
- Estar delgado no garantiza una buena salud metabólica
- El IMC aislado no revela la grasa visceral ni el riesgo cardiovascular
- La actividad física reduce la mortalidad en todos los perfiles corporales
Estar delgado no garantiza estar sano. Una investigación con 442.666 adultos ha comprobado que las personas sin obesidad, pero con alteraciones en la glucosa, la tensión arterial o los lípidos, presentaban el mayor riesgo relativo de muerte entre los perfiles analizados. La silueta, esa vieja credencial que tantos enseñan como si fuera un certificado médico, puede ocultar un metabolismo bastante menos fotogénico.
El estudio no sostiene que tener obesidad sea beneficioso ni que la grasa proteja por arte de magia. Su resultado es más incómodo y, también, más útil: el peso aislado describe mal la salud individual. Importan la presión arterial, el azúcar en sangre, los triglicéridos, el colesterol HDL, la actividad física y probablemente la distribución de la grasa corporal, cuestiones que una báscula doméstica no sabe distinguir.
La báscula no ve lo que ocurre por dentro
La investigación, publicada en mayo de 2026 en la revista científica Diabetes, Obesity and Metabolism, utilizó los reconocimientos médicos del sistema nacional de salud de Corea del Sur. Los participantes tenían una edad media de 47,2 años, la mitad eran mujeres y fueron observados durante una mediana de 9,3 años. Quedaron fuera quienes ya padecían una enfermedad cardiovascular, entre otros criterios de exclusión.
Los científicos separaron a la población según dos dimensiones. Una era el índice de masa corporal, el conocido IMC, calculado al dividir el peso entre la altura al cuadrado. La otra era la salud metabólica, definida mediante cuatro marcadores: triglicéridos elevados, colesterol HDL bajo, hipertensión y glucosa alta en ayunas o tratamiento farmacológico para esas alteraciones.
Quien acumulaba al menos dos de esos problemas era considerado metabólicamente no saludable. De la combinación salieron cuatro perfiles: personas sin obesidad y metabólicamente sanas; sin obesidad y metabólicamente enfermas; con obesidad y metabólicamente sanas; y con obesidad y alteraciones metabólicas. No era un concurso de cinturas. Era una radiografía estadística bastante más profunda.
“Delgado” no significaba necesariamente bajo peso
Aquí conviene frenar antes de que el titular se nos vaya corriendo calle abajo. El estudio empleó el umbral asiático de obesidad, situado en un IMC de 25 kg/m². Por tanto, la categoría traducida habitualmente como “delgada” incluía en realidad a todas las personas por debajo de ese valor: desde quienes tenían bajo peso hasta quienes, según los criterios europeos habituales, estaban en la parte alta del peso normal.
No puede concluirse que cualquier persona esbelta esté en peligro ni que pesar poco sea, por sí mismo, una enfermedad. El hallazgo se refiere a quienes, pese a no superar el límite de obesidad utilizado, ya mostraban disfunción metabólica. La diferencia parece pequeña sobre el papel, pero cambia por completo la noticia.
Los autores realizaron incluso un análisis excluyendo a quienes tenían un IMC inferior a 18,5, para reducir el posible efecto de enfermedades previas o pérdidas de peso involuntarias. El patrón general se mantuvo. Es decir, el resultado no dependía únicamente de pacientes extremadamente delgados o debilitados.
El mayor riesgo apareció fuera de la obesidad
Frente al grupo sin obesidad y metabólicamente sano, las personas sin obesidad pero con alteraciones metabólicas tuvieron un 23 % más de riesgo relativo de muerte por cualquier causa y un 30 % más de mortalidad cardiovascular. Fue el perfil con peor resultado ajustado en el análisis principal.
Las personas con obesidad metabólicamente sana mostraron inicialmente un riesgo de mortalidad general un 15 % inferior al grupo de referencia. Sin embargo, esa aparente ventaja desapareció cuando los investigadores ajustaron con mayor precisión las diferencias de IMC. En ese segundo análisis, tampoco salió bien parado el grupo con obesidad y mala salud metabólica: presentó un 16 % más de mortalidad general y un 34 % más de mortalidad cardiovascular.
Dicho sin barniz estadístico: el estudio no descubre una grasa milagrosa ni concede licencia sanitaria a la obesidad. Demuestra que la alteración metabólica pesa mucho, incluso cuando el cuerpo encaja en los cánones visuales de la delgadez. Y recuerda que la llamada obesidad metabólicamente sana puede ser una situación transitoria, no un pasaporte vitalicio.
También aparecieron diferencias por edad. Entre los menores de 65 años, tanto las personas metabólicamente enfermas sin obesidad como aquellas con obesidad presentaron un exceso más claro de mortalidad. En los mayores, la relación entre peso y supervivencia resultó menos lineal, algo frecuente en estudios observacionales por la influencia de la pérdida muscular, las enfermedades crónicas y el adelgazamiento asociado al envejecimiento.
La grasa no es una sola cosa
El cuerpo no almacena toda la grasa en el mismo cajón. La grasa subcutánea se encuentra bajo la piel; la visceral se acumula alrededor de los órganos abdominales, y también puede aparecer grasa en el hígado o entre los tejidos musculares. El IMC no distingue ninguna de ellas. Tampoco separa los kilos de músculo, hueso, agua o tejido adiposo. Para él, todo pesa igual. Una calculadora con modales de notario.
