
Abrir la aplicación del tiempo y ver el mapa de nubes moviéndose sobre la península es un gesto tan corriente que casi nadie se detiene a pensar de dónde sale esa imagen. Sale de allí arriba, de máquinas que giran alrededor de la Tierra a cientos o a miles de kilómetros de altura. El satélite de observación lleva décadas haciendo algo más que fotografiar nubes: tomarle el pulso al planeta entero, día tras día.
Un satélite de observación con termómetro, báscula y cinta métrica
Un satélite de observación no «ve» solo lo que vería un ojo humano. Sus sensores captan luz visible, pero también infrarrojo, microondas y otras franjas del espectro que nosotros no percibimos. Cada una cuenta algo distinto.
El infrarrojo térmico sirve para medir temperaturas de la superficie, tanto del mar como de la tierra. Los radares atraviesan las nubes y detectan cambios en la altura del terreno o del hielo, de modo que permiten seguir cuánto se hunde o se eleva una superficie. Otros instrumentos miden el color del agua, y ese color delata la cantidad de fitoplancton que flota en ella: un mar muy verde está lleno de vida microscópica, uno azul intenso es más pobre.
Hay incluso satélites que «pesan». Las misiones GRACE, de la NASA y la agencia espacial alemana, detectan diminutas variaciones en la gravedad terrestre, y de ahí deducen si una región está ganando o perdiendo masa de agua, por ejemplo en grandes acuíferos subterráneos o en las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida.
¿Cómo se sabe si un bosque está sano?
Una hoja verde y vigorosa absorbe mucha luz roja, que usa para la fotosíntesis, y refleja mucho infrarrojo cercano. Una planta estresada o seca refleja de otra manera. Con esa diferencia se calculan índices de vegetación, el más conocido es el NDVI, que convierten un paisaje en un mapa de verdor: se ve de un vistazo dónde la vegetación prospera y dónde languidece.
Esa lectura permite seguir la sequía en zonas agrícolas, comprobar cuándo brotan los cultivos o estimar cómo se recupera un monte tras un incendio. Los satélites del programa europeo Copernicus, en concreto la familia Sentinel, publican sus datos de forma abierta, y cualquiera con curiosidad puede explorarlos. No hace falta ser científico para consultar una imagen reciente de un embalse cercano y comparar su superficie con la de hace unos años.
Con el fuego ocurre algo parecido. Los sensores térmicos de un satélite de observación detectan puntos calientes en cuestión de horas, y eso ayuda a localizar incendios en regiones remotas, donde nadie los vería a tiempo desde el suelo.
El aire también deja huella
Lo invisible puede medirse desde el espacio. Instrumentos como TROPOMI, a bordo del satélite europeo Sentinel–5P, cartografían gases como el dióxido de nitrógeno, el metano o el ozono. Las imágenes del dióxido de nitrógeno mostraron con claridad cómo cambiaba la atmósfera sobre las grandes ciudades cuando el tráfico y la industria se frenaron en los primeros meses de 2020.
Y está el caso del ozono. Que hoy sepamos cómo evoluciona el agujero sobre la Antártida, año tras año, se debe en buena parte a la vigilancia continuada desde órbita. Es un ejemplo de que mirar durante mucho tiempo, con los mismos instrumentos y de forma constante, vale tanto como mirar con mucho detalle.
¿Y el nivel del mar?
Medir cuánto sube el océano parece tarea de regla y marea, pero los satélites altimétricos lo hacen con radar, calculando el tiempo que tarda una señal en rebotar contra la superficie. Desde principios de los años noventa, misiones sucesivas como TOPEX/Poseidon y Jason, y más tarde Sentinel–6, han mantenido una serie de datos continua. Se miden diferencias de milímetros al año, promediadas sobre casi todo el océano abierto, algo inalcanzable con mareógrafos repartidos solo por la costa.
Lo que no ven (y por qué hace falta ir a pie)
Un satélite de observación no lo resuelve todo. Las nubes pueden tapar el paisaje a los sensores ópticos, la resolución limita lo que se distingue, y casi siempre los datos hay que contrastarlos con mediciones en el terreno: boyas, estaciones meteorológicas, inventarios forestales hechos por personas que recorren el monte. Lo habitual es combinar ambas miradas, la panorámica y la de cerca, porque se corrigen entre sí.
Dónde mirar con sus propios ojos
Si le ha picado la curiosidad, hay herramientas gratuitas que permiten hacer lo mismo que hacen los expertos, a pequeña escala. El visor Copernicus Browser, de la Unión Europea, deja comparar imágenes de un mismo lugar en fechas distintas. EO Browser y Worldview, de la NASA, ofrecen capas de temperatura, vegetación o incendios casi en tiempo real. Un buen punto de partida es elegir un lugar que conozca bien, como un embalse, un pinar o la costa donde veranea, y comparar una imagen de invierno con otra de verano. Verá en directo cómo cambia el paisaje que creía conocer.
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