
En el Parque Nacional de Ordesa, como en cualquier hayedo del norte de la península, la alfombra de hojas caídas cada otoño no crece indefinidamente. Año tras año se acumula una capa nueva y, sin embargo, el suelo no se convierte en una montaña de hojarasca. La razón no se ve a simple vista: debajo, una red de filamentos finísimos, el micelio, trabaja sin descanso para devolver todo ese material a la tierra.
Esos filamentos son las hifas, y el conjunto que forman se llama micelio. Lo que solemos llamar «seta» es solo una parte pequeña del organismo: su estructura reproductora, comparable a la fruta de un árbol. El resto del hongo vive oculto entre la tierra, la madera y las hojas muertas.
Una cocina sin fogones: cómo se alimenta el micelio
Los hongos no pueden fabricar su alimento como las plantas ni salir a buscarlo como los animales. Lo que hacen es digerir fuera de su cuerpo. Sus hifas liberan enzimas al entorno, descomponen la materia orgánica en moléculas pequeñas y luego absorben los nutrientes resultantes.
Esto tiene una consecuencia notable: pueden atacar materiales que casi nadie más sabe manejar. La madera está formada en buena parte por celulosa y lignina. La celulosa es un azúcar complejo que muchos organismos son capaces de aprovechar con esfuerzo, pero la lignina, la sustancia que da rigidez a los troncos, es un hueso duro de roer. Ciertos hongos, entre ellos los llamados de podredumbre blanca, son de los pocos seres vivos capaces de degradarla de forma eficaz. Sin ellos, los troncos caídos tardarían muchísimo más en desaparecer y buena parte del carbono y de los nutrientes quedaría bloqueada en madera muerta.
¿Qué pasa con un tronco caído?
Un árbol que cae en el bosque no desaparece: cambia de oficio. Al principio lo colonizan hongos que aprovechan los azúcares más accesibles. Después llegan otros, más especializados, que se ocupan de la madera dura. Con el tiempo el tronco se ablanda, se esponja y se llena de vida.
Y no solo de hongos. En esa madera en descomposición se instalan escarabajos, larvas, musgos, helechos y hasta plántulas de árboles jóvenes que encuentran allí un lecho húmedo y rico. En los bosques de montaña es frecuente ver pequeños abetos o hayas brotando sobre un tocón podrido, como si el árbol viejo hiciera de maceta para el siguiente. Las propias setas que asoman en los troncos, como las yesqueras o las orejas de palo, son la señal visible de que el banquete está en marcha.
Por eso los gestores forestales y los naturalistas valoran la madera muerta en pie o en el suelo: es un hábitat, no un desorden. Un bosque demasiado «limpio» pierde una parte de su despensa y de su capacidad de reciclar.
No todos los hongos devoran: los que cooperan
Sería injusto pintar a los hongos solo como descomponedores. Una buena parte de las especies forestales vive asociada a las raíces de los árboles en lo que se conoce como micorrizas. El hongo aporta agua y minerales del suelo, sobre todo fósforo y nitrógeno, y recibe a cambio azúcares que el árbol fabrica con la luz. La mayoría de las plantas terrestres mantiene algún tipo de micorriza, y muchos de los boletus, níscalos o rebozuelos que se buscan en otoño son precisamente los frutos de hongos que viven así.
Este doble papel, reciclador por un lado y socio de las raíces por otro, explica por qué el suelo forestal sano depende tanto de ellos. Descomponen lo viejo y, a la vez, ayudan a alimentar lo nuevo.
Más allá del bosque: un oficio con salidas
La capacidad digestiva de los hongos ha despertado el interés de investigadores en campos muy distintos. Se estudian especies capaces de degradar ciertos residuos vegetales o agrícolas, y también hay proyectos que emplean micelio para fabricar materiales de embalaje biodegradables. Son líneas de trabajo en desarrollo, con resultados desiguales según el caso, pero muestran hasta qué punto esa química natural resulta valiosa.
Algo más cercano: el champiñón o la seta de ostra que se compran en cualquier mercado se cultivan sobre sustratos de paja, serrín u otros restos vegetales. Es, en pequeño, el mismo principio del bosque.
Cómo tratar a los hongos cuando salgas al monte
Si paseas por un bosque en otoño, lo más útil que puedes hacer por estos recicladores es respetar su entorno. Camina por los senderos para no compactar el suelo, que es donde vive el micelio, y no remuevas la hojarasca con rastrillos ni palos. Si recolectas setas, corta o gira con cuidado el pie y deja el resto intacto, y utiliza una cesta de mimbre que permita que las esporas se dispersen mientras caminas. Deja los troncos caídos donde están, aunque estorben un poco la vista, y limítate a fotografiar las especies que no conozcas con certeza: identificarlas bien exige una guía fiable o un experto, y muchas son difíciles de distinguir. El bosque se encargará del resto.
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