
¿Cómo puede decir la Escritura que hubo un tiempo en el que Jesús no era «perfecto»? Dos veces se nos dice que Jesús fue hecho perfecto (He 2:10; 5:9). La carta a los Hebreos llega incluso a relacionar la perfección con la purificación del pecado. Los sacrificios del Antiguo Testamento no podían «hacer perfecto», purificar, eliminar el sentimiento de culpa ni «quitar los pecados» (He 10:1–4). ¡¿Qué?! ¿De verdad comenzó Jesús Su vida como un ser humano imperfecto que necesitaba ser purificado del pecado? Eso no encaja con lo que dice la Biblia en otros pasajes, incluso en Hebreos, donde se nos dice que Jesús no pecó (4:15). ¿Cómo puede la Escritura afirmar que Jesús tuvo que ser perfeccionado, relacionar la perfección con el pecado y, aun así, afirmar que Jesús era sin pecado?
La Biblia responde a estas preguntas de una manera sorprendente. El perfeccionamiento de Jesús no es una realidad vergonzosa que haya que ocultar. Por el contrario, Hebreos insiste en que la perfección de Jesús era «conveniente»: buena, correcta, apropiada (2:10). De hecho, se nos dice que, si Jesús no hubiera sido perfeccionado, entonces la historia de Dios no sería una buena noticia. Para escuchar la sorprendente respuesta de la Biblia a por qué el Jesús sin pecado tuvo que ser perfeccionado, tenemos que empezar por el principio de la historia bíblica: con Adán.
La imperfección de Adán
Fuimos creados para vivir permanentemente en la presencia de Dios. Ese es el objetivo de la historia de Dios. Es donde la historia de Dios terminará algún día y, por lo tanto, hacia donde se ha dirigido desde el principio (Ap 21:3). Dios quiere ser nuestro Dios en el lugar perfecto y permanente que ha preparado para nosotros (He 8:10; 9:11; 11:16). Para alcanzar ese fin, para entrar y permanecer en la presencia de Dios, los seres humanos deben ser perfeccionados. La gloria original de la humanidad y su dominio sobre toda la tierra tenían que convertirse en gloria y dominio permanentes. Para que eso sucediera, Adán, nuestro representante, necesitaba confiar en Dios y obedecerlo.
No lo hizo.
En lugar de eso, no creyó en la bondad del Señor y desobedeció la palabra de Dios. Como consecuencia, la humanidad perdió su esplendor original. Nosotros perdimos nuestro esplendor original, quedando disminuidos en gloria y limitados en nuestro dominio. Hebreos 2 narra esta triste historia. Por eso, la perfección en un mundo posterior a Adán y a la caída en el pecado requiere ahora una confianza inquebrantable en Dios y el perdón. La fe por sí sola ya no nos perfeccionará ahora que tenemos una mancha en nuestro historial. También hay que hacer algo con respecto a nuestro pecado.
La perfección de Jesús
Este es el mundo al que entró Jesús y la humanidad que asumió. Hebreos no nos dice cómo Jesús fue «hecho semejante a [nosotros] en todo» (2:17) sin caer en la culpa por asociación con Adán. Otros pasajes de la Biblia nos dan pistas. (Cp. Mt 1:18-25 y Lc 1:26-38 con Ro 5:12-21). Hebreos solo nos dice que Jesús era como nosotros y que vivió Su vida humana llena de fe y libre de pecado, con la ayuda del Espíritu Santo (He 2:13; 4:15; 9:14).
La Biblia no solo dice que era apropiado que Jesús fuera perfeccionado, sino que lo fuera ‘por medio de los padecimientos’
En otras palabras, Jesús hizo lo que Adán no logró. Por esta razón, alcanzó la meta de la humanidad. Fue hecho perfecto (5:9). El destino original de la humanidad —superioridad sobre los ángeles, gloria y dominio— es ahora Suyo para siempre (1:5-13; 2:9). Incluso Su cuerpo es ahora «indestructible» (7:16), ya que la perfección elimina incluso la posibilidad de la mortalidad. Es este nuevo estatus, por lo tanto, el que hace que Jesús sea apto para vivir justo donde Dios pretendía que vivieran los seres humanos: en Su presencia para siempre (1:3; 11:16; 12:28).
