CUANDO PARA NO PERDER AL OTRO COMENZAMOS A PERDERNOS A NOSOTROS MISMOS.
En el artículo anterior hablamos de la euforia y la idealización, esa primera etapa en la que la relación puede sentirse extraordinaria. La persona amada parece diferente, especial e incluso capaz de llenar espacios emocionales que durante mucho tiempo permanecieron vacíos.
Pero cuando alguien comienza a ocupar un lugar demasiado importante en nuestra estabilidad emocional, puede aparecer una nueva preocupación:
“No quiero perder esto que encontré.”
Y es precisamente allí donde puede comenzar la segunda etapa de la dependencia emocional: la sumisión y la subordinación.
No siempre ocurre de manera evidente.
Nadie se despierta una mañana pensando: “A partir de hoy voy a renunciar a mí mismo para conservar esta relación.”
Generalmente sucede poco a poco.
Primero dejamos pasar algo.
Después evitamos una discusión.
Luego modificamos una decisión.
Más adelante abandonamos alguna actividad.
Hasta que un día podemos descubrir que hemos cambiado tanto para conservar a alguien que ya no sabemos cuánto de nosotros continúa dentro de la relación.
¿Qué significa sumisión emocional?
La sumisión emocional aparece cuando una persona comienza a colocar sistemáticamente las necesidades, preferencias y expectativas de su pareja por encima de las propias, especialmente por temor al conflicto, al rechazo o al abandono.
Esto debe diferenciarse de algo completamente normal dentro de una relación: ceder ocasionalmente.
Toda convivencia requiere negociación.
A veces elegimos la película que prefiere nuestra pareja, cambiamos un plan, acompañamos al otro en algo importante o hacemos determinados sacrificios porque existe reciprocidad.
Eso forma parte de amar.
El problema aparece cuando ceder deja de ser una elección y comienza a convertirse en una estrategia para evitar ser abandonado.
Entonces ya no pensamos:
“Quiero hacer esto por ti.”
Comenzamos a pensar:
“Tengo que hacerlo para que no te molestes conmigo.”
Cuando la pareja se convierte en el centro
En esta etapa puede producirse un fenómeno progresivo: la vida comienza a organizarse alrededor de la pareja.
Los horarios se modifican.
Las decisiones empiezan a consultarse constantemente.
Los planes personales pierden prioridad.
Las amistades pueden disminuir.
Los proyectos individuales se postergan.
Incluso aquello que antes producía satisfacción puede comenzar a parecer menos importante.
La persona dependiente empieza a orbitar emocionalmente alrededor de la relación.
La pregunta deja de ser:
“¿Qué quiero hacer?”
y comienza a transformarse en:
“¿Qué quiere que haga?”
Este cambio puede ser tan gradual que resulta difícil reconocerlo mientras está ocurriendo.
Cuando empezamos a convertirnos en lo que el otro quiere
Una de las manifestaciones más profundas de esta etapa aparece cuando la persona comienza a modificar aspectos de sí misma para adaptarse a las expectativas de su pareja.
Puede cambiar su manera de vestir.
Sus amistades.
Sus actividades.
Sus opiniones.
Sus gustos.
Incluso puede comenzar a ocultar determinadas partes de su personalidad.
Al principio estas modificaciones pueden parecer pequeñas.
“A él no le gusta que salga con esas personas.”
“Ella se molesta cuando hago esta actividad.”
“Prefiero no decir lo que pienso para evitar problemas.”
“Voy a cambiar esto porque así estará más tranquilo.”
Pero cuando estos pequeños ajustes se acumulan, puede comenzar una lenta erosión de la identidad.
Y entonces aparece una pregunta importante:
¿Estoy creciendo dentro de esta relación o estoy desapareciendo dentro de ella?
El miedo al conflicto.
Para una persona emocionalmente dependiente, una discusión puede significar mucho más que una diferencia de opiniones.
Puede sentirse como una amenaza.
Si existe un profundo miedo al abandono, el conflicto puede activar pensamientos como:
“Si digo lo que realmente pienso, puede dejarme.”
“Si pongo límites, puede cansarse de mí.”
“Si me enojo, puede encontrar a alguien mejor.”
Por esta razón, la persona comienza a evitar los desacuerdos.
Calla.
Cede.
Acepta.
Se disculpa incluso cuando no considera haber hecho algo incorrecto.
Y cada conflicto evitado produce un alivio momentáneo.
La relación continúa.
La pareja permanece.
Pero existe un costo silencioso:
la persona aprende que conservar el vínculo requiere silenciarse a sí misma.
La necesidad de aprobación
Durante esta etapa también puede aumentar la necesidad de recibir aprobación.
La persona comienza a preguntarse constantemente si está haciendo las cosas correctamente.
Busca señales de aceptación.
Observa cambios en el tono de voz.
Interpreta silencios.
Analiza mensajes.
