
Nuestra América Latina tiene en su historia escabrosos episodios en los que el interés nacional y el respeto a nuestra historia y cultura comunes se han visto pisoteados y usurpados por las decisiones oportunistas, politiqueras, coyunturales y muy cuestionables de algunos de sus caudillos de diversos pelambres.
En nuestro pasado aparecen episodios como la vergonzosa guerra entre dos naciones centroamericanas luego de una disputa futbolística. Guerras de conquista, aniquilación y aplastamiento como fue la famosa guerra del Chaco. Las guerras, quiérase o no, siempre dejan cicatrices que con gran facilidad se abren, revelando heridas persistentes que curaron en falso. El conflicto pasa, pero el resentimiento queda como una onerosa carga que limita y entorpece El Progreso y el apoyo mutuo entre naciones hermanas.
La mediocridad e ineptitud de muchos de nuestros líderes y caudillos se revela en la forma desmañada y fácil como cazan peleas torpes y ridículas, como intentan sobornar a la opinión pública haciendo llamados a un patrioterismo de pacotilla.
Algo así podría estar pasando hoy mismo, ante nuestras narices, con la relación entre Colombia y la hermana República de El Ecuador.
No hace muchos días fuimos sorprendidos por las declaraciones del presidente de esa querida nación, Daniel Noboa, un tipo que ni siquiera nació en la hermana República, sino en los EEUU, en el seno de una familia de rancio abolengo latifundista y bananero (Y con sospechas fundadas de vínculos con la exportación a la metrópoli del norte de alcaloides camuflados en cargamentos de fruta).
En su narrativa sorprendente el señor Daniel Noboa, sobre cuya elección pesan bastantes sospechas de fraude e intervención extranjera, declaraba que decidía imponer tarifas arancelarias a los productos que su país importa desde Colombia. Justificaba su decisión asegurando que, según él, acogiendo un discurso tendencioso y falso de la derecha colombiana, Colombia no actuaba con la suficiente diligencia en el combate al narcotráfico y a los grupos violentos en la frontera común entre los dos países.
Nada más contraevidente. Las cifras que la colaboración entre los dos países ha registrado, revelan la captura de decenas de delincuentes, la destrucción de centenares de laboratorios para el procesamiento de la coca y la confiscación de volúmenes históricos de drogas, tal como lo revelaron tanto el ministro de defensa como el presidente de Colombia.
Sin embargo, lo que parecía un mal chiste se demostró como una lamentable realidad cuando, luego de una respuesta proporcional del gobierno colombiano ante la poca disposición a dialogar de su contraparte ecuatoriana, la respuesta de ese país escaló, escaló y sigue escalando: Ayer, 9 de abril, el gobierno ecuatoriano anunció el aumento de los aranceles hacia nuestros productos de exportación hasta la inusitada cifra del 100% y el llamado a consultas de su representación diplomática. Petro ripostó en forma complementaria y llamó a la representación diplomática de Colombia a regresar al país.
El estilo de Noboa se parece mucho al de su admirado correligionario y compatriota Donald Trump: Es una retórica agresiva, amenazante, abusiva que pasa olímpicamente por encima de normas, convenciones y evidencias.
Las guerras entre hermanos, esos escalamientos irresponsables que solo tienden a acentuarse y pueden pasar, como lo ha demostrado el señor Trump del arancel al gatillo, no conducen a nada bueno, son inútiles y contraproducentes. Corroen la confianza, coartan la inversión, dañan la amistad y los negocios.
No hay vencedores ni vencidos, sólo damnificados y tristemente siempre entre los más vulnerables.
Noboa no es Trump y Ecuador dista mucho de ser EEUU. Nuestros pueblos, nuestros problemas, nuestras aspiraciones, esperanzas, cultura y sueños son demasiado parecidos. Pelear entre nosotros es como hacerse muecas en el espejo. Hay que parar este pugilato y hacerlo pronto, antes de que lleve a situaciones más difíciles, irreversibles y costosas.
CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.
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