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Costa Rica dio un giro de alto voltaje en su política exterior al anunciar el cierre de su embajada en Cuba y ordenar la salida de la mayor parte del personal diplomático cubano acreditado en San José, en una decisión que sacude la relación bilateral y eleva la tensión política en la región.
El presidente Rodrigo Chaves confirmó que su gobierno pondrá fin a la representación diplomática costarricense en La Habana y dejó clara la posición de su administración frente al sistema político cubano. “Costa Rica no reconoce la legitimidad del régimen comunista de Cuba en vista del maltrato, la represión y las condiciones indignas en que tienen a los habitantes de esa isla hermosa”, afirmó el mandatario, de acuerdo con reportes difundidos por AFP.
La decisión también incluye la solicitud formal para que Cuba retire a sus diplomáticos en Costa Rica, con excepción del personal consular. Según explicó Chaves, los funcionarios deberán abandonar el país antes de que termine el mes, mientras se mantendrían los servicios consulares para atender a cerca de 10.000 ciudadanos cubanos que residen en territorio costarricense.
El canciller Arnoldo André Tinoco ya había anticipado la medida al comunicar el cierre de la misión diplomática costarricense en la isla y la reducción de la presencia oficial cubana en San José. Con este paso, el gobierno de Chaves marca una ruptura política abierta con La Habana y endurece el tono frente a un régimen al que acusa de represión sistemática y deterioro sostenido de las condiciones de vida de la población.
La reacción de Cuba no se hizo esperar. La cancillería de la isla calificó la medida de arbitraria y aseguró que responde a presiones de Estados Unidos. En un comunicado, el gobierno cubano sostuvo que Costa Rica se suma una vez más a la ofensiva impulsada por Washington para profundizar el aislamiento internacional de la isla.
El movimiento de San José se produce en un contexto especialmente delicado para Cuba, golpeada por una crisis interna persistente, crecientes cuestionamientos por la situación de los derechos humanos y una presión externa cada vez más visible. También coincide con recientes fricciones diplomáticas en América Latina, donde algunos gobiernos han endurecido su postura frente a La Habana en medio de acusaciones de injerencia y del deterioro político y económico que atraviesa el país caribeño.
En ese escenario, la decisión costarricense no solo redefine la relación con Cuba, sino que envía una señal política de alcance regional. El cierre de la embajada en La Habana y la expulsión de diplomáticos cubanos colocan a Costa Rica en una línea de confrontación directa con el gobierno de la isla y consolidan un mensaje que apunta más allá del plano bilateral: la voluntad de desconocer, sin ambigüedades, la legitimidad del régimen comunista cubano.
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REDACCIóN COLOMBIA
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