

Imagen Cancillería de Colombia
Con 19 votos de respaldo de los Estados miembros, la colombiana Laura Gil Savastano ha sido elegida como nueva Secretaria General Adjunta de la Organización de los Estados Americanos (OEA), en una votación que no solo confirma su amplia trayectoria como diplomática e internacionalista, sino que también envía un mensaje claro desde el continente: es tiempo de renovar el multilateralismo con liderazgo técnico, sensibilidad política y compromiso ético. Su mandato se extenderá desde 2025 hasta 2030, en un momento clave para el futuro de la región.
La noticia fue recibida con entusiasmo en Bogotá, donde el Gobierno colombiano celebró lo que consideró “una designación histórica” y un reconocimiento no solo a las credenciales de Gil, sino a la visión que Colombia ha venido proyectando en el sistema interamericano: una visión de defensa de la democracia, de derechos humanos sin ambigüedades, de diálogo político sin claudicaciones morales y de cooperación al servicio de los pueblos.
Laura Gil no es una desconocida en los circuitos de la diplomacia hemisférica. Con más de tres décadas de experiencia en escenarios multilaterales, ha trabajado como vicecanciller de Colombia para Asuntos Multilaterales, embajadora ante organismos internacionales en Viena, observadora electoral en más de una docena de procesos en América Latina y consultora para agencias de cooperación. A eso se suma su paso por la academia y su vocación pública, marcada por una defensa constante de los principios democráticos y del Estado de derecho. Quienes la conocen destacan no solo su solvencia técnica, sino su valentía intelectual y su capacidad para tender puentes incluso en los contextos más polarizados. En su nuevo cargo como Secretaria General Adjunta de la OEA, Gil tendrá la tarea de acompañar y coordinar las distintas áreas de la organización —desde la promoción de elecciones libres y transparentes hasta la protección de los derechos humanos, pasando por programas de desarrollo, gobernabilidad y lucha contra la corrupción. El reto es monumental, pero también lo es su preparación.

Laura Sarabia, Canciller de Colombia
Su elección llega en un momento especialmente delicado para el continente. Las democracias enfrentan presiones internas y externas, la polarización política erosiona instituciones, y los ciudadanos exigen respuestas más efectivas, más rápidas y más humanas. En ese contexto, la presencia de una mujer como Laura Gil en un cargo tan estratégico abre una posibilidad real de revitalización de la OEA, una institución que en los últimos años ha enfrentado críticas por su falta de capacidad de respuesta frente a algunas crisis.
Fuentes diplomáticas señalan que su nombramiento fue posible gracias a un amplio consenso entre países de distintas orientaciones políticas, lo que refuerza su perfil como figura de confianza regional, capaz de superar divisiones y centrarse en lo esencial: fortalecer los valores democráticos, promover el diálogo político, prevenir conflictos y proteger a quienes más lo necesitan.
El Gobierno colombiano expresó su profunda satisfacción por la elección y destacó que “con esta designación, Colombia no solo gana representación, sino que aporta liderazgo, experiencia y compromiso con los valores que sustentan la convivencia hemisférica”. La cancillería subrayó que la gestión de Gil contribuirá a una OEA más eficaz, más legítima y más conectada con las realidades de los pueblos que representa.
Para Colombia, esta elección representa también una afirmación de su política exterior. En medio de un mundo marcado por el repliegue de lo multilateral, el ascenso de posturas autoritarias y el desgaste de los mecanismos de concertación internacional, el país reafirma su vocación integradora y su apuesta por una institucionalidad regional fuerte, imparcial y proactiva.
Pero más allá de la diplomacia y de los balances políticos, la elección de Laura Gil tiene un valor simbólico profundo. En ella confluyen una carrera construida con rigor, una visión ética del servicio público y una firme convicción de que las instituciones interamericanas pueden y deben estar al servicio de los ciudadanos, especialmente de los más vulnerables. Su voz, crítica pero constructiva, ha sido una constante en la defensa de los principios democráticos, aún cuando hacerlo implicaba incomodar a los poderosos.
Desde ahora, esa voz tendrá eco en los espacios de decisión más importantes del continente.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN COLOMBIA
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