordatorio de que el riesgo permanece activo. Venezuela, Colombia y Perú registraron movimientos importantes en un período relativamente corto, lo que generó una mayor atención pública sobre la situación sísmica de la región.
Los expertos advierten que no es científicamente correcto utilizar esa coincidencia para predecir que otro gran terremoto ocurrirá próximamente en un país determinado. Actualmente no existe un método capaz de establecer con precisión el día, lugar y magnitud de un futuro terremoto.
La ciencia sí puede identificar las zonas de mayor riesgo, estudiar las fallas, analizar el comportamiento de las placas y establecer escenarios probables. Esa información resulta fundamental para diseñar ciudades y viviendas capaces de soportar movimientos fuertes.
El desafío es especialmente grande en regiones donde existen construcciones antiguas o viviendas levantadas sin criterios antisísmicos. Una estructura deficiente puede convertir un movimiento que inicialmente no debería producir grandes daños en una tragedia.
El terremoto de Ayacucho vuelve a recordar que el problema no es solamente la fuerza de la naturaleza, sino también la vulnerabilidad de las sociedades que viven sobre ella. Perú se encuentra en una zona donde los grandes terremotos forman parte de su historia geológica y, por esa razón, la prevención tiene un papel tan importante como el monitoreo.
La situación de los últimos meses en Sudamérica debe ser observada con atención, pero sin caer en alarmismos. Los terremotos de Venezuela, Colombia y Perú no permiten afirmar que exista una secuencia que vaya desplazándose de norte a sur.
Lo que sí existe es una región atravesada por uno de los sistemas tectónicos más activos del planeta, donde la energía continúa acumulándose bajo la superficie y eventualmente vuelve a liberarse.
Por eso, el terremoto de Ayacucho debe ser entendido no como un fenómeno aislado o inexplicable, sino como parte de la dinámica natural de la cordillera de los Andes y del margen occidental de Sudamérica.
La magnitud oficial disponible para el sismo de Ayacucho es 7,2, según el reporte IGP/CENSIS/RS 2026-0568. El epicentro se localizó al norte de Coracora, a 108 kilómetros de profundidad, y el movimiento fue percibido en diferentes regiones del Perú.
El episodio deja una conclusión concreta: Sudamérica no puede evitar los terremotos, pero sí puede reducir considerablemente sus consecuencias mediante prevención, infraestructura adecuada, monitoreo permanente y preparación ciudadana. En una región donde la actividad tectónica forma parte de la realidad cotidiana, esa preparación puede marcar la diferencia entre un fuerte movimiento y una catástrofe.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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