Japón redujo los controles aplicados a los embarques de chía paraguaya después de comprobar una mejora sostenida en la calidad e inocuidad del producto. La medida permitió pasar de una inspección del 100% de las cargas a controles sobre el 30%, facilitando el comercio y reduciendo el riesgo de rechazos. Sin embargo, una revisión de los antecedentes oficiales muestra un dato importante: esta flexibilización ocurrió en 2021 y no constituye una nueva decisión de 2026. De hecho, en diciembre de 2025 Japón volvió a exigir controles específicos sobre residuos de plaguicidas, incluida la atrazina, lo que demuestra que el acceso a ese mercado continúa dependiendo de un estricto cumplimiento sanitario.
La relación entre la chía paraguaya y Japón tiene una historia marcada por controles sanitarios cada vez más rigurosos. El problema comenzó después de que las autoridades japonesas detectaran aflatoxinas en cargamentos provenientes de Paraguay. Estas sustancias son producidas por determinados hongos y pueden representar un riesgo para la salud humana y animal, por lo que Japón decidió elevar progresivamente el nivel de inspección.
En una primera etapa, los controles eran realizados sobre una proporción limitada de los embarques. Posteriormente, después de nuevas detecciones, Japón pasó al denominado sistema de orden de inspección, que implicaba revisar prácticamente la totalidad de las cargas de chía paraguaya destinadas a ese mercado.
La situación cambió en 2021, cuando el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón comunicó al Paraguay que reduciría nuevamente el nivel de inspección. El SENAVE recibió la notificación a través de la Cancillería y confirmó que el porcentaje de cargas sometidas a control pasaría del 100% al 30%.
La decisión fue considerada entonces un reconocimiento a la mejora de la calidad e inocuidad de la producción paraguaya. Para los exportadores, la reducción de controles significaba una operación comercial más fluida y menor exposición a demoras o rechazos en los puertos japoneses.
El impacto potencial era importante porque Japón es uno de los mercados asiáticos con mayores exigencias sanitarias. Superar sus controles representa, además, una especie de carta de presentación para otros compradores internacionales que buscan proveedores capaces de garantizar trazabilidad y seguridad alimentaria.
La historia también muestra por qué el cumplimiento sanitario puede terminar convirtiéndose en una ventaja comercial. Paraguay no consiguió reducir las inspecciones mediante una negociación puramente diplomática, sino demostrando durante un período prolongado que podía mejorar el manejo de la producción, cosecha y poscosecha. Las autoridades paraguayas destacaron precisamente esas prácticas como un factor decisivo para recuperar la confianza del mercado japonés.
Pero aquí aparece el dato que cambia la lectura de la noticia en 2026. El 5 de diciembre de 2025, el SENAVE dictó la Resolución N.º 648, mediante la cual estableció como obligatorio contar con análisis de residuos de plaguicidas para las partidas de chía destinadas a Japón, con especial atención al principio activo atrazina.
La nueva exigencia significa que los exportadores deben someter a análisis las partidas antes del embarque. El muestreo debe ser realizado por técnicos del SENAVE en depósitos o plantas exportadoras habilitadas, y el certificado fitosanitario no será emitido cuando no se cumplan los requisitos establecidos.
Por eso, presentar la flexibilización de Japón como si fuera una medida nueva adoptada en 2026 sería incorrecto. El antecedente corresponde a 2021. Lo que sí existe actualmente es un escenario en el que Paraguay mantiene acceso al mercado japonés, pero bajo un sistema sanitario que continúa evolucionando y que puede incorporar nuevos parámetros de control.
El dato resulta especialmente relevante porque Paraguay se convirtió en un exportador de chía de escala considerable. Según el SENAVE, en 2024 se exportaron más de 68.000 toneladas, casi tres veces el volumen registrado en 2020. Entre 2020 y 2024, los embarques acumulados alcanzaron 213.323 toneladas.
Los principales destinos de la chía paraguaya, sin embargo, no están concentrados en Japón. Entre 2020 y 2024, Estados Unidos representó el 35,39% de los envíos, seguido por Países Bajos, Alemania, Bolivia y Reino Unido. Esto muestra que Paraguay construyó una cartera internacional bastante diversificada para este producto.
La importancia de Japón debe entenderse entonces por la exigencia del mercado, más que por el volumen que absorbe. Un mercado pequeño en términos de toneladas puede ser estratégicamente importante si obliga a los productores y exportadores a elevar sus estándares de calidad.
En 2025, el SENAVE informó que la chía paraguaya llegó a 73 países y generó aproximadamente US$ 193 millones, según una comunicación institucional de diciembre de ese año. Otra publicación del organismo, basada en datos de certificación fitosanitaria, registró exportaciones de chía a 75 países por US$ 221,98 millones durante 2025. La diferencia responde a las distintas bases y cortes estadísticos utilizados, pero ambas cifras confirman la expansión internacional del cultivo.
