El llamado perro fantasma de la Amazonia existe, tiene nombre científico —Atelocynus microtis— y no acaba de ser descubierto. Tampoco ha regresado de una extinción secreta ni ha aparecido de repente ante una cámara solitaria, como sugieren algunos titulares fabricados con más niebla que selva. Es un cánido salvaje conocido desde el siglo XIX, aunque tan difícil de observar que durante décadas apenas dejó fotografías, ejemplares de museo y testimonios dispersos.
La verdadera noticia es bastante mejor. Una investigación basada en casi un cuarto de siglo de seguimiento ha reunido la mayor colección de registros confirmados de esta especie: 4.635 fotografías correspondientes a 594 encuentros independientes, captados entre 2001 y 2024 en Bolivia y el sureste de Perú. El trabajo indica que el perro de orejas cortas no es tan excepcional como se pensaba en algunos bosques bien conservados. Sigue siendo escaso, esquivo y vulnerable a la destrucción de su hábitat, pero ya no puede considerarse una criatura casi accidental, un borrón oscuro que cruza el sendero una vez cada generación.
El estudio ha permitido saber a qué horas se mueve, qué tipo de bosque prefiere y dónde resulta más probable encontrarlo. También ha producido una cifra llamativa: alrededor de 15 individuos por cada 100 kilómetros cuadrados en hábitats adecuados. Conviene ponerle freno al entusiasmo. No significa que los investigadores hayan contado quince animales dentro de cada cuadrícula amazónica. Es una estimación extrapolada mediante la comparación entre las capturas fotográficas del perro de orejas cortas y las del ocelote, una especie mejor estudiada.
La Amazonia, como suele ocurrir, no ha entregado todos sus secretos. Apenas ha levantado una esquina de la alfombra.
El animal que estaba allí aunque nadie lograra verlo
El perro de orejas cortas recibe numerosos nombres según el país y la comunidad: perro de monte, zorro negro, zorro ojizarco, atelocino o perro amazónico. El apodo de perro fantasma no procede de ninguna capacidad sobrenatural, sino de su facilidad para desaparecer en un entorno donde la vegetación parece tragarse hasta el sonido.
Tiene aproximadamente el tamaño de un perro doméstico mediano, con un peso cercano a los diez kilos. Su cuerpo es compacto, las patas son relativamente cortas y la cabeza, grande y algo afilada, recuerda de lejos a la de un zorro. Las orejas son pequeñas, redondeadas y pegadas al cráneo. De ahí su nombre. El pelaje puede variar entre el gris oscuro, el negro parduzco y los tonos rojizos; la cola es larga, espesa y tan baja que a menudo roza el suelo húmedo.
Sus dedos están parcialmente unidos por membranas, una característica singular entre los cánidos amazónicos. Esa anatomía ha alimentado la idea de que se desenvuelve bien en zonas húmedas y puede nadar con soltura, aunque la investigación dibuja un animal menos dependiente de ríos y pantanos de lo que podría sugerir su aspecto. En las áreas estudiadas mostró una preferencia clara por los bosques de tierra firme, alejados de las grandes orillas y de las superficies abiertas.
No es un perro doméstico que haya vuelto a la vida salvaje. Pertenece a una línea evolutiva propia y es la única especie del género Atelocynus. La Amazonia alberga otro cánido poco conocido, el perro vinagre o perro de monte de la especie Speothos venaticus, pero ambos son animales distintos. Confundirlos resulta fácil en una fotografía borrosa y bastante más difícil cuando una cámara consigue retratarlos desde varios ángulos.
También puede confundirse con el zorro cangrejero, especialmente allí donde coinciden bosques y sabanas. Los propios investigadores descartaron más de doscientos testimonios locales y respuestas recogidas mediante cuestionarios porque no podían excluir una identificación errónea. Una precaución sensata. En biología, un relato convincente no equivale a una prueba, por mucho que quien lo cuente jure haber visto al animal a tres pasos.
Casi 25 años de cámaras escondidas en el bosque
La investigación fue dirigida por Robert B. Wallace junto con Guido Ayala, Maria Viscarra y Zulia Porcel, vinculados a la Wildlife Conservation Society. El equipo recopiló 500 registros de distribución en Bolivia y examinó los resultados de 34 campañas intensivas con cámaras trampa realizadas en 23 zonas diferentes.
El territorio estudiado incluye las tierras bajas del gran paisaje Madidi-Tambopata, entre el noroeste de Bolivia y el sureste de Perú, y el paisaje biocultural de los Llanos de Moxos, en el norte boliviano. No se trata, por tanto, de un censo completo de toda la Amazonia. Brasil, Colombia y Ecuador también forman parte de la distribución conocida de la especie, pero las conclusiones más sólidas corresponden a los paisajes analizados.
Las campañas sumaron unas 65.300 noches de seguimiento. Una noche de cámara trampa equivale a mantener un dispositivo operativo durante 24 horas en un punto determinado. Multiplicar estaciones, días y lugares permite detectar animales que rara vez se dejan ver por personas. La cámara no carraspea, no pisa ramas y no pierde la paciencia. Espera.