Necesita comprobar que la relación continúa estable.
El estado emocional puede comenzar a depender de pequeñas señales provenientes de la pareja.
Si recibe afecto, siente tranquilidad.
Si percibe distancia, aparece ansiedad.
Si recibe aprobación, se siente valiosa.
Si recibe rechazo, comienza a cuestionarse.
Gradualmente, la pareja puede convertirse en una especie de termómetro de la autoestima.
Y cuando nuestra percepción de valor depende excesivamente de cómo alguien nos trata en determinado momento, comenzamos a entregar al otro demasiado poder sobre nuestra vida emocional.
“Si cambio, quizás me quiera más”
Existe una idea especialmente dolorosa que puede aparecer durante esta etapa:
“Si logro ser exactamente lo que necesita, nunca me abandonará.”
Entonces comienza una búsqueda interminable por ser suficiente.
Más comprensivo.
Más complaciente.
Menos exigente.
Menos conflictivo.
Más disponible.
Más parecido a aquello que creemos que nuestra pareja desea.
Pero existe un problema fundamental.
Cuando intentamos convertirnos permanentemente en alguien diferente para garantizar que otra persona permanezca, podemos terminar recibiendo amor hacia una versión de nosotros mismos que construimos para evitar ser abandonados.
Y tarde o temprano aparece agotamiento.
Porque mantener una identidad diseñada para complacer es emocionalmente costoso.
El peligro de confundir sacrificio con amor.
Muchas personas han aprendido que amar significa soportar.
Que una buena pareja debe sacrificarse.
Que poner límites es egoísmo.
Que decir “no” significa querer menos.
Pero una relación saludable necesita algo diferente:
reciprocidad.
Ambas personas pueden ceder.
Ambas pueden expresar necesidades.
Ambas pueden tener límites.
Ambas pueden equivocarse.
Ambas pueden conservar espacios individuales.
Cuando solamente una persona debe adaptarse constantemente para mantener la relación, ya no estamos hablando simplemente de compromiso.
Estamos observando un desequilibrio de poder emocional.
Señales de que estamos entrando en la sumisión emocional.
Conviene detenernos y preguntarnos:
¿Estoy dejando de hacer cosas importantes para evitar que mi pareja se moleste?
¿Necesito su aprobación para tomar decisiones personales?
¿Me cuesta decir “no”?
¿Oculto lo que realmente pienso para evitar discusiones?
¿He reducido el contacto con personas importantes para mí?
¿Estoy modificando aspectos fundamentales de mi personalidad para agradarle?
¿Me siento culpable cuando priorizo mis propias necesidades?
¿Tengo miedo de establecer límites porque podría dejarme?
¿Siento que debo demostrar constantemente que merezco su amor?
Y quizás una de las preguntas más importantes:
¿Puedo ser completamente yo dentro de esta relación sin sentir que por hacerlo corro el riesgo de perderla?
Poner límites no significa amar menos.
Los límites son frecuentemente malinterpretados.
No son muros para mantener alejadas a las personas.
Son fronteras que permiten saber dónde termina una persona y comienza la otra.
Decir:
“Esto me hace daño.”
“No estoy de acuerdo.”
“Necesito tiempo para mí.”
“No quiero que me hables de esa manera.”
“Esta decisión también me corresponde.”
no significa necesariamente rechazar al otro.
Significa reconocer que nuestra dignidad también forma parte de la relación.
Una pareja que nos ama puede no estar de acuerdo con todos nuestros límites, pero debería poder reconocer nuestro derecho a tenerlos.
Amar sin desaparecer.
Una relación saludable no necesita dos personas incompletas intentando convertirse en una sola.
Necesita dos individuos capaces de compartir.
Dos historias.
Dos voces.
Dos formas de pensar.
Dos proyectos que pueden encontrarse y construir también un proyecto común.
El verdadero desafío no consiste únicamente en aprender a amar al otro.
Consiste también en aprender a permanecer presentes dentro de nosotros mismos mientras amamos.
Porque una relación no debería exigirnos elegir entre conservar a alguien y conservar nuestra identidad.
Cuando dejamos de escucharnos.
La sumisión emocional puede avanzar silenciosamente.
Por eso es importante prestar atención a una señal fundamental:
cuando comenzamos a escuchar constantemente al otro y dejamos de escucharnos a nosotros mismos.
¿Qué quiero?
¿Qué necesito?
¿Qué me incomoda?
¿Qué estoy tolerando?
¿Qué límites he abandonado?
¿Qué partes de mi vida he dejado atrás?
Estas preguntas pueden resultar incómodas.
Pero también pueden convertirse en el comienzo de una recuperación de la autonomía.
Porque quizás uno de los mayores riesgos de la dependencia emocional no sea solamente perder una relación.
Es llegar a un punto en el que, por miedo a perder al otro, terminemos perdiendo nuestra propia voz.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Marcos 12:31 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

