
Florida no está sufriendo una epidemia descontrolada de lepra, pero sí un aumento poco habitual que merece atención. El estado cerró 2025 con 36 diagnósticos, la cifra anual más alta de su serie reciente, y hasta finales de julio de 2026 había confirmado otros 17 casos. Siete se localizaron en el centro de Florida, la zona donde la enfermedad lleva años apareciendo con mayor frecuencia.
El repunte parece estar relacionado con una combinación incómoda: transmisión local, mayor capacidad médica para reconocer una enfermedad rara y posible exposición a armadillos de nueve bandas, animales que pueden portar la bacteria. Aun así, el riesgo para la población general sigue siendo bajo. La lepra se contagia con dificultad, cerca del 95% de las personas posee inmunidad natural y existe un tratamiento antibiótico capaz de curarla. No, Florida no ha amanecido convertida en una ilustración medieval.
La noticia importa por otro motivo. De los 36 casos registrados durante 2025, 27 fueron considerados adquiridos dentro de Florida, sin que el contagio pudiera atribuirse simplemente a viajes o residencias anteriores en países donde la enfermedad es más frecuente. Esa proporción refuerza una sospecha que los especialistas manejan desde hace años: la enfermedad de Hansen se habría asentado de forma limitada en determinadas áreas del sureste estadounidense.
Florida encadena dos años fuera de lo habitual
La lepra, cuyo nombre médico es enfermedad de Hansen, está causada principalmente por la bacteria Mycobacterium leprae. Ataca sobre todo la piel y los nervios periféricos; también puede afectar a los ojos y a la mucosa nasal. Sin tratamiento, el daño nervioso provoca pérdida de sensibilidad, debilidad muscular y lesiones que el paciente puede no notar porque, sencillamente, dejan de doler.
En Estados Unidos sigue siendo una infección rara. Se diagnostican hasta 225 casos al año en todo el país. La mayoría han estado vinculados históricamente a personas que vivieron en regiones con mayor presencia de la bacteria, como Brasil, India o Indonesia. Florida está alterando parcialmente ese patrón: aparecen más pacientes nacidos o residentes de larga duración en el estado, sin viajes recientes ni contactos claros con personas infectadas.
El centro de Florida lleva tiempo bajo la lupa. Una investigación científica publicada en 2023 señaló que esa región concentraba el 81% de los casos floridanos analizados y cerca de una quinta parte de los comunicados en todo Estados Unidos. El estudio no hablaba de una oleada explosiva, sino de algo más silencioso: una infección rara que podría estar circulando de forma estable y pasando inadvertida durante años.
Las cifras de 2026 todavía no permiten saber cómo terminará el año. Los 17 diagnósticos acumulados hasta finales de julio están por debajo de los 36 de 2025, aunque mantienen la actividad por encima de lo que cabría esperar para una enfermedad tan infrecuente. También conviene recordar que estos registros pueden modificarse cuando concluyen las investigaciones epidemiológicas. En salud pública, el dato provisional suele llegar con barro en los zapatos.
El armadillo entra en escena, pero no firma todos los casos
El principal sospechoso animal es el armadillo de nueve bandas, una especie extendida por el sur de Estados Unidos. Algunos ejemplares están infectados de forma natural con la misma bacteria que causa la lepra en humanos y pueden transmitirla, sobre todo cuando una persona los toca, los captura, los manipula muertos o mantiene un contacto frecuente con lugares donde excavan.
La relación no es una ocurrencia reciente. Estudios genéticos han encontrado cepas de Mycobacterium leprae prácticamente idénticas en pacientes y armadillos de determinadas zonas del sur estadounidense. La transmisión zoonótica está reconocida, aunque el riesgo individual es muy reducido y la inmensa mayoría de quienes ven o incluso rozan uno de estos animales nunca desarrollará la enfermedad.
En Florida, algunos médicos han atendido a pacientes que habían sostenido armadillos, manipulado ejemplares muertos o trabajado en jardines con madrigueras próximas. Otros enfermos, sin embargo, no recordaban ningún contacto semejante. El animal encaja en parte del puzle, no en todas sus piezas. Culparlo de cada diagnóstico sería cómodo, incluso vistoso, pero científicamente flojo.
Un reservorio animal y una pista ambiental
La investigación también observa el suelo húmedo. La bacteria podría sobrevivir temporalmente fuera de un huésped, especialmente en ambientes cálidos y mojados como los del centro de Florida. Algunos pacientes diagnosticados trabajaban en jardinería, construcción o mantenimiento de espacios exteriores, aunque todavía no se ha demostrado que remover tierra sea por sí solo una ruta frecuente de contagio.
Las autoridades sanitarias aconsejan evitar tocar armadillos, vivos o muertos, y utilizar guantes al trabajar con tierra, especialmente si hay cortes o heridas en las manos. Son precauciones sencillas, no una orden de encerrarse en casa cada vez que algo cruje entre los arbustos. Los armadillos no persiguen humanos ni convierten un jardín en una zona contaminada por definición.
También se estudia la posibilidad de que existan reservorios ambientales aún mal conocidos. Algunos casos floridanos no presentaban viajes, convivencia prolongada con enfermos ni contacto identificado con animales. La incubación extraordinariamente larga dificulta reconstruir lo ocurrido: entre la exposición y los primeros síntomas pueden transcurrir años, en ocasiones hasta dos décadas.
