La madrugada del 31 de agosto de 1888 marcó el comienzo de uno de los mayores enigmas criminales de la historia. En una oscura calle del barrio londinense de Whitechapel, Mary Ann “Polly” Nichols, de 43 años, fue encontrada asesinada y brutalmente mutilada. Su muerte es considerada la primera de las cinco víctimas canónicas atribuidas al asesino que el mundo terminaría conociendo como Jack el Destripador. Casi 138 años después, su identidad continúa siendo un misterio.
Mary Ann Nichols no era solamente un nombre en un expediente policial. Había nacido en Londres, había formado una familia y tuvo cinco hijos, pero su vida se deterioró progresivamente hasta quedar atrapada en la pobreza extrema del East End londinense. En sus últimas horas intentaba conseguir dinero para pagar una cama en una casa de alojamiento. Sin recursos suficientes, volvió a salir a las calles de Whitechapel durante la noche.
Poco después de las 3:40 de la madrugada, su cuerpo fue encontrado en Buck’s Row, una calle estrecha y poco iluminada que actualmente forma parte de Durward Street. Nichols presentaba graves heridas en el cuello y mutilaciones en el abdomen. El médico que examinó el cadáver estimó que el asesinato había ocurrido poco tiempo antes del descubrimiento, lo que significaba que el responsable probablemente había escapado apenas minutos antes de la llegada de la policía.
Una ciudad enorme y una investigación sin tecnología moderna
El crimen ocurrió en una Londres marcada por profundos contrastes sociales. Mientras las zonas más ricas de la capital británica representaban el poder económico del Imperio, el East End concentraba hacinamiento, desempleo, pobreza y precarias condiciones de vivienda. Whitechapel era una zona densamente poblada, donde miles de personas entraban y salían de sus alojamientos y calles, pero algunos pasajes permanecían casi desiertos durante la madrugada.
La policía se enfrentaba además a enormes limitaciones. No existían pruebas de ADN, cámaras de vigilancia ni los modernos sistemas de identificación criminal. Las huellas dactilares tampoco formaban todavía parte de la investigación policial rutinaria. Los detectives dependían principalmente de testimonios, inspecciones de la escena y sospechas, mientras el asesino parecía haberse mezclado nuevamente entre la población.
Una segunda muerte cambió completamente el caso
En un principio, la policía investigó el asesinato de Mary Ann Nichols como un crimen individual. Sin embargo, apenas ocho días después, el 8 de septiembre de 1888, Annie Chapman apareció asesinada en Whitechapel con características que despertaron una creciente preocupación sobre la posible existencia de un asesino serial.
Posteriormente fueron asesinadas Elizabeth Stride y Catherine Eddowes, ambas durante la noche del 30 de septiembre, y finalmente Mary Jane Kelly, el 9 de noviembre. Estos cinco casos son conocidos históricamente como las cinco víctimas canónicas de Jack el Destripador, aunque existe debate sobre otros crímenes ocurridos en Whitechapel durante el mismo período.
Entre los casos que siguen generando discusión figura el asesinato de Martha Tabram, encontrada muerta el 7 de agosto de 1888 tras recibir decenas de heridas de arma blanca. Algunos investigadores consideran que pudo haber sido una víctima anterior del mismo criminal, mientras otros sostienen que el método utilizado presenta diferencias importantes con los cinco asesinatos canónicos. Por esa razón, Mary Ann Nichols continúa siendo generalmente reconocida como la primera víctima confirmada o canónica de Jack el Destripador.
¿De dónde surgió el nombre de Jack el Destripador?
Al principio, las autoridades se referían al responsable como el “asesino de Whitechapel”. El nombre que acabaría recorriendo el mundo apareció posteriormente en una de las numerosas cartas enviadas a la policía y a la prensa.
Una de ellas estaba firmada como “Jack the Ripper”, expresión que se transformó rápidamente en un fenómeno periodístico. Sin embargo, hasta hoy no existe certeza de que aquella carta haya sido escrita por el verdadero asesino. Los archivos históricos registran numerosas comunicaciones atribuidas al criminal, pero ninguna ha permitido demostrar de forma concluyente la identidad de su autor.
Cientos de sospechosos y ninguna condena
La investigación movilizó a Scotland Yard y generó una enorme presión pública. A lo largo de los años aparecieron innumerables sospechosos: médicos, trabajadores, comerciantes y otras figuras vinculadas por diferentes teorías.
Uno de los nombres más conocidos es el de Aaron Kosminski, un inmigrante polaco que fue considerado sospechoso en investigaciones posteriores. Durante las últimas décadas surgieron estudios y análisis de ADN que intentaron relacionarlo con el caso, pero la comunidad histórica y científica no considera resuelta de manera definitiva la identidad de Jack el Destripador. Las pruebas y su procedencia siguen siendo objeto de controversia.
El asesino se convirtió en leyenda y las víctimas quedaron en segundo plano
La historia de Jack el Destripador produjo libros, películas, documentales, investigaciones académicas y hasta recorridos turísticos por las calles donde ocurrieron los asesinatos. Pero existe una contradicción que historiadores y especialistas han señalado repetidamente: el criminal anónimo se convirtió en una figura mundialmente conocida, mientras que las vidas de las mujeres asesinadas quedaron durante décadas reducidas a simples nombres dentro de una historia macabra.
Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly fueron personas con historias, familias y circunstancias sociales propias. La fascinación por descubrir la identidad del asesino contribuyó muchas veces a ocultar esa dimensión humana.
Casi siglo y medio después de aquella madrugada en Buck‘s Row, el misterio continúa intacto. Nadie fue condenado por los cinco asesinatos canónicos y la verdadera identidad del criminal nunca pudo demostrarse de manera concluyente. La muerte de Mary Ann Nichols sigue siendo, así, el comienzo de una historia que transformó para siempre la crónica policial y convirtió a un asesino sin rostro en uno de los enigmas más persistentes de la historia criminal.
Foto: Infobae / Archivos históricos
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