
En Estados Unidos, la creciente soledad está dando lugar a una nueva industria dedicada a ofrecer clubes, actividades y espacios para conocer gente, pero el acceso a esas alternativas depende cada vez más del dinero, el tiempo disponible y el nivel educativo. Una investigación sobre hombres estadounidenses sin título universitario muestra que el aislamiento social no puede explicarse únicamente por cuestiones personales o de género: las diferencias de clase también determinan quién tiene oportunidades reales de construir amistades y pertenecer a una comunidad.
La llamada “industria de la soledad” ya ofrece cenas organizadas, clubes deportivos, encuentros sociales y hasta compañeros virtuales mediante aplicaciones y servicios digitales. El crecimiento de este mercado responde a una realidad que preocupa cada vez más en Estados Unidos: muchas personas tienen dificultades para establecer vínculos cercanos y duraderos en una sociedad donde el trabajo, la movilidad y las nuevas formas de comunicación han reducido algunos de los espacios tradicionales de encuentro.
El problema, sin embargo, es que la posibilidad de combatir la soledad puede convertirse en otro servicio reservado para quienes pueden pagarlo. Clubes privados, actividades organizadas, gimnasios especializados y eventos sociales requieren dinero y tiempo, dos recursos que no están distribuidos de la misma manera entre la población.
Un informe denominado Nobody to Call analizó esta situación a través de 30 entrevistas en profundidad con hombres de entre 20 y 40 años que no tenían un título universitario. La investigación buscó conocer la experiencia de personas que suelen quedar fuera de buena parte del debate público sobre la soledad y encontró una realidad marcada por la pérdida progresiva de espacios de socialización.
Según los investigadores Sam Pressler y Soren Duggan, el problema está relacionado con la creciente importancia que adquirió la educación universitaria como mecanismo de clasificación social en Estados Unidos. La universidad no solamente funciona como una vía para acceder a mejores empleos: también se convirtió en uno de los principales lugares donde los jóvenes forman amistades, redes profesionales y relaciones que pueden mantenerse durante décadas.
Quienes no pasan por ese circuito pueden encontrarse con una situación muy diferente. Al terminar la escuela secundaria desaparece una de las últimas estructuras donde mantienen contacto cotidiano con personas de su misma edad. Después deben encontrar por su cuenta nuevos espacios para relacionarse, algo que resulta particularmente difícil cuando tienen empleos inestables, horarios cambiantes o pocos recursos económicos.
El informe señala que casi la mitad de los entrevistados dijo no tener amigos cercanos, mientras que seis de los 30 participantes afirmaron tener solamente una persona a la que podían considerar amiga. El problema no era necesariamente la falta de deseo de relacionarse. Muchos expresaron precisamente lo contrario: querían formar parte de una comunidad, pero no encontraban cómo hacerlo.
La situación laboral también influye. Los trabajos temporales, los horarios imprevisibles y la economía de plataformas dificultan mantener encuentros regulares. Una persona puede cambiar de turno constantemente o trabajar durante horarios en los que sus posibles amigos están disponibles, haciendo que las relaciones tengan pocas oportunidades para desarrollarse.
A eso se suma la falta de lugares accesibles. Parques, bibliotecas, cafeterías, organizaciones comunitarias, sindicatos, iglesias y clubes fueron históricamente espacios donde las personas podían encontrarse sin necesidad de pagar una cuota elevada. Cuando esos lugares desaparecen o pierden participación, aumentan las dificultades para construir vínculos fuera del ámbito laboral.
La experiencia universitaria ofrece un contraste evidente. Durante varios años, los estudiantes comparten aulas, actividades, proyectos, deportes y eventos con personas de edades similares. Esa convivencia genera una infraestructura social que facilita que una relación casual termine convirtiéndose en una amistad.
Quienes no ingresan a la universidad pierden esa oportunidad, pero tampoco existe necesariamente una institución alternativa que ocupe ese lugar. El resultado puede ser una transición hacia la adultez con menos redes sociales y menos oportunidades para crear vínculos.
La investigación cuestiona además una idea frecuente sobre la soledad masculina. Los hombres aislados no necesariamente son personas que rechazan la sociedad o que carecen de interés por los demás. Muchos de los entrevistados manifestaron deseos de participar, ayudar y tener amigos, pero enfrentaban obstáculos económicos, laborales y sociales que terminaban acumulándose.
La falta de relaciones puede entonces convertirse en un círculo difícil de romper. Una persona que pasa mucho tiempo sola puede perder confianza para acercarse a otros, mientras que la ausencia de espacios donde conocer gente hace todavía más complicado modificar esa situación.
