
- Los hombres concentran en la pareja gran parte de su apoyo emocional
- La ruptura puede dejarles sin confidente, rutinas y red afectiva
- La calidad del vínculo y las normas de género cambian sus efectos
Las relaciones románticas parecen influir más en el bienestar psicológico y físico de los hombres que en el de las mujeres. No significa que ellos amen con mayor intensidad ni que ellas sean inmunes al desamor, sino algo menos cinematográfico: muchos varones concentran en su pareja buena parte de la intimidad, el cuidado cotidiano y el apoyo emocional que las mujeres suelen repartir entre amistades, familiares y otros vínculos.
Esa dependencia ayuda a explicar por qué los hombres pueden obtener mayores beneficios al emparejarse, muestran menos iniciativa a la hora de romper y quedan más expuestos cuando la relación desaparece. Es la principal tesis de una amplia revisión científica sobre parejas heterosexuales. Ahora bien, conviene bajar la música de violines: no es una ley biológica ni una competición para decidir quién quiere más.
El mito del hombre inmune al romance
La cultura popular ha repartido durante décadas unos papeles bastante cómodos. La mujer sueña con el amor, cuida la relación y analiza cada silencio; el hombre evita comprometerse, se refugia en el fútbol y descubre que tenía sentimientos cuando empiezan los títulos de crédito. Una caricatura útil para vender comedias, canciones y colonias, pero bastante torpe como descripción de la vida sentimental real.
La investigación revisa numerosos trabajos sobre parejas heterosexuales y plantea cuatro tendencias. Los hombres buscarían con más empeño una compañera, conseguirían más ventajas psicológicas y de salud al entrar en una relación, iniciarían menos rupturas y sufrirían más después de una separación. No se trata de un único experimento capaz de zanjar la cuestión, sino de una síntesis teórica construida con estudios anteriores. Ese matiz importa. Mucho.
La conclusión desmonta el viejo retrato del soltero masculino feliz, autosuficiente y encantado de cenar cereales sobre el fregadero. En bastantes casos, la pareja no es un accesorio en su vida social: es la persona que escucha sus miedos, vigila su salud, organiza encuentros, recuerda cumpleaños y mantiene abierta la puerta del mundo afectivo. Todo un ministerio, generalmente sin presupuesto.
La pareja como única habitación emocional
La diferencia más convincente no parece estar en la capacidad de sentir, sino en la arquitectura de los vínculos. Las mujeres tienden a utilizar una red más amplia cuando necesitan hablar, pedir consejo o recibir consuelo. Los hombres pueden tener amigos cercanos, claro, pero recurren a ellos con menor frecuencia para asuntos íntimos.
Una encuesta representativa realizada entre más de 6.000 adultos estadounidenses mostró que el 54 % de las mujeres acudiría probablemente a una amiga o amigo en busca de apoyo emocional, frente al 38 % de los hombres. Ellas también declararon una mayor disposición a recurrir a su madre, a otros familiares y a profesionales de la salud mental. La soledad habitual, curiosamente, aparecía en proporciones similares entre ambos sexos; lo que cambiaba era la cantidad de puertas disponibles para llamar.
Así se entiende mejor la aparente paradoja. Un hombre puede hablar poco del amor y, al mismo tiempo, depender profundamente de su relación. Puede bromear sobre el matrimonio, fingir indiferencia ante los aniversarios y acabar colocando casi toda su vida emocional sobre una sola persona. Una única toma de corriente afectiva: mientras funciona, todo parece normal; cuando se desconecta, la casa se queda a oscuras.
Sentir no es lo mismo que saber pedir ayuda
La educación sentimental masculina continúa premiando la contención. Desde pequeños, muchos hombres aprenden que exponer miedo, tristeza o inseguridad resulta incómodo, poco atractivo o directamente impropio. Se les permite estar enfadados —esa emoción sí suele pasar el control de aduanas—, pero no siempre reconocer su necesidad de compañía.
La relación romántica crea una excepción. Dentro de la pareja pueden aparecer las confidencias que no encuentran sitio en el bar, el gimnasio o el grupo de WhatsApp. La novia o la esposa se convierte entonces en confidente principal, cuidadora emocional y mediadora social. No necesariamente porque ella lo haya elegido, sino porque alrededor del hombre apenas se ha construido otra red con la misma profundidad.
Varios investigadores han advertido, no obstante, que atribuirlo todo a una falta masculina de intimidad sería demasiado simple. Una interpretación alternativa sostiene que las mujeres obtienen menos beneficio porque, en promedio, reciben de sus compañeros un apoyo emocional de menor calidad que el que ellas proporcionan. Dicho sin bata blanca: quizá ellos no solo dependen más de la pareja; quizá también aportan menos trabajo afectivo dentro de ella.
Los beneficios de estar en pareja no son automáticos
Vivir acompañado se asocia con frecuencia a una mejor salud, mayor estabilidad económica y hábitos más ordenados. Una pareja puede detectar síntomas, insistir en que se visite al médico, amortiguar una crisis laboral o impedir que la cena habitual sea una bolsa de patatas abierta con resignación. Esos efectos pueden ser especialmente visibles entre los hombres y su salud cotidiana.
Pero la boda no funciona como una vacuna. La calidad de la relación, la situación económica, el reparto de las tareas y la salud previa alteran por completo el resultado. Las personas con mayor bienestar también tienen más posibilidades de formar y conservar relaciones estables, de modo que no todos los beneficios observados son causados por el simple hecho de tener pareja.