Pero eso es solo una parte de la historia. Al fin y al cabo, la Biblia no solo dice que era apropiado que Jesús fuera perfeccionado, sino que lo fuera «por medio de los padecimientos» (2:10, énfasis añadido). ¡Es una frase de cinco palabras sin la cual no podemos vivir!
Nuestra perfección
Cuando Jesús entró en la presencia de Dios, lo hizo por delante de nosotros, no en lugar de nosotros. Es como el legendario explorador pionero Daniel Boone, quien allanó el camino para que otros le siguieran. Así es exactamente como Hebreos describe a Jesús (2:10; 12:2). Es también por eso que Hebreos no nos deja olvidar que Jesús no fue simplemente perfeccionado, sino que fue perfeccionado por medio del sufrimiento.
Él corrió Su carrera. Triunfó donde Adán había fracasado. Confió y obedeció hasta el final, hasta la cruz. Y lo hizo todo por nosotros. Su último acto de fe nos ofrece un camino para limpiar nuestros pecados y unirnos a Él en la presencia de Dios.
Hebreos cuenta la historia de este modo: Durante los últimos días de Jesús, Él oró y oró para que Dios lo rescatara de la muerte y recompensara Su vida sin pecado con la perfección. Dios —se nos dice— escuchó la petición de Jesús precisamente por Su «temor reverente» (5:7). Dios escuchó a Jesús porque Jesús escuchó a Dios toda Su vida. Jesús corrió Su difícil carrera y, en el camino, aprendió lo que significaba confiar y obedecer a Dios en las buenas y en las malas. Como resultado, Jesús cruzó la línea de la meta y fue perfeccionado y, al mismo tiempo, se convirtió en la «fuente» de nuestra perfección (5:9). Jesús superó perfectamente Su prueba de fe, ¡y Su prueba superada nos perfecciona a nosotros!
Preciosa perfección
Si Jesús no hubiera sido perfeccionado, entonces nosotros no podríamos ser perfeccionados. No había otra manera de llegar al final de la historia de Dios. Hebreos quiere que veamos esto tan claramente que nos enumera cuatro bienes preciosos que perderíamos si Jesús no hubiera sido perfeccionado.
1. El ejemplo perfecto
En primer lugar, perderíamos nuestro ejemplo perfecto. Si Jesús hubiera venido como un ser humano ya perfeccionado, no podría ser nuestro ejemplo. Su experiencia humana habría sido demasiado diferente de la nuestra como para ser útil. Por eso Jesús vino no solo como alguien aún no perfeccionado, sino también como alguien rebajado, disminuido y restringido. Vino como un ser humano posterior a Adán, posterior a la caída en el pecado, como nosotros.
Si Jesús no hubiera sido perfeccionado, entonces nosotros no podríamos ser perfeccionados. No había otra manera de llegar al final de la historia de Dios
Sí, era sin pecado y sin culpa. Si no lo hubiera sido, Su acto final de obediencia habría carecido de la potencia que nuestros pecados requerían (He 9:14). No obstante, era débil y susceptible al sufrimiento de una manera que Adán antes de la caída —la humanidad «muy buena» de Dios (Gn 1:31)— no lo era (He 2:15, 18; 4:15; 5:7). Amigos, es el ejemplo de Jesús, Su semejanza con nosotros, lo que inspira nuestra carrera de fe. Eso es lo que debe hacer. Jesús es como los increíbles corredores de antaño (11:1-40), solo que mucho mejor (12:1–2).
