
Es como tener en casa una caja de fotografías antiguas y descubrir, décadas después, que en el fondo de varias aparece un primo del que nadie se acordaba. Estaba ahí todo el tiempo, pero nadie se había parado a mirarlo con atención. Con la biodiversidad pasa algo muy parecido: buena parte de las nuevas especies aún por describir no vive en selvas inaccesibles ni en fosas abisales, sino en jardines, bosques cercanos, colecciones de museo y hasta en el barro de un charco.
La cifra exacta de especies que comparten planeta con nosotros es un misterio. Se han descrito en torno a dos millones, y las estimaciones sobre las que quedan por conocer varían enormemente según el método y el grupo que se cuente. Lo que sí está claro es que el catálogo está lejos de cerrarse.
Nuevas especies: parecidas por fuera, distintas por dentro
Durante siglos, los naturalistas clasificaron los seres vivos por su aspecto. Si dos animales o dos plantas se veían idénticos, eran la misma especie. Parecía lógico, pero la naturaleza tiene truco: especies que llevan millones de años separadas pueden conservar casi la misma apariencia, porque el entorno al que se adaptan les exige lo mismo.
Cuando se empezó a secuenciar el ADN de forma rutinaria, aparecieron las llamadas especies crípticas: grupos que antes se consideraban una sola especie y que, al analizarlos, resultaron ser varias. Un caso muy conocido es el del elefante africano, que durante mucho tiempo se trató como una única especie y hoy se reconoce dividido en el de sabana y el de bosque. Hablamos de animales de varias toneladas, difíciles de pasar por alto, y aun así la genética obligó a reescribir la ficha.
Si eso ocurre con un elefante, es fácil suponer lo que pasa con una araña de medio centímetro o con un hongo de hojarasca.
¿Dónde se esconden las nuevas especies?
Hay lugares donde buscar da más frutos, y no siempre son los más exóticos.
En los museos. Los cajones de las colecciones guardan millones de ejemplares recogidos a lo largo de generaciones, muchos sin estudiar a fondo. A veces una nueva especie lleva décadas etiquetada con el nombre de otra, a la espera de que alguien compare con paciencia patas, escamas o genitales de insecto, que es donde los entomólogos suelen encontrar las diferencias decisivas.
En lo pequeño. Insectos, ácaros, nematodos, hongos o bacterias dominan el recuento de la vida. Son abundantes, diversos y muy poco atractivos para la financiación. Mientras que de los mamíferos y las aves apenas queda algo por describir, en los artrópodos el trabajo pendiente es enorme.
En lo profundo y lo remoto. El océano abierto y las cuevas son laboratorios naturales de aislamiento. Los muestreos de profundidad siguen devolviendo animales que ninguna red había capturado antes, y en sistemas kársticos como los de la península ibérica se encuentran invertebrados adaptados a la oscuridad total que solo viven en una cueva o en un conjunto de ellas.
En el barrio. También hay hallazgos urbanos. Se han descrito especies nuevas en parques y áreas periurbanas de grandes ciudades, porque nadie había muestreado de forma sistemática precisamente allí.
Quién mira y con qué herramientas
Un factor poco comentado es el humano. Describir nuevas especies exige un especialista en ese grupo concreto, y los taxónomos son pocos, están repartidos de forma desigual y muchos se acercan a la jubilación sin relevo claro. Hay grupos enteros con un puñado de expertos en todo el mundo. La biodiversidad avanza más deprisa que quienes pueden catalogarla.
Las herramientas, en cambio, han mejorado mucho. El código de barras genético permite comparar un fragmento corto de ADN con bases de datos y detectar que un ejemplar no encaja en ninguna especie conocida. El ADN ambiental, extraído de una muestra de agua o de suelo, revela qué organismos han pasado por allí sin necesidad de capturarlos. Y la tomografía y la microscopía de alta resolución permiten estudiar estructuras diminutas sin destruir el ejemplar.
También ayuda la ciencia ciudadana. Plataformas donde cualquiera sube fotografías de lo que encuentra han servido para localizar especies raras, ampliar áreas de distribución conocidas y, en ocasiones, avisar a un especialista de que esa foto de una mosca o una libélula merece un examen más detenido.
Lo que significa «descubrir» en taxonomía
Conviene aclarar un matiz. Que una especie sea nueva para la ciencia no quiere decir que fuera desconocida para todos. Las comunidades locales suelen conocer y nombrar a muchos de los seres vivos de su entorno mucho antes de que un artículo científico les ponga nombre latino. Describir formalmente una especie consiste en publicar su diagnóstico, designar un ejemplar de referencia (el tipo) y registrar el nombre de manera que otros científicos puedan reconocerla.
Por eso el goteo de hallazgos no depende solo de explorar territorios nuevos. Depende de revisar lo ya recogido, de afinar los criterios con los que se decide dónde acaba una especie y empieza otra, y de contar con manos expertas. La taxonomía es un trabajo de largo recorrido: cada nombre válido se apoya en los de generaciones anteriores y puede ser corregido por las siguientes.
El inventario sigue abierto
El motivo de fondo es sencillo: la vida es más diversa que nuestra capacidad de contarla. Entre las especies crípticas que la genética destapa, los rincones poco muestreados y los grupos con pocos especialistas, el listado oficial se amplía cada año con miles de nombres nuevos. Algunas de estas nuevas especies llegan a describirse cuando ya están amenazadas, lo que añade urgencia al trabajo de los taxónomos. Mientras tanto, los cajones de los museos y las muestras de ADN ambiental seguirán dando material para décadas de descripciones.
https://www.ambientum.com/ambientum/medio-natural/por-que-seguimos-descubriendo-nuevas-especies.asp
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