Cómo se contagia realmente la enfermedad de Hansen
La principal vía conocida entre personas exige un contacto estrecho, repetido y prolongado con alguien que tenga lepra sin tratar. Se cree que la bacteria sale a través de secreciones respiratorias y alcanza a otra persona después de exposiciones continuadas durante meses. Una conversación, un apretón de manos, compartir una mesa o sentarse junto a un paciente no bastan.
Tampoco se transmite mediante relaciones sexuales ni pasa de una mujer embarazada al feto. Quienes reciben el tratamiento adecuado dejan de representar el mismo riesgo de contagio, pueden convivir con sus familias y continuar su vida laboral. La vieja imagen del enfermo apartado del mundo pertenece a una historia de miedo, desconocimiento y crueldad institucional, no a la medicina contemporánea.
La palabra “lepra” conserva una potencia cultural que los números no tienen. Evoca campanas, lazaretos, cuerpos expulsados de las ciudades. Esa carga explica por qué unos pocos casos en un estado con más de 23 millones de habitantes generan titulares internacionales. La vigilancia está justificada; el pánico, no. No existe evidencia de una propagación rápida entre la población floridana ni de un contagio fácil en playas, hoteles, aeropuertos o espacios públicos.
El aumento puede reflejar, además, una detección más eficaz. Durante mucho tiempo, muchos médicos estadounidenses apenas veían la enfermedad en su práctica profesional. Una mancha cutánea sin sensibilidad podía confundirse con dermatitis, una infección por hongos, psoriasis o una neuropatía. Cuando los profesionales empiezan a buscar una patología, aparecen casos que antes habrían tardado mucho más en recibir nombre.
Síntomas y tratamiento: la lentitud es el verdadero problema
Los primeros signos suelen ser manchas claras, rojizas u oscuras con sensibilidad reducida. También pueden surgir nódulos, piel seca y engrosada, úlceras indoloras en los pies, caída de cejas o pestañas y hormigueo en manos y piernas. En fases avanzadas aparecen nervios agrandados, debilidad muscular, parálisis y problemas oculares.
La falta de dolor resulta engañosa. Una persona puede quemarse, cortarse o caminar sobre una herida sin advertirlo porque los nervios ya no transmiten bien la señal. Las deformidades históricamente asociadas a la lepra no proceden de que los dedos “se caigan”, como todavía repite cierta mitología popular, sino de lesiones, infecciones secundarias y daños musculares acumulados en zonas que han perdido sensibilidad.
El diagnóstico combina exploración clínica y análisis de una muestra de piel o nervio. Los especialistas buscan la bacteria mediante microscopía, pruebas moleculares y biopsias. Detectarla pronto evita que las lesiones neurológicas se vuelvan irreversibles.
Una infección que puede tardar años en aparecer
La bacteria crece despacio. Muchísimo. Los síntomas pueden manifestarse varios años después del contagio y, en casos excepcionales, tardar hasta 20 años. Esa incubación prolongada convierte cada investigación epidemiológica en una arqueología personal: recordar viajes, trabajos, animales, viviendas y contactos de hace una década no es precisamente sencillo.
El tratamiento emplea una combinación de antibióticos y puede prolongarse entre uno y dos años, según la forma y extensión de la enfermedad. Completado correctamente, cura la infección. Lo que no siempre puede reparar es el daño nervioso previo, de ahí la importancia de reconocer pronto las manchas sin sensibilidad y las alteraciones persistentes en manos o pies.
No existe una recomendación para que cualquier persona que haya visitado Florida se someta a pruebas. El periodo de incubación es largo, la transmisión es difícil y el riesgo turístico ordinario es ínfimo. La consulta médica cobra sentido cuando aparecen lesiones cutáneas persistentes con pérdida de sensibilidad, especialmente en personas que han vivido durante años en áreas afectadas, han manipulado armadillos o han mantenido contacto prolongado con un enfermo sin tratar.
Florida vigila una enfermedad rara, no una peste medieval
El récord de 36 casos de 2025 y los 17 contabilizados hasta finales de julio de 2026 confirman que Florida atraviesa una situación epidemiológica inusual, especialmente en su franja central. También indican que una parte relevante de las infecciones se origina dentro del propio estado. Son hechos que justifican vigilancia, formación médica y más investigación sobre animales, suelo y otras posibles vías ambientales.
No demuestran, en cambio, que exista una epidemia de fácil transmisión ni que los armadillos sean responsables automáticos de todos los casos. La enfermedad de Hansen continúa siendo poco común, difícil de contagiar y curable. Las cifras exigen atención sanitaria, no una reedición tropical de los miedos de la Edad Media.
La lepra ha regresado a los titulares porque reúne todos los ingredientes que excitan al algoritmo: una enfermedad antigua, un animal extraño y una palabra cargada de siglos de terror. Debajo del decorado hay una realidad menos cinematográfica, aunque relevante: una infección local rara que está siendo detectada con mayor frecuencia y cuya ecología todavía no se comprende del todo. Conviene vigilarla con seriedad. Sin campanas, sin estigmas y sin convertir unos pocos diagnósticos en el Apocalipsis.
Publicado por: Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/vuelve-la-lepra-a-florida/
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