2. El Sacerdote perfecto
En segundo lugar, perderíamos a nuestro Sacerdote perfecto. Si Jesús no hubiera sido perfeccionado, si no hubiera experimentado nuestra condición humana, no podría ser nuestro sacerdote (2:17-18; 5:1-10). Al fin y al cabo, los sacerdotes son elegidos «de entre» otros como ellos (5:1). ¿De qué otra manera podríamos esperar que pudiera «compadecerse de nuestras flaquezas» (4:15)?
Es también la experiencia sin pecado de Jesús en nuestra condición humana lo que lo califica para un sacerdocio único. Solo un ser humano con una vida indestructible podría ser designado para el sacerdocio supremo y, por lo tanto, proporcionar a Sus semejantes la perfección que otros sacerdotes no podrían (7:11, 16-17; 9:1-10; 10:1-4, 11-14). Debido a que Jesús sufrió sin pecar, debido a que confió y obedeció fielmente hasta la muerte, alcanzó la meta de la humanidad. Su cuerpo se hizo inmortal para siempre, y eso lo calificó para un sacerdocio eterno. Sin embargo, el sufrimiento, el llegar a ser perfecto, fue esencial. Jesús no podría ser el sacerdote que necesitamos sin esto.
3. El mediador perfecto del pacto
En tercer lugar, perderíamos a nuestro mediador perfecto del pacto. Si Jesús no hubiera sido perfeccionado, no podría darnos acceso a las mejores y definitivas promesas de Dios. Es el acto final de fiel obediencia de Jesús lo que desata las promesas que Dios hizo en Su nuevo y definitivo pacto (8:6, 8). Allí Dios prometió abrir un camino para que los seres humanos vivieran con Él para siempre, haciendo por ellos lo que Adán no había hecho. Él prometió escribir la fe y la obediencia perfectas en sus mentes y corazones (8:10). Pero no podía hacer esto sin quitar primero su pecado. La perfección en un mundo posterior a Adán requiere fe, pero también requiere perdón. En el nuevo pacto, Dios provee ambas cosas a través de la muerte llena de fe de Jesús (9:15-28).
La perfección en un mundo posterior a Adán requiere fe y perdón. En el nuevo pacto, Dios provee ambas cosas a través de la muerte llena de fe de Jesús
4. El Rey perfecto
Por último, perderíamos a nuestro Rey perfecto. Si Jesús no hubiera sido perfeccionado, no podría ser nuestro Rey. Como nos dice la carta a los Hebreos, fue la vida de fiel obediencia de Jesús lo que causó Su entronización. «Has amado la justicia y aborrecido la iniquidad; / Por lo cual Dios, Tu Dios, te ha ungido / Con óleo de alegría más que a Tus compañeros» (1:9).
Más adelante, Hebreos llama específicamente la atención sobre el último acto de fiel obediencia de Jesús: «vemos a […] Jesús, coronado de gloria y honor a causa del padecimiento de la muerte» (2:9). Es la muerte de Jesús —Su acto definitivo de fiel confianza en Dios— lo que condujo a Su entronización como nuestro Rey. Es este Rey quien triunfa sobre todos y cada uno de nuestros enemigos (1:13; 10:13), incluido nuestro enemigo supremo, el diablo (2:14-15). Antes de que Jesús fuera perfeccionado, antes de que Jesús muriera, éramos esclavos del rey de la muerte. Pero ahora que Jesús ha muerto, servimos a un Señor nuevo y mejor (13:20).
La buena historia de Dios
Lejos de ser una subtrama vergonzosa en la gran historia de Dios, la perfección de Jesús es el clímax adecuado y sorprendente de la historia. Es la razón por la que podemos llamar buena a la historia de Dios. Es el camino —el único camino— por el que podemos llegar al final de la historia. Cuán preciosa es, en verdad, la perfección de Jesús.
No querríamos que la historia fuera contada de otra manera.
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Jared Compton
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/preciosa-perfeccion-de-cristo/
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