Estados Unidos registró sus primeras dos muertes conocidas por sarampión en 2026, ambas en el estado de Pensilvania y específicamente en el condado de Lancaster, en un momento en que el país atraviesa el mayor número de casos de esta enfermedad en más de tres décadas. Las autoridades sanitarias informaron que las dos personas fallecidas no estaban vacunadas y que, por razones de privacidad, no divulgarán sus identidades ni otros datos personales. El Departamento de Salud de Pensilvania confirmó que se trata además de las primeras muertes por sarampión registradas en el estado en 35 años. El dato vuelve a colocar a Estados Unidos frente a una amenaza sanitaria que durante años había sido prácticamente controlada mediante la vacunación.
El número de contagios explica la preocupación de las autoridades. Hasta el 20 de agosto, Estados Unidos acumulaba 2.777 casos confirmados de sarampión en 46 estados y el Distrito de Columbia, según los datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). Esa cifra ya supera ampliamente los 2.289 casos registrados durante todo 2025, año en el que se produjeron tres muertes por la enfermedad. Además, solamente durante la última semana analizada se incorporaron 211 nuevos casos. La situación representa un cambio importante para un país que había conseguido eliminar la transmisión endémica del sarampión en el año 2000.
Pensilvania se encuentra entre los estados más afectados. El estado ya contabiliza 393 casos distribuidos en 28 condados, mientras que Lancaster concentra 185 de ellos. La zona tiene además una importante población de comunidades amish y otras comunidades religiosas tradicionales, algunas de las cuales presentan históricamente tasas de vacunación inferiores a las de la población general. Sin embargo, las autoridades sanitarias han evitado atribuir las muertes exclusivamente a la pertenencia comunitaria y han señalado que ambos fallecidos simplemente no estaban vacunados. La información disponible no permite establecer otras características personales de las víctimas.
La secretaria de Salud de Pensilvania, Debra Bogen, expresó sus condolencias a las familias y advirtió sobre un problema que puede parecer paradójico: después de más de tres décadas con el sarampión prácticamente eliminado del estado, muchas personas ya no tienen una percepción clara de la gravedad de la enfermedad. Esa pérdida de memoria sanitaria puede favorecer la relajación de las medidas preventivas. Cuando una enfermedad deja de circular durante muchos años, las nuevas generaciones pueden crecer sin conocer sus consecuencias y, al mismo tiempo, disminuir la percepción del valor de la vacunación.
El sarampión es una de las enfermedades infecciosas más contagiosas conocidas, y puede transmitirse con enorme facilidad entre personas que no tienen inmunidad. Aunque muchos pacientes se recuperan, la infección puede provocar complicaciones graves, entre ellas neumonía y encefalitis, además de hospitalizaciones y, en algunos casos, la muerte. Fuentes médicas citadas en la cobertura estadounidense señalan que aproximadamente una a tres personas por cada 1.000 infectadas pueden morir y que hasta un 20% de los pacientes puede requerir hospitalización.
La principal herramienta para evitar el contagio sigue siendo la vacuna triple vírica MMR, que protege contra sarampión, paperas y rubéola. Dos dosis ofrecen aproximadamente un 97% de protección frente al sarampión. Las autoridades sanitarias de Pensilvania volvieron a insistir en que la vacunación constituye la medida preventiva más eficaz y que las personas deben revisar su estado de inmunización, especialmente quienes viven en zonas donde se están produciendo brotes.
El problema estadounidense, sin embargo, no se limita a Pensilvania. Maryland declaró recientemente un brote en tres condados —St. Mary‘s, Carroll y Cecil— y ya registra 31 casos, mientras Nueva York también alertó sobre un incremento de infecciones en distintas zonas del estado. El mapa epidemiológico muestra que el virus no está concentrado en un único punto del país, sino que existen múltiples focos de transmisión. Esa dispersión aumenta el riesgo de que nuevos casos aparezcan en comunidades con menor cobertura de vacunación.
Uno de los indicadores que más preocupa a los especialistas es la disminución gradual de las tasas de vacunación infantil. La cobertura de la vacuna MMR entre los niños de jardín de infancia estadounidenses cayó a aproximadamente 92,4% durante el año escolar 2025–2026, frente a niveles cercanos al 95% años atrás. El umbral del 95% es especialmente importante porque permite mantener una elevada inmunidad colectiva y reducir las posibilidades de que un brote se extienda rápidamente entre personas susceptibles.
