
El pasado fin de semana, nuevamente el dolor tocó las puertas de nuestros territorios.
El Cauca y el Valle del Cauca se vistieron de luto.
Familias enteras quedaron atravesadas por la ausencia, por la incertidumbre, por esa pregunta que nunca debería existir: ¿por qué?
En medio de este escenario, muchas personas me han preguntado:
—¿Vas a seguir escribiendo Cali en positivo?
Y mi respuesta ha sido, es y seguirá siendo: sí.
No desde la negación.
No desde la ingenuidad.
No desde el intento de tapar el sol con un dedo.
Sino desde la convicción inquebrantable de que darle voz a la esperanza también es una forma de resistencia.
Hoy más que nunca elijo ser como la abeja.
Salir, incluso en medio de la tormenta, a buscar el néctar…
Esparcirlo, Transformarlo y Compartirlo.
Porque lo fácil (lo inmediato) es hacer eco del miedo.
Lo automático es repetir la violencia.
Lo viral es amplificar el dolor.
Pero lo necesario…
lo urgente…
es recordar que somos más los que construimos que los que destruyen.
El rostro que no siempre se ve.
En cada rincón del suroccidente colombiano hay una historia que no abre titulares, pero sostiene la vida.
Está la madre que, a pesar del miedo, sigue levantándose a preparar el desayuno de sus hijos.
Está el conductor que decide manejar con prudencia, cuidando vidas que no conoce.
Está el joven que, en lugar de tomar el camino fácil de la violencia, elige estudiar, trabajar, soñar.
Está el vecino que comparte lo poco que tiene, porque entiende que nadie se salva solo.
Esa es la Colombia que no grita, pero permanece.
La Colombia que no hace ruido, pero sostiene.
La Colombia que no se rinde.
No negamos el dolor, lo transformamos.
Ser “Cali en positivo” no es cerrar los ojos ante la realidad.
Es abrirlos con más profundidad.
Es reconocer que sí, hay inseguridad.
Sí, hay violencia.
Sí, hay heridas abiertas que aún duelen.
Pero también es afirmar, con la misma firmeza:
hay solidaridad, hay resiliencia, hay humanidad.
Y esa humanidad…
no puede quedar relegada al silencio.
Porque cuando solo contamos lo negativo, no estamos informando:
estamos moldeando la percepción de lo que somos.
Y nosotros no somos solo tragedia.
Somos también abrazo, reconstrucción, esperanza.
Elegir la esperanza es un acto valiente.
Seguir escribiendo en positivo, en este contexto, no es una decisión editorial. Es una postura ética.
Es decirle a una región herida:
“Te veo. Te reconozco. Pero también creo en ti.”
Es negarse a convertirse en eco de la desesperanza.
Es construir, palabra a palabra, una narrativa distinta.
Porque la paz no comienza únicamente en los acuerdos.
La paz comienza en la forma en que hablamos de nosotros mismos.
Hoy más que nunca
Hoy más que nunca necesitamos unirnos.
No desde el miedo…
sino desde la solidaridad.
Hoy más que nunca debemos recordar que el dolor del otro también nos pertenece.
Que cada vida perdida no es una cifra… es una historia.
Y hoy más que nunca, debemos sostener la certeza de que:
la gente buena del suroccidente colombiano, somos más. Muchos más.
Una decisión que no cambia.
Por eso, a quienes me preguntan si continuaré con Cali en positivo, les respondo con el corazón en la mano:
Seguiré.
Seguiré siendo abeja en medio del ruido.
Seguiré buscando el néctar, incluso cuando parezca escaso.
Seguiré creyendo, escribiendo, visibilizando.
Porque mientras exista una sola historia de bondad,
una sola acción de solidaridad,
una sola persona que decida hacer lo correcto…
habrá razones para contar lo positivo.
Y yo…
no voy a dejar de hacerlo.
NO SOMOS SOLO LO QUE NOS DUELE. SOMOS TAMBIEN LO QUE CONSTRUYE.
«¿Por qué te abates, oh alma mía, Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío». Salmo 42,11 (RVR1960)
ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
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