Frente a este escenario, algunas ciudades comenzaron a desarrollar iniciativas gratuitas. Nueva York, por ejemplo, habilitó durante las celebraciones del Mundial de fútbol de 2026 cinco canchas públicas para partidos nocturnos abiertos, con personal destinado a facilitar la interacción entre los participantes. Miles de personas participaron de estas actividades.
Experiencias de este tipo muestran que no siempre es necesario crear nuevas plataformas comerciales para combatir el aislamiento. En algunos casos, recuperar espacios públicos y generar actividades accesibles puede ser suficiente para crear oportunidades de encuentro.
Los investigadores también plantean cambios laborales. Horarios de trabajo comunicados con poca anticipación, jornadas imprevisibles y falta de tiempo libre pueden impedir que una persona construya una vida social estable. Una política que permita mayor previsibilidad laboral podría tener efectos que van más allá de los ingresos y alcanzar también la salud social de los trabajadores.
Otra posibilidad sería fortalecer la formación profesional y los programas de aprendizaje. Estos espacios podrían cumplir parcialmente una función similar a la que actualmente desempeña la universidad: reunir a personas de distintas procedencias alrededor de un objetivo común y generar relaciones que continúen después de terminada la capacitación.
También se plantea la posibilidad de crear un servicio nacional que reúna a jóvenes de diferentes niveles económicos y educativos, una experiencia que podría generar vínculos entre personas que normalmente no compartirían los mismos espacios sociales.
El problema adquiere una dimensión todavía mayor cuando se observa el crecimiento de las empresas que intentan convertir la necesidad de compañía en un negocio. Las firmas de capital de riesgo están invirtiendo en la llamada “salud social y relacional”, mientras empresas tecnológicas ofrecen compañeros virtuales y sistemas de inteligencia artificial para personas que buscan reducir su aislamiento.
Estas alternativas pueden ser útiles para algunas personas, pero plantean una pregunta de fondo: si la amistad se convierte en un producto, ¿qué ocurre con quienes no pueden pagarlo?
El riesgo es que una crisis social termine generando un mercado que atienda principalmente a quienes tienen recursos para acceder a sus soluciones. Una persona con dinero puede pagar una membresía, participar de actividades organizadas, asistir a clubes privados o vivir en un edificio que ofrece espacios comunitarios. Alguien con ingresos limitados puede no tener ninguna de esas posibilidades.
Por eso, el debate sobre la soledad en Estados Unidos está comenzando a incorporar una dimensión de clase. No todos tienen las mismas oportunidades para conocer personas, mantener amistades o formar parte de una comunidad, incluso cuando tienen exactamente la misma necesidad de compañía.
El título universitario aparece en este contexto como algo más que una credencial profesional. Se ha convertido también en una puerta de acceso a determinadas redes sociales y culturales. Quienes quedan fuera de ese circuito pueden enfrentar desventajas que no siempre aparecen reflejadas en las estadísticas económicas.
La conclusión del análisis es que la conexión social debería considerarse un bien público y no solamente un servicio comercial. Combatir la soledad requiere recuperar espacios donde las personas puedan encontrarse sin que el dinero sea una condición de entrada.
El fenómeno estadounidense también refleja una transformación más amplia de las sociedades modernas. Las redes sociales permiten mantener contacto con cientos de personas, pero eso no necesariamente significa tener amigos cercanos. La comunicación digital puede facilitar el contacto, aunque no sustituye automáticamente la convivencia, las actividades compartidas y la confianza que se construye con el tiempo.
La paradoja es que una sociedad hiperconectada puede tener cada vez más personas que se sienten solas. El desafío no consiste solamente en crear más formas de comunicación, sino en recuperar las condiciones que permiten transformar un contacto ocasional en un vínculo significativo.
La experiencia de los hombres entrevistados en Nobody to Call muestra que el problema tampoco se resuelve diciéndole a una persona aislada que simplemente “salga y haga amigos”. Para que eso ocurra deben existir lugares, tiempo, estabilidad y oportunidades reales de encuentro.
La soledad en Estados Unidos está dejando de ser vista únicamente como un problema individual y comienza a revelar una división social más profunda. El dinero, el nivel educativo, las condiciones laborales y el acceso a espacios comunitarios influyen en la posibilidad de tener amigos y sentirse parte de una comunidad. Mientras crece una industria dispuesta a vender nuevas formas de socialización, el desafío más importante parece ser otro: construir una sociedad en la que la amistad y la pertenencia no sean privilegios determinados por el estatus económico o educativo.
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