
Aristóteles escribió que todos los seres humanos desean conocer por naturaleza. La afirmación, lejos de envejecer, se ha fortalecido con el tiempo. Para su maestro, Platón, ese impulso tenía incluso una dimensión pasional, una suerte de impulso erótico orientado hacia la verdad.
En ambos casos, el punto de partida era el mismo: el asombro.
Ese asombro —tan antiguo como persistente— encuentra una imagen precisa en una leyenda quien habría caído en un pozo por caminar distraído mientras observaba los astros. La escena, probablemente apócrifa, encierra sin embargo una verdad profunda: la tensión entre lo inmediato y lo trascendente.
Mientras una joven tracia se reía de su descuido, el sabio encarnaba esa forma de ensimismamiento que siglos más tarde describiría José Ortega y Gasset. No es casual que ese mismo hombre fuera capaz de anticipar un eclipse: en la distracción aparente también habita el conocimiento.
A lo largo de los siglos, entre guerras, descubrimientos y revoluciones, la humanidad no dejó de mirar hacia arriba. Comprender el cielo fue, durante mucho tiempo, una forma de comprenderse a sí misma.
Pero ese camino nunca fue lineal ni seguro: implicó desafiar creencias, enfrentar resistencias y, en más de una ocasión, arriesgar la vida. El saber, lejos de ser un acto pasivo, ha sido siempre una forma de coraje.
La Luna, en ese recorrido, funcionó como horizonte y promesa. Ni inalcanzable ni cercana del todo, se convirtió en el símbolo de una frontera posible. Hoy, la misión Artemis II reactualiza ese impulso. Sus astronautas no descenderán sobre la superficie lunar, pero volverán a situarse en ese umbral que la humanidad no cruza desde hace medio siglo. No es un regreso nostálgico, sino una reafirmación: todavía sabemos mirar más allá.
En un presente marcado por la incertidumbre, la desigualdad y la fragilidad de nuestras propias construcciones, ese gesto adquiere un valor particular. Porque explorar no nos aleja de lo humano: nos define.
En la voluntad de comprender, de anticipar y de ir más lejos persiste una de nuestras mejores posibilidades.Tal vez por eso, incluso cuando todo parece desmoronarse, seguimos preguntando. Y si Platón no se equivocaba, en ese impulso no solo hay curiosidad, sino también una forma de buscar el bien, la verdad y la belleza.
Maria Arismendi
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/el-asombro-que-nos-empuja-hacia-la-luna-id191315/
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