
Si uno mira los números superficiales, todo parece indicar que estamos viviendo una nueva edad de oro de la aviación. Más pasajeros, más conectividad, más demanda internacional y más personas incorporando el viaje como parte de su estilo de vida. Pero cuando observamos lo que sucede detrás de la puerta de embarque, la realidad es mucho más compleja.
Según datos de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), las aerolíneas transportarán alrededor de 5.200 millones de pasajeros durante 2026, un crecimiento del 4,4% respecto al año anterior. Los ingresos globales superarán por primera vez el billón de dólares y alcanzarán los US$1,053 billones. Además, los factores de ocupación llegarán a un récord histórico del 83,8%, lo que significa que prácticamente ocho de cada diez asientos despegarán ocupados.
A simple vista, parecería el escenario perfecto. Sin embargo, el beneficio neto proyectado para toda la industria apenas alcanza el 3,9% de margen. Dicho de otra forma: un sector que transporta miles de millones de personas alrededor del mundo gana menos proporcionalmente que muchas industrias tradicionales mucho menos complejas. ¿Estamos entrando en una nueva etapa de crecimiento o en una nueva etapa de transformación?
Lo que estamos viendo es el nacimiento de una nueva lógica de la demanda turística global. Durante décadas, las aerolíneas competían principalmente por rutas. Hoy compiten por ecosistemas. El pasajero ya no compra solamente un asiento. Compra tiempo, flexibilidad, conectividad, experiencias, servicios complementarios y personalización. No es casualidad que los ingresos ancillaries —equipaje, selección de asiento, upgrades, membresías y servicios complementarios— representen cerca del 14% de los ingresos globales del sector, una cifra muy superior a los niveles prepandemia.
El negocio está migrando desde transportar personas hacia gestionar experiencias. Y eso tiene implicancias enormes para el marketing turístico. Porque durante años muchos destinos pensaron que la conectividad aérea era una consecuencia de la demanda. En realidad, cada vez más, la conectividad se está convirtiendo en la condición necesaria para crear demanda.
Las rutas generan destinos. No al revés. Las ciudades y países que entiendan esto serán los grandes ganadores de los próximos años. Pero existe otro fenómeno aún más interesante. La geografía del turismo está cambiando. Durante gran parte del siglo XX, los grandes flujos turísticos se concentraban en unos pocos corredores tradicionales.
Los viajes regionales ganan relevancia. Las conexiones secundarias crecen. Los viajeros buscan autenticidad antes que masividad. Y las aerolíneas comienzan a responder a ese comportamiento. La industria quiere crecer más rápido de lo que puede y esa limitación cambiará la forma en que se toman las decisiones comerciales. Durante los próximos meses veremos aerolíneas mucho más selectivas al momento de abrir rutas y menos dispuestas a sostener mercados que no demuestren resultados concretos.
Para los profesionales del marketing turístico esto implica una conclusión incómoda: ya no alcanza con promocionar destinos. Habrá que demostrar valor económico. Los destinos competirán por captar turistas, pero también por captar capacidad aérea y son dos competencias completamente distintas.
Mirando hacia lo que resta de 2026, veo tres tendencias claras: primero, la consolidación definitiva del turismo como gasto prioritario. Las nuevas generaciones están demostrando que prefieren invertir en experiencias antes que en bienes materiales.
Segundo, una creciente integración entre tecnología, inteligencia artificial y distribución aérea. Las aerolíneas avanzarán hacia modelos cada vez más personalizados y predictivos. La próxima gran batalla comercial será por la relevancia de la oferta, no por el precio.
Y tercero, una mayor polarización entre destinos conectados y destinos invisibles. En la economía de la atención, existir será cada vez más difícil. Ser accesible será tan importante como ser atractivo.
La industria aérea ya no es simplemente el medio que conecta personas con destinos. Se está convirtiendo en la infraestructura estratégica que determina qué destinos crecerán y cuáles quedarán fuera de la conversación global. Por eso, quizás la pregunta más importante para el turismo en 2026 no sea cuántos viajeros habrá. La pregunta es quién tendrá la capacidad de atraer los aviones que los traigan.
Porque en la próxima década, la conectividad será el nuevo petróleo del turismo. Y quienes lo entiendan primero construirán una ventaja competitiva que será muy difícil de alcanzar. Si la conectividad será el nuevo petróleo del turismo, entonces la pregunta ya no es quién tiene el mejor destino. La pregunta es: ¿qué ciudades y países están construyendo hoy las condiciones para que los aviones los elijan mañana? Los leo.
Fuente de esta noticia: https://mensajero.com.ar/opinion/la-paradoja-de-la-aviacion-en-2026–nunca-volamos-tanto–nunca-fue-tan-dificil-ganar-dinero_a6a3c29a4c38faf0cf1642334
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