La evolución es considerable si se compara con los primeros años del auge de la chía. En 2018, Paraguay exportaba unas 13.499 toneladas; en 2019 fueron 21.548 toneladas y en 2020 llegaron a 26.505 toneladas. La expansión posterior llevó al cultivo a convertirse en uno de los productos agrícolas paraguayos con mayor presencia internacional.
El crecimiento también modificó el perfil de la producción. La chía dejó de ser un cultivo relativamente especializado para convertirse en una fuente importante de ingresos para productores de distintas regiones del país. Su adaptación a determinadas condiciones productivas y la demanda internacional de alimentos considerados saludables ayudaron a impulsar su expansión.
Pero el crecimiento trae una consecuencia inevitable: cuanto más importante se vuelve un mercado, mayores son las exigencias que debe cumplir el proveedor.
Japón representa precisamente ese desafío. Las autoridades japonesas no solamente vigilan contaminantes biológicos como las aflatoxinas. También pueden establecer límites y controles específicos sobre residuos de productos fitosanitarios. La exigencia de análisis de atrazina establecida en 2025 demuestra que la calidad de un producto exportable no puede considerarse una condición permanente: debe ser comprobada continuamente.
El propio SENAVE tuvo que desarrollar y validar una metodología específica para detectar atrazina en chía, utilizando técnicas analíticas avanzadas. El organismo señaló que ese procedimiento permite responder a las exigencias japonesas y fortalecer la capacidad de control de inocuidad del país.
Esto transforma la relación comercial. El productor ya no compite solamente por cuánto produce por hectárea. También compite por la capacidad de garantizar inocuidad, trazabilidad, manejo adecuado de agroquímicos y cumplimiento documental.
Para los exportadores, mantener un mercado como Japón puede resultar más valioso que conseguir una venta puntual. Un proveedor que demuestra consistencia durante años puede construir relaciones comerciales de largo plazo y utilizar esa reputación para abrir puertas en otros países con estándares similares.
Existe además una conexión con el desarrollo de la agricultura familiar. La chía se produce en distintas zonas rurales y su cadena incluye pequeños y medianos productores, acopiadores, procesadores, laboratorios, exportadores y empresas logísticas. Cada nuevo mercado puede generar oportunidades para esa cadena, siempre que el costo de cumplir las exigencias sanitarias no termine excluyendo a los productores más pequeños.
El desafío será precisamente mantener el equilibrio entre calidad y competitividad. Los análisis adicionales tienen un costo y requieren infraestructura, técnicos y procedimientos. Pero no cumplirlos puede tener un costo mucho mayor: perder un mercado, sufrir rechazos o deteriorar la reputación de todo el origen paraguayo.
La experiencia japonesa deja una lección clara. Paraguay ya consiguió en el pasado que Japón redujera los controles sobre su chía después de demostrar una mejora en la calidad. Ahora enfrenta una nueva etapa de exigencias. La ventaja obtenida en 2021 no constituye un cheque en blanco.
El país tendrá que seguir demostrando que la chía paraguaya puede mantener estándares elevados de manera permanente. La reputación exportadora se construye durante años, pero puede deteriorarse con unos pocos embarques que incumplan los requisitos sanitarios.
La oportunidad, sin embargo, sigue siendo considerable. La demanda mundial por alimentos naturales, semillas y productos asociados con una alimentación saludable continúa generando espacios para cultivos como la chía. Paraguay ya posee experiencia productiva, infraestructura exportadora y presencia en decenas de mercados.
El siguiente paso será aumentar el valor obtenido por cada tonelada. En lugar de concentrarse únicamente en la exportación de semilla sin procesar, Paraguay puede explorar mayores niveles de procesamiento, productos orgánicos certificados, ingredientes alimentarios y derivados con valor agregado.
La relación con Japón puede ser útil incluso en ese proceso. Un mercado que exige controles rigurosos obliga a toda la cadena a elevar sus estándares y puede ayudar a construir una reputación que posteriormente facilite el ingreso a otros destinos premium.
La historia de la chía paraguaya en Japón, por tanto, tiene dos capítulos diferentes. El primero fue la crisis provocada por los controles reforzados debido a las aflatoxinas. El segundo comenzó en 2021 con la reducción de las inspecciones después de comprobarse mejoras en la calidad. Y el tercero está en desarrollo: un mercado que continúa abierto, pero que desde 2025 exige nuevas pruebas sobre residuos de plaguicidas.
La conclusión es menos triunfalista, pero probablemente más útil para el sector. Japón no está simplemente “levantando controles” de manera definitiva. Está demostrando que la confianza comercial depende de una vigilancia permanente.
Para Paraguay, esa exigencia puede convertirse en una ventaja si consigue convertirla en parte de su identidad exportadora. La chía nacional ya dejó de ser un producto marginal. Ahora necesita demostrar que puede ser también un producto confiable, trazable, seguro y competitivo durante décadas.
Y en un mercado como el japonés, esa diferencia puede valer mucho más que unas cuantas toneladas adicionales.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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