La caída de la cobertura no significa que la vacuna haya dejado de ser eficaz. El problema es precisamente el contrario: cuando una enfermedad se mantiene controlada durante años gracias a una elevada vacunación, algunas familias pueden subestimar el riesgo y optar por no inmunizar a sus hijos. Esa reducción progresiva de la cobertura puede crear bolsas de población susceptibles que permiten que el virus vuelva a circular cuando aparece un caso importado o una cadena de transmisión. La experiencia de 2026 demuestra cómo esa dinámica puede transformar rápidamente un problema considerado controlado en una emergencia sanitaria regional.
El rebrote también abrió una fuerte controversia política en Washington. El presidente Donald Trump y el secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., han cuestionado aspectos de las recomendaciones tradicionales sobre vacunación, particularmente alrededor de la vacuna MMR. Trump llegó a firmar este mes una orden ejecutiva que plantea modificaciones en las recomendaciones de vacunación infantil y cuestionó públicamente la utilización conjunta de la vacuna contra sarampión, paperas y rubéola. Estas posiciones han generado críticas de especialistas y autoridades sanitarias, quienes sostienen que décadas de evidencia científica respaldan la seguridad y eficacia de las vacunas.
La controversia resulta especialmente delicada porque las dos muertes se producen precisamente en medio de una caída de la confianza y cobertura vacunal. Robert F. Kennedy Jr. mantiene desde hace años posiciones críticas respecto de determinadas vacunas y ha promovido investigaciones sobre su seguridad, incluida la relación con el autismo. Sin embargo, las investigaciones científicas disponibles no han encontrado evidencia de que las vacunas provoquen autismo. Reuters recoge además que la supuesta relación entre la vacuna MMR y el autismo ha sido refutada por numerosos estudios realizados durante décadas.
El gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, elevó todavía más el tono de la discusión al afirmar que la retórica y las acciones de la administración federal están teniendo un efecto negativo sobre las comunidades. Shapiro también rechazó una oferta de Kennedy para brindar asistencia federal en la respuesta al brote. El enfrentamiento muestra que la crisis sanitaria ya no es solamente epidemiológica: también se convirtió en una disputa política sobre el papel del Gobierno federal, la comunicación sanitaria y la confianza de la población en las autoridades.
La situación es particularmente preocupante porque Estados Unidos había conseguido declarar eliminado el sarampión endémico en 2000, después de décadas de campañas de vacunación. El país no dejó de registrar casos importados, pero había conseguido impedir que el virus mantuviera una transmisión sostenida dentro de la población. Ahora, con miles de casos acumulados y brotes que continúan durante 2026, expertos advierten que Estados Unidos podría perder ese estatus de eliminación.
La experiencia de 2025 ya había dado una señal de alarma. Dos niños murieron el año pasado en Texas durante un brote de sarampión, las primeras muertes estadounidenses por esta enfermedad en más de una década. En total, 2025 terminó con tres fallecimientos. El hecho de que en 2026 ya se hayan producido dos nuevas muertes antes de terminar agosto indica que la tendencia no se encuentra bajo control y que el problema puede agravarse si continúa la transmisión en comunidades con baja inmunización.
Existe además un aspecto especialmente importante para los países latinoamericanos. El sarampión no reconoce fronteras y los movimientos internacionales pueden introducir nuevamente el virus en comunidades donde la cobertura de vacunación sea insuficiente. Estados Unidos recibe millones de viajeros procedentes de América Latina y, al mismo tiempo, mantiene una intensa circulación de personas entre ambos hemisferios. El debilitamiento de la inmunidad colectiva en cualquiera de las grandes regiones puede favorecer la aparición de nuevos brotes en otras.
Por eso, el caso estadounidense debe ser observado como una advertencia internacional y no solamente como una disputa interna de Estados Unidos. La vacunación no protege únicamente al individuo que recibe la dosis: también protege a bebés demasiado pequeños para ser vacunados, personas inmunocomprometidas y otros grupos vulnerables que dependen de una elevada cobertura comunitaria. Cuando la inmunización cae por debajo de niveles adecuados, esas personas quedan expuestas aunque ellas mismas no hayan tomado ninguna decisión de rechazar una vacuna.
Las dos muertes de Pensilvania son, en definitiva, mucho más que una estadística sanitaria. Son la señal más dolorosa de un retroceso que Estados Unidos había conseguido evitar durante décadas. Un país que llegó a eliminar la transmisión endémica del sarampión vuelve a registrar miles de contagios y fallecimientos por una enfermedad que puede prevenirse mediante vacunación. La discusión política sobre las vacunas puede continuar, pero los datos epidemiológicos exigen separar las opiniones de la evidencia científica: el sarampión está circulando, la cobertura de inmunización ha disminuido y las personas no vacunadas son las que están soportando el mayor riesgo. Para Estados Unidos, el desafío inmediato es contener los brotes, recuperar la confianza pública en la prevención y evitar que una enfermedad prácticamente controlada vuelva a convertirse en una amenaza permanente.
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