Muchas de aquellas instalaciones habían sido colocadas originalmente para estudiar jaguares. Los investigadores buscaban huellas, caminos y pasos probables, separando los puntos entre sí para cubrir superficies que llegaron a superar los 400 kilómetros cuadrados. Las cámaras se situaban a unos 40 o 50 centímetros del suelo y funcionaban día y noche.
Hay un detalle casi novelesco. A partir de 2011, algunas estaciones utilizaron como reclamo olfativo perfumes como Chanel Nº 5 y Calvin Klein Obsession. Fragancias urbanas y caras, plantadas entre barro, hojas podridas y mosquitos. El contraste parece escrito por un publicista con fiebre, pero los aromas intensos y persistentes se han empleado en estudios de grandes felinos y otros mamíferos para aumentar el tiempo que pasan frente al objetivo.
Las cámaras no solo confirmaron la presencia del perro de orejas cortas. También mostraron dónde no aparecía. De los 23 lugares examinados, fue registrado en once; estuvo presente en 21 de las 34 campañas. El resultado no autoriza a declarar vacías las zonas sin fotografías, porque un animal puede vivir en un área y no cruzarse jamás ante un sensor. Precisamente por eso los científicos emplean modelos de ocupación: intentan distinguir entre ausencia real y falta de detección.
Un fantasma que prefiere trabajar de día
La imagen romántica de una criatura nocturna, silenciosa y de ojos encendidos tampoco encaja del todo. El 72 % de los registros correspondió a actividad diurna. Otro 22 % se produjo durante la noche, mientras que el resto se repartió entre el amanecer y el crepúsculo.
Su actividad se concentró especialmente entre las seis de la mañana y el mediodía. Después descendía, aunque continuaba hasta las primeras horas de la noche. Entre las ocho de la tarde y las cuatro de la madrugada, el movimiento registrado fue muy bajo.
Este horario ayuda a comprender por qué ha permanecido tan oculto pese a no ser estrictamente nocturno. Vive en una selva cerrada, evita los espacios despejados, posee buen oído y olfato y rara vez tiene motivos para acercarse a asentamientos humanos. Puede estar despierto bajo el sol y continuar siendo invisible. En un bosque amazónico, el día no significa claridad; bajo el dosel, la luz cae rota, verdosa, como si atravesara varias capas de agua.
El dato que cambia su fama de animal casi mítico
Los 594 registros independientes permitieron calcular índices de abundancia relativa. Según las distintas campañas, las cámaras obtuvieron entre 0,18 y 2,4 encuentros por cada cien noches de funcionamiento. La variación fue considerable: algunas zonas ofrecieron imágenes frecuentes durante ciertos años y otras apenas dejaron unas pocas.
Al comparar esos índices con los del ocelote, los investigadores estimaron que el perro de orejas cortas podía alcanzar una densidad media aproximada de 15 individuos por cada 100 kilómetros cuadrados. Dicho de otra manera, en los mejores hábitats podría ser menos raro de lo que indicaban las observaciones humanas.
Por qué la cifra de 15 animales debe leerse con cuidado
No hubo quince collares GPS siguiendo a quince animales dentro de una superficie cerrada, ni un recuento individual basado en manchas, cicatrices o rasgos inequívocos. A diferencia de un jaguar, cuyo pelaje permite reconocer ejemplares concretos, los perros de orejas cortas fotografiados no siempre pueden diferenciarse unos de otros.
La cifra surge de una extrapolación comparativa con el ocelote. Los autores comprobaron que el índice medio de registros del cánido equivalía aproximadamente a una cuarta parte del obtenido para ese felino y aplicaron esa proporción sobre densidades de ocelotes calculadas previamente en algunas zonas.
Es una aproximación útil, pero no una matrícula de habitantes. Las cámaras, además, habían sido distribuidas en buena medida pensando en jaguares y algunas se colocaron junto a playas fluviales. El perro de orejas cortas mostró la tendencia contraria: el 98,3 % de sus encuentros independientes ocurrió en estaciones situadas dentro del bosque. El diseño original probablemente no era el más favorable para detectarlo y podría haber infravalorado su presencia.
De ahí que el titular correcto no sea que la Amazonia está llena de perros fantasma. El hallazgo indica que, en determinados bosques continuos de Bolivia y Perú, la especie parece más abundante de lo supuesto, aunque permanece por debajo de carnívoros medianos como el ocelote. Puede superar en número a grandes depredadores como el jaguar, algo poco sorprendente desde el punto de vista ecológico: los animales grandes necesitan territorios mayores, más alimento y poblaciones naturalmente más pequeñas.
Comparar ambas especies sin este contexto sería como anunciar que en una ciudad hay más zorros que osos y presentarlo como un vuelco del orden natural. Lo extraño sería lo contrario.
El bosque intacto explica dónde se escondía
La parte más relevante de la investigación no es la fotografía más nítida ni el apodo atractivo. Es la relación entre el animal y el paisaje. Los modelos mostraron una asociación positiva con la cantidad de bosque conservado alrededor de las cámaras y una relación negativa con la presencia de bordes, claros y fragmentación.
