
Si pudiéramos traer al apóstol Pablo a nuestro tiempo y verle caminar por nuestras ciudades, una de las cosas que más le impactaría sería la forma en que los cristianos vivimos separados unos de otros. Le imaginamos recorriendo una calle donde se alzan iglesias católicas, ortodoxas, evangélicas y pentecostales, todas confesando a Jesús como Señor, pero sin apenas mirarse, sin reconocerse, sin cruzar palabra.
Su reacción no sería indiferente. Reconoceríamos en él la misma carga que atraviesa sus cartas: una mezcla de asombro, dolor y urgencia pastoral. “¿Está dividido Cristo?”, preguntaba a los Corintios. Y esa misma pregunta parecería resonar de nuevo en sus labios, esta vez dirigida a nosotros. Esta es una idea que ha explorado el académico del Nuevo Testamento, N. T. Wright, quien sugiere que si Pablo regresara hoy no solo se sorprendería de la división entre los cristianos, sino también de nuestra aparente indiferencia hacia ella. Porque si hubo un tiempo en la historia donde la diversidad cultural, las prácticas y las expresiones de fe formaban un gran mosaico vivo, fue precisamente el del propio Pablo: comunidades llenas de matices, lenguas, culturas y formas distintas de seguir a Jesús, pero unidas en torno a Él como Señor.
En el principio… la unidad
En 1981, mis hermanos mayores decidieron ir a vivir a un pueblo de Burgos para formar parte de una comunidad cristiana —o como decían mis padres, una especie de comuna hippy bastante peculiar— que tenía algo profundamente atractivo: una compasión real por quienes lo habían perdido todo y buscaban una salida. Aquella comunidad, con todas sus imperfecciones y contradicciones, reflejaba a un Jesús cercano, práctico y real. Y así, casi sin darme cuenta, desde los seis años mi familia se amplió: el misionero, el exdrogadicto, el que salía de permiso los fines de semana de la cárcel o personas que llegaban de distintas partes de España, Europa o América, se convirtieron en mi familia.
Crecí sin apegarme a etiquetas o apellidos espirituales (católico, evangélico, carismático…), simplemente deseando ser cristiano y encontrarme con otros hermanos y hermanas. Los campamentos eran mi lugar favorito. Mi sueño era poder vivir siempre así: rodeado de música, amistad, comunidad y nuevas historias. Recuerdo especialmente las canciones, esa experiencia casi trascendente que parecía unirnos en un solo canto, en una misma voz. Sin embargo, con el tiempo —quizá por falta de diálogo, entendimiento y humildad— aquella unidad se fue debilitando. Al mismo tiempo, fui descubriendo que tanto en el mundo protestante como en el católico existían múltiples corrientes, denominaciones, movimientos e interpretaciones. El mapa de la fe era mucho más amplio y complejo de lo que había imaginado.
Vivir la unidad desde la inocencia
De una u otra manera, aquel sueño de unidad ha permanecido en mí. Quizá por eso me han atraído siempre los movimientos transversales: JCUM, Alpha, Oración 24-7, ENC… Fue en el Next Gen Summercamp de ENC, en Kostolné (Eslovaquia), donde, junto con mi mujer Loida y nuestra hija Meghan, vivimos una experiencia profundamente enriquecedora. Comenzábamos el día en una capilla católica, siguiendo liturgias acompañadas de cantos y oraciones espontáneas. Después, quienes querían podían quedarse en la sala de oración, mientras el resto de actividades se desarrollaban en una carpa que recordaba a las antiguas campañas evangelísticas, pero en versión más pequeña.
Recuerdo ver a Meghan disfrutar de todo aquello: los contrastes, las formas distintas de expresar la fe, desde lo contemplativo hasta lo carismático, todo lleno de creatividad y alegría. ¿No será esa, en el fondo, la invitación que Dios nos hace: mirar la unidad desde la inocencia, desde la curiosidad, sin prejuicios ni sensación de amenaza?
El peso del prejuicio
He presenciado demasiadas veces conversaciones marcadas por prejuicios: frases absolutas, posiciones enfrentadas, unos parapetados en argumentos y versículos, otros aferrados a la tradición o la historia. Y en medio de todo ello, hermanos que no se hablan, que no se abrazan, que no se escuchan. “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” 1 Juan 4:20
La unidad se aprende caminando
Cada vez que emprendo un viaje —como el que hicimos a Eslovaquia— aparecen en mí todo tipo de prejuicios: hacia la cultura, las personas, el idioma, las formas y las costumbres. También miedo a no encajar o a no comprender. Pero es precisamente en la apertura al misterio de lo desconocido donde algo cambia: cuando miro con curiosidad, escucho sin filtros, hago más preguntas que afirmaciones y me dejo sorprender por lo diferente. En el campamento de jóvenes de ENC volví a ser ese niño lleno de esperanza. Mi hija, con su naturalidad y su forma de vivir sin miedo al fracaso, me recordó algo esencial: la unidad no es un proyecto, ni una actividad, ni un acuerdo.
La unidad sucede
A veces en una conversación, otras en una eucaristía, en un canto espontáneo, en un silencio compartido o en las lágrimas de alguien que sufre y a quien te unes sin necesidad de palabras.
Una unidad que nace de Dios
Y aunque he vivido rupturas, desencuentros y distancias con hermanos y amigos, sigo creyendo en esta aparente utopía de la unidad. Porque la verdadera unidad no nace del ser humano, sino de la misma vida de Dios. Una unidad que encontramos reflejada en la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu, en un movimiento eterno de amor, entrega y comunión.
A esa comunión somos invitados
Y en ese camino resuenan palabras como las atribuidas a San Agustín: “En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, amor.”
El desafío
¿Qué te frena a buscar la unidad con otros cristianos? ¿Te atreves a acercarte a alguien que vive o expresa la fe de forma distinta desde la curiosidad, el amor y el respeto? No tenemos que estar de acuerdo en todo, pero sí estamos llamados a amarnos por encima de todo. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor los unos por los otros.” Juan 13:35
El despertar espiritual que viene
Muchos hemos oído hablar de los avivamientos: momentos de gran devoción, experiencias sobrenaturales, conversiones radicales y un aumento de personas que se interesan por la fe. Algunos dicen que estamos viviendo los primeros signos de algo así, y lo creo. Y, a la vez, me pregunto si un mover del Espíritu tiene que ver también con la forma en la que somos introducidos en el movimiento de la propia Trinidad: el ritmo de la honra, la entrega, el sacrificio… el Padre, el Hijo y el Espíritu nos invitan a participar de esa vida que es comunión, amor y generosidad mutua.
Un movimiento de avivamiento que, cuando es auténtico, no solo se manifiesta en lo sobrenatural y lo extraordinario, sino que también termina teniendo consecuencias reales en la manera en que vivimos, nos relacionamos y buscamos la unidad… y en el mundo que nos rodea.
Aitor de la Cámara
Fe y Vida
Fuente de esta noticia: https://feyvida.com/blog/si-pablo-caminara-por-nuestras-calles/
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