La convivencia, además, no distribuye sus premios y sus costes con pulcritud matemática. Las mujeres siguen asumiendo en muchas parejas una parte mayor de los cuidados, la organización doméstica y la llamada carga mental: anticipar lo que falta, recordar lo pendiente, coordinar lo invisible. Un hombre puede mejorar su salud gracias a la vida compartida mientras su compañera gana otra agenda, esta vez sin sueldo. El romanticismo tiene rincones poco fotogénicos.
De ahí que algunos especialistas sitúen el origen de estas diferencias en las normas tradicionales de género, no en una esencia masculina grabada en piedra. La dependencia sentimental de los hombres sería, en parte, una construcción cultural: se les desalienta a cultivar intimidad fuera de la pareja y después se presenta su aislamiento como un rasgo natural. Una jugada redonda, aunque bastante triste.
La ruptura golpea de manera distinta
Cuando una relación termina, el hombre puede perder de una sola vez a su compañera, su principal confidente, parte de su vida social y el mecanismo cotidiano que ordenaba su salud y sus rutinas. No siempre dispone de amistades acostumbradas a escuchar una conversación sobre culpa, miedo o fracaso. Entonces aparece el aislamiento emocional, ese mueble enorme que nadie sabe dónde colocar.
Las investigaciones sobre divorcio y separación no ofrecen, sin embargo, una fotografía uniforme. Los hombres pueden padecer con mayor intensidad ciertos problemas de salud, aislamiento o desorganización personal, mientras las mujeres soportan con frecuencia consecuencias económicas más duraderas y una carga superior cuando quedan al frente de los hijos. El bienestar se deteriora en ambos sexos, aunque no siempre por las mismas causas ni durante el mismo tiempo.
La viudedad muestra una desigualdad especialmente dura. Un amplio estudio finlandés basado en registros de adultos de entre 40 y 65 años halló que, durante los tres primeros años tras la muerte de la pareja, la mortalidad aumentaba 2,72 veces entre los hombres casados viudos y 1,65 veces entre las mujeres viudas, en comparación con personas similares que continuaban casadas. Son asociaciones poblacionales, no destinos individuales, pero la grieta resulta difícil de ignorar.
No es solo echar de menos. Entra en juego la pérdida de cuidados, el abandono de hábitos saludables, el consumo de alcohol, el aislamiento y la ausencia de una red capaz de detectar que algo va mal. El duelo rompe a cualquiera; a quien había depositado casi todos sus apoyos en una persona le retira, además, el suelo emocional.
Una tesis sugerente que la ciencia aún discute
La afirmación de que las relaciones importan más a los hombres ha provocado un debate académico considerable. Decenas de investigadores aceptan parte de la evidencia, cuestionan otra y piden ampliar la mirada a distintas edades, culturas, orientaciones sexuales y modelos de convivencia. La dependencia de la pareja no adopta la misma forma en todas las sociedades ni en todas las generaciones.
Algunos especialistas consideran que dos de los cuatro patrones expuestos son sólidos y que los otros dos no están suficientemente demostrados. También rechazan que la falta de intimidad masculina fuera de la pareja pueda presentarse, con las pruebas disponibles, como la explicación principal de todo el fenómeno. El titular científico, en definitiva, barre más metros de los que alcanzan algunos datos.
Otras críticas señalan que importar puede significar cosas distintas. Una relación puede proporcionar compañía, identidad, estatus, seguridad económica, sexualidad, cuidados o un proyecto familiar. Medir quién obtiene más bienestar no revela necesariamente quién siente más amor. Tampoco permite ignorar a las parejas homosexuales, a las personas no binarias ni las enormes diferencias entre una relación nutritiva y otra desigual o violenta.
La propia idea de comparar a hombres y mujeres como dos bloques compactos tiene límites evidentes. La edad, la clase social, la cultura, la paternidad, la orientación sexual y la personalidad modifican el paisaje. Las diferencias internas de cada sexo pueden ser mucho mayores que la distancia media entre ambos. La ciencia social rara vez cabe bien en una frase para taza.
El amor pesa sobre una red más pequeña
La lectura más razonable no es que los hombres sean románticos secretos ni que las mujeres necesiten menos afecto. Es que, en muchas relaciones heterosexuales, ellos reciben de su pareja una cantidad de intimidad, cuidados y organización que no encuentran en otros lugares, mientras ellas conservan vínculos emocionales más diversos y asumen una parte mayor del trabajo que sostiene la relación.
Por eso la pareja puede tener un efecto más decisivo en la vida masculina. No porque el corazón de un hombre sea más grande, sino porque a menudo está peor acompañado. El problema comienza mucho antes de la ruptura: amistades donde nunca se habla de nada importante, vergüenza ante la vulnerabilidad, escaso uso de ayuda profesional y una masculinidad todavía empeñada en confundir autonomía con mutismo.
La investigación deja así una ironía bastante limpia. Durante años se presentó a las mujeres como dependientes del amor y a los hombres como criaturas libres, racionales, algo asilvestradas. Los datos dibujan otra escena: ellas pueden estar sosteniendo más peso dentro de la relación y ellos pueden tener mucho más que perder cuando esta se acaba. El galán despreocupado, visto de cerca, llevaba toda la casa emocional metida en una sola maleta.
Publicado por: Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/la-pareja-importa-mas-a-los-hombres/
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