También aumentaba la probabilidad de ocupación al alejarse de los ríos principales, de algunos asentamientos humanos y de instalaciones turísticas. El perro de orejas cortas parece preferir el bosque de tierra firme: terrenos amazónicos que no se inundan de manera habitual y conservan una cubierta vegetal densa.
Eso aclara parte del supuesto misterio. Las expediciones humanas, los poblados y las rutas de transporte tienden a concentrarse en los ríos. El animal, en cambio, utiliza sobre todo el interior forestal. Durante décadas, observadores y perro fantasma podían compartir una misma región sin frecuentar los mismos pasillos.
Dentro del conjunto estudiado, los registros fueron mucho más numerosos en áreas protegidas superpuestas con territorios indígenas y en parques nacionales. Los autores no encontraron imágenes confirmadas fuera de unidades sometidas a alguna figura de conservación, aunque ese dato debe interpretarse dentro del diseño de muestreo y no como prueba de una ausencia absoluta.
Sí refuerza una evidencia conocida: la continuidad del bosque importa. No basta con conservar pequeñas manchas verdes separadas por carreteras, explotaciones agrícolas o áreas quemadas. Una especie especializada puede sobrevivir durante un tiempo en fragmentos, pero pierde movilidad, alimento, refugio y posibilidades de reproducción. El mapa continúa coloreado de verde; por debajo, el ecosistema ya funciona como un archipiélago.
El trabajo concluye que harán falta grandes superficies forestales conectadas para mantener poblaciones viables a largo plazo. Las áreas protegidas resultan decisivas, pero también la gestión de los territorios indígenas, que en muchas zonas han frenado la pérdida de cubierta vegetal mejor que las promesas solemnes pronunciadas lejos de la selva.
Más fotografías no significan que esté fuera de peligro
La especie figura globalmente como Casi Amenazada y su población se considera en descenso. Esa clasificación no queda anulada porque las cámaras hayan conseguido cientos de imágenes. Ser menos raro de lo pensado no equivale a estar seguro.
La pérdida y fragmentación de la selva siguen siendo sus principales amenazas. A ellas se suman la construcción de carreteras y presas, los incendios, la reducción de presas silvestres y el avance de actividades agropecuarias. Investigaciones anteriores han proyectado que una parte considerable de su área adecuada puede perderse o deteriorarse gravemente por la deforestación. Son modelizaciones basadas en escenarios, no una fotografía exacta de cada rincón de la selva, pero la dirección del riesgo continúa siendo clara.
Existe otro peligro menos visible: las enfermedades transmitidas por perros domésticos. El moquillo y el parvovirus pueden penetrar en áreas forestales acompañando a poblaciones humanas, cazadores o animales de compañía. Los investigadores consideran posible que algunos cambios temporales observados en la abundancia del perro de orejas cortas estén relacionados con estos patógenos, aunque todavía no hay pruebas suficientes para establecer una causa directa.
Su alimentación tampoco está completamente descrita. Los registros disponibles muestran una dieta oportunista que incluye pequeños vertebrados, peces, invertebrados, frutos y carroña. Se lo considera fundamentalmente solitario, pero quedan lagunas sobre la reproducción, el tamaño de sus territorios, la crianza y las diferencias entre poblaciones.
Esa ignorancia tiene consecuencias prácticas. Resulta complicado proteger a una especie cuando no se sabe cuántos ejemplares existen, cuánto espacio necesita una hembra con crías o qué barreras impiden el contacto entre grupos. Las fotografías han abierto una ventana; detrás todavía queda una habitación a oscuras.
La selva convierte en fantasma a quien sabe evitarla
El perro de orejas cortas no ha dejado de ser misterioso. Simplemente ha pasado de ser una presencia casi legendaria a convertirse en un animal que puede estudiarse con datos acumulados, modelos de ocupación y miles de imágenes. Es un avance considerable, aunque menos cinematográfico que el relato de una criatura perdida que reaparece ante una cámara.
La investigación demuestra también algo incómodo: a menudo llamamos raro a lo que no sabemos observar. Durante años, las expediciones caminaron por riberas, senderos y puntos accesibles mientras este cánido recorría el interior del bosque, generalmente de día y lejos del ruido humano. No estaba ausente. Estábamos mirando en otra dirección.
Las cámaras trampa han corregido ese sesgo. Han mostrado un animal de pelaje oscuro, orejas diminutas y cola barrendera que cruza el encuadre sin ceremonia. Ni monstruo ni mascota exótica. Un depredador mediano, especializado, discreto.
Su aparente abundancia ofrece una noticia moderadamente buena, no una absolución. Allí donde el bosque intacto permanece continuo, el perro fantasma parece resistir mejor de lo esperado. Donde el dosel se rompe, el margen se estrecha. La paradoja cabe en una sola imagen: cuanto más claramente logramos verlo, más evidente resulta que su futuro depende de conservar los lugares donde puede seguir ocultándose.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/que-animal-perro-fantasma-amazonia/
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