Una persona puede tener un IMC normal, poca masa muscular y una cintura relativamente elevada. Otra puede marcar un IMC alto por su musculatura y presentar buenos valores de glucosa, presión arterial y lípidos. Ambas caben mal en una clasificación construida únicamente con altura y peso.
Eso no convierte la grasa subcutánea en inocente ni la visceral en la única explicación posible. La genética, el tabaquismo, el alcohol, la alimentación, el sueño, la medicación, la edad y las enfermedades previas también alteran el riesgo. El propio estudio reconoce que no midió directamente la grasa corporal ni su distribución; sus categorías estaban basadas en el IMC. No es una prueba anatómica, sino un análisis de perfiles metabólicos.
Otra investigación publicada en 2026, esta vez con 489.311 participantes del Biobanco del Reino Unido, combinó el porcentaje de grasa corporal y el perímetro de cintura. Así detectó a personas con IMC normal pero un perfil adiposo desfavorable: frente al grupo más saludable, registraron un 45 % más de riesgo de episodios cardiovasculares, un 58 % más de enfermedad renal crónica y más de cuatro veces el riesgo de diabetes tipo 2. La apariencia exterior, de nuevo, llegaba tarde a la consulta.
El IMC no ha muerto, pero ya no puede hablar solo
Anunciar “el fin del IMC” queda estupendo en una marquesina, aunque científicamente resulte excesivo. El índice continúa siendo barato, rápido y útil para estudiar poblaciones, seguir tendencias y realizar una primera evaluación. El problema aparece cuando se convierte en juez único de una persona concreta.
Una comisión internacional publicada en The Lancet Diabetes & Endocrinology propuso en 2025 dejar de diagnosticar la obesidad mediante el IMC aislado. El nuevo enfoque combina este índice con mediciones como el perímetro de cintura, la relación entre cintura y altura o la cuantificación directa de la grasa, y después valora si existe daño en órganos, limitación funcional o enfermedad metabólica.
La propuesta diferencia entre obesidad clínica, cuando el exceso de grasa ya altera la salud, y obesidad preclínica, cuando existe adiposidad elevada sin enfermedad manifiesta pero con mayor riesgo futuro. No es una indulgencia estética ni una guerra contra la báscula. Es medicina de precisión bastante elemental: mirar al paciente entero antes de colocarle una etiqueta.
En una evaluación real, el peso tiene que convivir con la tensión arterial, la glucosa en ayunas o la hemoglobina glucosilada, los triglicéridos, el HDL, el perímetro abdominal, la capacidad física, los antecedentes familiares y otros factores clínicos. Una analítica alterada merece atención aunque el pantalón siga cerrando sin protestar.
Moverse redujo el riesgo en todos los cuerpos
El dato más consistente del estudio no fue una talla, sino el movimiento. A medida que aumentaba la actividad física declarada, descendía la mortalidad en los cuatro perfiles corporales y metabólicos. Frente a quienes no realizaban ninguna actividad, las personas que alcanzaban al menos 1.500 minutos MET semanales presentaron un 25 % menos de mortalidad general y aproximadamente un 36 % menos de mortalidad cardiovascular.
Incluso cantidades inferiores se asociaron con una mejora. En el conjunto de participantes, quienes acumulaban entre 1 y 499 minutos MET por semana ya mostraban un riesgo de muerte un 14 % menor que el grupo inactivo. El beneficio siguió apareciendo entre personas con obesidad, sin obesidad, metabólicamente sanas o con alteraciones. Moverse importaba en todos los grupos.
Los minutos MET combinan tiempo e intensidad. Quinientos minutos MET equivalen, de manera aproximada, a unos 150 minutos semanales de actividad moderada, aunque la conversión depende del ejercicio. La Organización Mundial de la Salud recomienda entre 150 y 300 minutos de actividad moderada por semana, o entre 75 y 150 de actividad vigorosa, junto con ejercicios de fuerza al menos dos días.
No obstante, la investigación es observacional. La actividad física fue comunicada por los propios participantes mediante cuestionarios y solo se midió al comienzo. Las personas activas pueden diferenciarse de las sedentarias en hábitos que el estudio no captó del todo, como la dieta, la calidad del sueño o el seguimiento de los tratamientos. Existe una asociación robusta y gradual, no una demostración de causalidad fabricada en laboratorio.
La salud cabe mal en una talla
La cultura de la delgadez ha vendido durante décadas una equivalencia cómoda: menos kilos, más salud. La ciencia ofrece ahora una imagen menos pulcra. Se puede tener un cuerpo grande con marcadores razonablemente buenos y un cuerpo fino atravesado por hipertensión, resistencia a la insulina o colesterol alterado. También puede ocurrir lo contrario, claro. La biología no firma contratos con los escaparates.
El peso sigue importando, pero no importa solo ni siempre del mismo modo. La obesidad continúa asociada a numerosas enfermedades y no debe banalizarse; la delgadez, mientras tanto, no merece el trato de salvoconducto automático. El riesgo se entiende mejor observando qué ocurre en la sangre, en la cintura, en los músculos, en los hábitos y en los órganos.
La báscula ofrece un número limpio, instantáneo, casi seductor. La salud es más desordenada. Tiene memoria familiar, horas de silla, paseos, cigarrillos, sueño, grasa invisible y análisis que nadie enseña en una fotografía. Ese es el auténtico hallazgo: no basta con parecer sano para estarlo, del mismo modo que una talla elevada no cuenta por sí sola toda la historia.
Publicado por: Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/estar-delgado-no-siempre-significa-estar-sano/
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